13 junio, 2021

LA GUERRA CIVIL Y LOS TOROS EN MADRID.

El filósofo y pensador español José Ortega y Gasset explicaba que era impensable estudiar la historia de España sin considerar antes la Fiesta y las corridas de toros.

El filósofo y pensador español José Ortega y Gasset explicaba que era impensable estudiar la historia de España sin considerar antes la Fiesta y las corridas de toros. Es sorprendente ver como en este breve período de la historia de España, la Fiesta de los Toros, el espectáculo nacional por excelencia, se entrelaza mano con mano con los aconteceres políticos y bélicos que día a día fueron ocurriendo en cualquier rincón del país, y se fue entrelazando… de manera paralela y al mismo compás. Porque existe un calendario macabro y siniestro, que vincula al mundo del toro con la guerra, como si España estuviera marcada por el sino de la muerte, el fuego de las balas, la sangre y el toro.
En la corta etapa de la II República hubo tres breves períodos claramente diferentes: el advenimiento de esta, el acceso al poder de los lerrouxistas y cedistas en 1934 y el triunfo del Frente Popular en febrero de 1936, acabando en 1939 con la proclamación del régimen de Franco. Si la primera etapa estuvo presidida por la efervescencia de la proclamación sin una influencia específica sobre el espectáculo taurino, las otras dos etapas, por el contrario le afectaron directamente con mayor o menor intensidad según el devenir de los sucesos. El intenso malestar en la calle llegaba a los lugares más insospechados de la sociedad española. La profunda división de la sociedad española se reflejaba ya en las plazas de toros de una manera más que evidente. El año 1934 estuvo marcado por la cantidad de sangre que se vertió en las calles de España debida a la violencia política y por la sangre vertida también en los ruedos por los toreros. Entre los días 5 y 19 de octubre de 1934, durante el bienio radical-cedista de la II República se produjo un movimiento huelguístico, revolucionario e insurreccional. Estas convulsiones sociales produjeron decenas de muertos en toda la geografía nacional, principalmente en Asturias. Paralelamente en los ruedos, también corre la sangre a raudales: muchas cogidas graves y algunas mortales. En Madrid la del novillero Ricardo Torres, la de Valerito II en Toledo. En Almería cae José López Iguiño, y en otras plazas Manuel Pérez “Vito” (hijo), Manuel Franco y Manuel Villasancho. También son heridos de gravedad ese año el matador Antonio García “Maravilla” y los novilleros Daniel Obón Laporta y Basilio Martínez “Niño de Valencia”. De todos los percances ocurridos en las plazas de toros, el más sentido, por famoso y literario, fue el ocurrido en Manzanares el 11 de agosto al mítico Ignacio Sánchez Mejías, torero, dramaturgo y poeta, impulsor de la Generación del 27, consiguió reunir a la flor y nata de este grupo poético en el Ateneo de Sevilla en el homenaje que le tributaron a Góngora: Alberti, García Lorca, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Juan Chabas, Jorge Guillen, José Bergamin …todos estuvieron allí, en esa fiesta espiritual y de arte, y se hospedaron en la finca del torero de Pino Montano. Ignacio además fue pareja de una de las mayores artistas del momento, Encarnación López la “Argentinita”. Ella y él vivieron, lejos de España el romance más apasionado que se recuerda en el mundo de los toros, pues se sintieron atados por una pasión común: el teatro. El encuentro de Ignacio y Encarna en México cambió el rumbo de sus vidas. En 1934 al torero le entró de nuevo el veneno de los toros y preparó su reaparición, con menos facultades, mas gordo, mas calvo y mas viejo, y también mas torero que nunca. En julio, para cubrir la ausencia de Domingo Ortega que tuvo un accidente de coche, aceptó torear en Manzanares el 11 de agosto, junto al mexicano Armillita y Alfredo Corrochano, hijo del famoso don Gregorio, crítico taurino. Granadino (de la ganadería de Ayala), un toro negro bragado, le prendió en el segundo pase que pretendió dar sentado en el estribo. Murió dos días después, el 13 de agosto a las cinco de la madrugada, en un hospital de Madrid de una septicemia. El drama personal y familiar se vivió con toda la intensidad en este país.
Pasan los meses y lejos de apaciguarse, la tensión sigue en aumento. Por ejemplo el 29 de septiembre de 1935, había ya demasiada tensión política; aquel día en Madrid a Curro Caro se le concedieron dos orejas y el rabo, Nicanor Villalta que alternaba con Curro brindó su toro a la sombra y Fernando Domínguez, al sol. El público consideró que ambos brindis tenían alguna relación con los que ocupaban esas localidades, como si unos fueran de derechas y otros de izquierdas. La consecuencia fue un gran escándalo en los tendidos con desordenes públicos dentro y fuera de la plaza. Ese mismo año ocurren dos hechos relacionados con la Fiesta que anunciaban la gran convulsión social que se avecinaba. Fueron protagonizados por Victoriano Roger Serrano “Valencia II”, en Madrid y a José García “el Algabeño” en Málaga, toreros ambos marchosos y simpáticos morirían violentamente años mas tarde recién empezada la guerra civil y no precisamente en los ruedos. A Valencia II le ocurrió que tuvo un percance con un taxista de Madrid, seguramente por algunas palabras habidas entre los dos por alguna diferencia de criterio durante el servicio de transporte que le daba el taxista. El torero no dio mas importancia al hecho, pero el taxista dio parte del hecho a sus compañeros del gremio y buscaron la oportunidad para declararle el boicot al “señorito torero” como lo llamaron en las octavillas lanzadas por todo Madrid. La oportunidad vino en su primera actuación en la capital de España, pues los taxistas declararon una huelga de brazos caídos la tarde en que Victoriano actuaba. El público recibió al torero en la plaza con una cerrada ovación que se repitió varias veces a lo largo de la lidia, actitud que emocionó al torero y que agradeció con lágrimas en los ojos a los aficionados. A partir de la huelga de los taxistas, las izquierdas le consideraron ya un enemigo del pueblo, a él que era hijo de un modestísimo banderillero valenciano.
El otro caso fue el de José García “el Algabeño”, nacido de buena cuna había tenido, como patrono que era, enfrentamientos con los líderes obreristas del campo. Aquello le proporcionó una gran animadversión de ácratas y socialistas, que al no atreverse a agredirle en su tierra Sevilla, lo hicieron en Málaga, cuando la tarde del 11 de marzo el rejoneador regresaba de la Malagueta al hotel y en el barrio de la Caleta, Pepe “el Algabeño” cayó abatido a tiros de pistola con graves heridas que tardaron en curar. Este atentado tuvo una repercusión gravísima en la sociedad española que veía como ya no se respetaba ni a los toreros. El innegable acento político que presidía la temporada se vio agravado por el pleito de los criadores de toros, agudizado con el fracaso de la libre contratación ganaderil autorizada poco antes de ser modificado en este sentido el Reglamento entonces vigente. El pleito entre ganaderos y empresarios no se solucionaría hasta finales de 1939, cuando la cabaña estaba totalmente esquilmada por la guerra y la hambruna. Otro problema que se suscitó en este año fue el pleito con los toreros mexicanos, que ponía cortapisas al número de diestros aztecas que podían torear en España cada temporada. Los diestros aztecas, para torear tenían que presentar sus cartas de trabajo. Ante esta situación, México reaccionó pagando a España con la misma moneda.
La primavera de 1936 en Madrid, por San Isidro, estuvo llena de tensiones y problemas en lo taurino. Para el día del Patrón, estaba anunciado Marcial Lalanda, torero madrileño nacido en Rivas, junto con Armillita, Manolo Bienvenida y Ortega. El pleito de los mexicanos complicó la corrida, pues ya por la mañana en el sorteo, Marcial exigió las cartas de trabajo a los toreros aztecas. Sólo la tenía un subalterno y los toreros españoles, con sus cuadrillas se negaron a torear. Marcial ingresó en la cárcel junto a Litri II, Fuentes Bejarano, Finito de Valladolid, Paradas, Cástulo Martín, Magritas, Manuel Navarro y los picadores Farnesio y Melones. Lo mismo sucedió con la cuarta de abono con Armillita en el cartel. Esta vez Marcial se libró de la cárcel gracias a que un conserje “marcial-lalandista” lo tuvo cuatro días escondido en el cementerio. Pasado el peligro, los demás toreros llevaron a hombros a Lalanda por la Gran Vía de Madrid. En la corrida del 29 de mayo, Bienvenida de rodillas frente al toro gritó: ¡Viva España! Victoriano de la Serna dio el mismo grito pero aun más fuerte, y tras hacer una faena temeraria se dejó coger por el toro que lo hirió gravemente. En los tendidos, además de insultos, hubo golpes y navajazos. Entre los espectadores heridos estaba el viejo banderillero andaluz Manuel Vílchez “Parrita”. Fueron aquellos días tumultuosos previos a la guerra en los que también fue agredido en plena calle el popular crítico taurino Ricardo García K-hito, al cual le dedicaron mas tarde un homenaje en desagravio. Este era el ambiente que había en Madrid y en este país en esos días. El 12 de julio se celebra en Las Ventas el último Festejo Taurino de la temporada: una novillada con picadores para los matadores José Neila, Pedro Ramírez Torerito de Triana y Pedro Barrera, con ganado de Esteban y Gabriel González (de Utrera, Sevilla).
El 14 de julio, son enterrados en Madrid los cuerpos de José Calvo Sotelo y el del teniente Castillo. Al día siguiente en la sesión del Congreso de los Diputados hubo más que palabras: acusaciones de asesinos de uno a otro bando de manera recíproca. El 17 de julio los oficiales de la guarnición de Melilla declararon el estado de guerra y ocuparon los edificios públicos. En Ceuta los legionarios se apoderaron de la ciudad igualmente. En Canarias, en la madrugada del 18, el general Franco se pronunció contra el Gobierno y prepara su llegada al Marruecos español y su avance sobre la Península. Se había roto la baraja y la suerte estaba ya echada. La primera víctima de la guerra, relacionada con el mundo de los toros, fue el reportero gráfico Aurelio Rodero asesinado en Madrid el 25 de julio. Por esas fechas fusilaron al ganadero Tomás Murube (en La Roda de Andalucía) y a Teresa Zayas (en el Arahal, Sevilla), viuda del ganadero Romualdo Arias de Reina, que fue asesinada junto con su hermano Javier, dos hijos de este: Alberto y Daniel y sus sobrinos José María y Antonio Arias de Reina Pérez. Fueron los primeros ganaderos que fueron fusilados de una larga lista. En Córdoba, durante un bombardeo de la aviación republicana, una bomba alcanza de lleno al modesto matador de toros Francisco Gutiérrez “Serranito de Córdoba”. En Granada, es fusilado el poeta universal Federico García Lorca junto a un maestro nacional y dos banderilleros: Francisco Galadi Jergal y Joaquín Arcollas Cabezas, ambos militantes de la CNT. También muere asesinado en Almería el picador Juan Colominas Pérez que había figurado en las cuadrillas de Nacional II, Antonio Márquez y Jaime Noaín. Solo hubo dos autenticas corridas de toros con matadores de alternativa en el mes de agosto en zona republicana y ninguna en la rebelde.
El año 1937 se inicia con la muerte, en el frente de Madrid en Somosierra el 1 de enero, del torero navarro Saturio Torón, antiguo falangista y más tarde teniente del ejército republicano perteneciente a la Milicia de los Toreros. Otras versiones sitúan su muerte en Somosaguas, en los alrededores de Madrid. También mueren en Madrid los banderilleros Ramón de la Cruz, José Sánchez Luengo “Zamoranito”, pertenecientes ambos a la citada Milicia. En este año habrá festejos taurinos en los dos bandos, pero es en el rebelde donde predominarán las corridas de toros. En el lado “gubernamental” la escasez de ganado de lidia impide ya celebrar las ferias tradicionales que son sustituidas por novilladas y festivales patrióticos. Los matadores de toros hacían gestiones para conseguir pasaportes y marcharse a Francia y así poder pasarse a zona franquista. En el mes de febrero tienen lugar las batallas del Jarama y en marzo la de Guadalajara, con la famosa derrota de los italianos en Torija y Brihuega. En el bando rebelde las corridas de toros adquieren incremento, pues no se han esquilmado las ganaderías bravas como en la otra zona. En Valencia reaparece Vicente Barrera y torea vestido de miliciano, con gorro y borla y saludando puño en alto. Seguramente lo que buscaba era un pasaporte para torear en Francia y quitarse también de en medio.
El año de 1938 fue el de la desgraciada muerte de Manolo Bienvenida: diagnosticado de cáncer de pulmón falleció en una clínica de San Sebastián el 31 de agosto. El ABC de Madrid que se publicaba en la zona republicana dio la noticia así: “Un torero menos un fascista menos”. Por su parte el diario Nuestra Bandera titulaba: “Un bicho menos”. Pero lo cierto es que la muerte de este torero fue muy sentida en ambos frentes de guerra pues se perdía un torero excepcional. En 1938 hubo un total de 73 corridas de toros y 170 novilladas.
A comienzos de 1939 todos atisban claramente que el final de la guerra está cerca. El ejército de Franco entra en Madrid el 28 de marzo de 1939. Entre los primeros que entraban a Madrid, un torero madrileño: Marcial Lalanda, a quien un grupo de incontrolados sedientos de sangre habían asesinado a doce miembros de su familia. Pero quien marcará las pautas en lo taurino, es un novillero, un muchacho de Córdoba apodado “Manolete”, todavía mal definido pero que apunta un nuevo concepto de la faena, con una personalidad inquietante y fuera de lo normal. “Manolete” da una importancia y un sello extraordinario a todos los lances: a la verónica, al natural con la izquierda, a los pases de pecho. Crea el concepto de la ligazón y de la estructura de la faena. Borda sus faenas con varias series con la derecha, al natural con la izquierda y es además, un impecable estoqueador en la suerte pura del volapié. Posee un valor sin límites que derrocha en todas partes. Es en definitiva, un torero que se está haciendo así mismo. A partir de “Manolete” no se podrán cortar orejas en ninguna plaza sin haber dado antes varias series de muleta con la derecha y con la izquierda en redondo, ligando el final de la serie con el clásico pase de pecho, con una hélice de abaniqueo, un molinete o cualquier broche de la marca para terminar. El final de la guerra civil española en lo taurino, trae consigo la “Ley de Manolete” y con él, un toro mas chico, con menos fuerza y trapío que el que había antes de que comenzara el conflicto. La cabaña había sido esquilmada por la hambruna, la rabia y el odio. En definitiva, llega un nuevo toro que cambiará los conceptos de la tauromaquia.
LAS MILICIAS TAURINAS.
Hay que decir que todo cuanto hoy sabemos sobre esta Milicia se lo debemos al investigador catalán Javier Pérez Gómez, que en el año 2005 publico un excelente libro titulado “La Brigada de los Toreros (Historia de la 96 Brigada Mixta del Ejército Popular)”, donde nos da toda la luz posible sobre estos toreros que cambiaron el capote, la muleta y los ruedos por el fusil y los campos de batalla. Todos estos oficiales se iniciaron en el Batallón Galán y las “Milicias Taurinas” en 1936. Estas Brigadas pertenecieron en realidad a la 39 División del XIII Cuerpo de Ejército Republicano. Los toreros, novilleros y subalternos que se alistaron a las milicias lo hicieron a título personal sin que tuvieran el apoyo expreso de ninguna agrupación o sindicato de la profesión taurina.
En agosto de 1936 estuvieron luchando en Madrid, en las sierras de Somosierra y Guadarrama. Los toreros madrileños formaron una agrupación de milicianos voluntarios impulsada desde la Asociación de Matadores de Toros y Novillos de Madrid que no dudaron en ir a combatir al frente a defender la República, mandados por Luís Prados “Litri II”, que recibió este mando de Jefe de la Unidad por ser Secretario de la Sección Autónoma de Novilleros dependiente de la citada Asociación. En los Archivos de la Guerra Civil de Salamanca existe un oficio de la Unión Española de Picadores y Banderilleros de Toros, de 23 de julio de 1936, en el que esta entidad envía a la Agrupación Socialista de la Casa del Pueblo de Madrid, un listado de asociados que desean se les faciliten las armas necesarias para la defensa del Régimen. Todos ellos fueron a parar al frente de Somosierra, a Buitrago concretamente, integrados en el “Batallón Galán”. Francisco Galán Rodríguez era antes de estallar la guerra teniente retirado de la Guardia Civil. El batallón y después la columna dirigida por Galán formaban parte del conglomerado de unidades que dieron forma al 5º Regimiento de Milicias Populares, controlado por el PCE. Pues bien este Batallón Galán o “Milicias Taurinas” se estabilizaron a finales de julio de 1936 a 3 kilómetros de Buitrago, controlando la zona que va desde Buitrago, Cinco Villas, Lozoyuela, La Cabrera y Villa Vieja hasta los Gascones. No todos los toreros combatieron desde un principio bajo las órdenes directas de Galán, aunque mas tarde mandara el conglomerado de fuerzas de Somosierra. Es el caso de Luis Mera, novillero y banderillero de Badajoz, José Sánchez, Madriles II, Luis Ruiz, Manuel Vílchez del Río “Parrita”, Bernardo Casielles, Lagartija, el novillero Miguel Palomino y Adolfo Guerra, que en el mes de agosto del 36 pertenecía a la columna del Comandante Perea.
Cuando comienzan los ataques a Madrid, algunos batallones fueron desplazados con urgencia a las afueras de Madrid para defender la capital. El Batallón Galán con las Milicias Taurinas, con Litri II, Fortuna Chico y los otros toreros y novilleros fueron enviados a la Casa de Campo, entrando en combate el 9 de noviembre. Poco después la columna de Galán pasó a defender el sector de Humera-Pozuelo. Es evidente que con toda esta experiencia acumulada en el frente, los milicianos de la columna Galán fueron cogiendo un alto grado de veteranía en el combate. Algunos de sus oficiales empezaron a ganarse la confia

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