24 junio, 2021

LA MAYOR PARTE DE LAS GANADERIAS FUERON EXTERMINADAS Y AFECTADAS POR LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA.

El toro bravo sirvió para paliar la “hambruna” en zona republicana y sólo se lidió en zona nacional.

El toro bravo sirvió para paliar la “hambruna” en zona republicana y sólo se lidió en zona nacional.
La guerra civil española afectó gravemente a la cabaña de toro bravo española debido fundamentalmente, a las necesidades que en aquellos años se generaron de dar de comer a las tropas de ambos bandos, sobre todo a la tropa republicana, y también por venganzas populares de dar muerte y destrucción a lo que las hordas populares llamaban “señoritos del campo”. Hubo algunas razas de toro bravo que desaparecieron por completo del mapa ecológico. Por fortuna para nuestra cabaña de bravo, el exterminio de las vacadas tan sólo afectó seriamente a la zona centro de la península, la de Colmenar Viejo principalmente, y en menor medida, a otras radicadas en provincias como Toledo, Jaén, Córdoba, Ciudad Real, Guadalajara, Albacete, Cuenca… cuyos territorios, de manera total o parcial en sierras centrales o en la alta Andalucía, permanecieron hasta el final bajo el mando del Gobierno de Madrid. Sin embargo, el mal estaba hecho y hubo algunas castas, sangres y razas de toro bravo que desaparecieron para siempre. En todo caso, este exterminio indiscriminado ha dejado secuelas para siempre en la tauromaquia.
Remontándonos al más lejano origen de la raza Jijona la encontramos en los ganaderos José y Manuel Jijón, famosa ya en el siglo XVIII, por la finura de su raza, se distinguió por las dificultades que ofrecían sus toros en la suerte suprema, la de matar, la más importante en aquellos tiempos. Eran toros listos que aprendían fácilmente y por tanto eran muy peligrosos. De la derivación de esta casta por la línea de Vicente Martínez (a consecuencia de subdivisiones por herencias y ventas a creadores de nuevas ganaderías), estaban ligados al origen de los Jijón los de Antonio Pérez, de Salamanca, una de cuyas partes fue continuada por Juan Manuel Puente en 1936, que llevó a cabo una complicada selección con nuevos sementales de Fructuoso Flores, el marqués de Cúllar y Celso Pellón. Juan Manuel Puente Sanz fue asesinado por milicianos rojos en Colmenar Viejo el 19 de septiembre de 1936 y su ganadería totalmente exterminada.
Otra ganadería entroncada con la anterior al dividirse la rama de Vicente Martínez, era la de Julián Fernández. La raza Jijona con cruces de Muñoz e Hidalgo dio nombre a la ganadería de la condesa de Salvatierra. Toros duros, bravos, celosos y buenos para la suerte de varas. Esta ganadería fue mejorando hasta llegar a posesión del mencionado Julián Fernández Martínez, a quien le sorprendió la guerra, sufriendo su hacienda las consecuencias de la misma por lo que la ganadería fue casi totalmente destruida. Al terminar la contienda se pudieron recuperar 46 vacas y 22 becerros, que más adelante fueron vendidos al duque de Pinohermoso.
De la misma raza Jijona pero de la derivación del marques de Villasequilla (que fue fundada en Jaén en el siglo XVIII), parte de Agudo, era la ganadería de Antonio Pérez de Herrarte Orellana, marqués de Albaida, de Madrid, aniquilada casi por completo. Las reses recuperadas fueron vendidas al por menor, a tratantes, desapareciendo así la rama totalmente. La raza Jijona que ha sido importantísima para el desarrollo del toro bravo, continuó también a través de la rama de Gil Flores, ganadero de Vianos (Albacete), que en el siglo XVIII ya hizo algunos cruces para depurar la casta con sangre directa del tronco antecesor. En el siglo XIX se hicieron algunas subdivisiones y ya en 1936 eran propietarios de una de las partes los ganaderos Demetrio y Ricardo Ayala López, de Ciudad Real. Ambos fueron asesinados el 17 de diciembre de 1936, fusilados en Carrión de Calatrava, además del hijo de este Ricardo Ayala Cueva. La ganadería quedó tan esquilmada que sus herederos enajenaron las escasas reses que pudieron salvarse de la guerra. Derivada del mismo tronco era la rama de Agustín Flores, fundada en Pañascosa (Albacete) en 1830. Tras sucesivas herencias y particiones, mejorada con sangre ibarresa, en 1936 era su propietaria Manuela Agustina López Flores. Le fue incautada por el Frente Popular, que envió las reses al matadero directamente, y los residuos que dejaron no sirvieron para rehacer la ganadería. Desapareció.
Manuel Aleas fue el continuador, en el siglo XVIII, de otra de las ramas de Jijón, llegó a alcanzar un gran renombre en Madrid. La ganadería de Colmenar Viejo se subdividió. Antonio Arribas, propietario de una parte, no pudo hacer realidad sus ilusiones de criador. La ganadería desapareció totalmente en los primeros meses de la guerra. Otra parte, la de Manuel García Aleas, de Colmenar Viejo, quedó reducida a 45 vacas y un semental; la mitad de las reses morirían poco después a consecuencia de las sequías de los años 1944 y 45. En el siglo XVII, en Colmenar Viejo, José Rodríguez formó ganadería con raza jijona, que derivó en parte por herencia, a Manuela Bañuelos, que introdujo mejoras selectivas con sementales de Saltillo. En 1926 fue a parar esta ganadería a Leopoldo Abente García de la Torre, y diez años mas tarde, recién empezada la guerra fue totalmente aniquilada.
Otra de las razas que recibieron un duro golpe en la contienda fue la raza Vistahermosa. Creada en 1770 por Pedro Luis de Ulloa, conde de Vistahermosa que compró la vacada unos años antes a los hermanos Rivas, de Dos Hermanas en Sevilla. Esta ganadería ha pasado a ser una de las básicas que todavía hoy enriquecen la casta de muchos hierros. Más tarde, al dividirse un lote fue a parar a Joaquín Giráldez y una pequeña punta fue cedida más tarde al canónigo de la catedral de Sevilla, Diego Hidalgo Baquero. Aquella valiosísima semilla de la ganadería de lidia fue continuada con el tiempo en los campos de Toledo por el matador de toros Marcial Lalanda, que cumplió su sueño de mejorar su hierro con sementales y vacas de Veragua, Santa Coloma y conde de la Corte. Cuando la ganadería del torero estaba en su mejor momento y su divisa se cotizaba como el oro estalló la guerra. Mientras Marcial Lalanda lograba huir de la zona republicana y pasarse a zona nacional a través de Francia, su ganadería fue materialmente desecha y exterminada, con saña y crueldad, pues Lalanda siempre se mostró conservador en tiempos tan tumultuosos. Sólo encontraría tras la contienda 19 cabezas, un semental, 10 vacas y 8 erales.
Otra parte de la primitiva ganadería Vistahermosa fue vendida a Salvador Varea en 1823, pasando por sucesivas manos hasta llegar a Pedro Lasaca. Alcanza su esplendor en el siglo XIX siendo propiedad del hijo de aquel José Lesaca, y se consideraba estas reses las más bravas de Andalucía. Los “lesacas” pasaron mas tarde a formar parte de otra ganadería que ocupa puestos privilegiados: la de Murube, una de cuyas subdivisiones por línea de Sánchez Rico sirvió para formar la vacada de Sánchez Mangas y otra para la del conde de Antillón, de Madrid. Ambas ganaderías fueron totalmente eliminadas entre 1936 y 1937, de tal suerte que finalizada la guerra, no pudieron venderse más que los derechos del hierro (sin semilla) del conde de Antillón, como tal marca. Derivada de la línea de Salvador Varea se hizo célebre la ganadería del marqués de Albaserrada, una de cuyas ramas sería adquirida después por Bernardo Escudero Bueno, de Madrid, y fue afectada tan seriamente por las incautaciones del Ejército republicano que el ganadero desilusionado acabó vendiendo lo que pudo salvarse que fue bien poco. Por suerte, del tronco de Vistahermosa hubo muchas ramificaciones que permitieron reponer algunas ganaderías de las que habían quedado dañadas por la guerra, aunque como vamos viendo hubo pérdidas irreparables. También fue muy dañada por la contienda el encaste Espinosa-Hidalgo Baquero.
Del campo de Salamanca Maria Antonia Espinosa se llevó una punta de ganado a las dehesas de Arcos de la Frontera a mediados del siglo XVIII. Dos generaciones más tarde, gran parte de esta raza era propiedad de Diego Hidalgo Barquero, de Sevilla. Fue vendida una parte de ella a fines del siglo XIX a Esteban Hernández Martínez que en 1909 dividió en dos partes la ganadería reservándose él una. La mayor fue vendida a unos nuevos criadores de Escalona de Alberche (Toledo) Luis Grandona y Ángel Sánchez Cabezudo, llegando finalmente a poder de Celso Cruz del Castillo, de Maqueda (Toledo).
La guerra la destruyó casi por completo. La parte de Esteban Hernández se mantuvo hasta que llegó la guerra, realizando afortunados cruces con sementales de Trespalacios, procedentes de Veragua, a través de su hijo Esteban Hernández Plá, hasta que al estallar la guerra fue totalmente sacrificada con destino al abastecimiento del Ejército republicano. Por fortuna, Esteban Hernández Martínez había vendido la parte anteriormente citada a Grandona y Cabezudo, que se pudo salvar en parte. De no haber sido así la raza Espinosa hubiera desaparecido para siempre.
Hubo otras ganaderías entroncadas con las estirpes más puras del toro ibérico que sufrieron las consecuencias de la guerra. La de Augusto Perogordo, del El Escorial, procedente de Castrojanillos, por línea del duque de Tovar, con cruces de Vistahermosa, Parladé y Argimiro Pérez Tabernero. La destrucción de la ganadería fue casi total pues sólo quedaron 8 vacas y un semental. Con los mismos orígenes, vía Argimiro Pérez Tabernero vemos la ganadería de Emilio Bueno Bueno, de Villanueva del Arzobispo (Jaén), que la aumentó con vacas de Santa Coloma y Aleas. La vacada resultó muy deteriorada aunque se pudo rehacer a duras penas. A quien no se pudo recuperar fue a Emilio Bueno, que fue asesinado en diciembre de 1936, fusilado por un piquete comunista. La ganadería continuó después a nombre de su viuda Francisca Marín Millán. Procedente de la famosa divisa de Miura fue la ganadería toledana de doña Emilia Mejías García, esposa de Marcial Lalanda: quedó totalmente extinguida.
Andrés Sánchez de Coquilla creo una prestigiosa ganadería con vacas de Udaeta, Veragua y Miura. Mas tarde hizo cruces de muy buen resultado con vacas de Albaserrada y un semental de Santa Coloma consiguiendo mantener una casta pura de Vistahermosa. Dividida en cuatro partes (entre ellas la de Villagodio y Sánchez Fabrés), la de José María López Cobo fue casi totalmente destruida en el primer año de guerra, pues sólo se pudieron rescatar 50 vacas.
En el campo de Andujar (Jaén) la ganadería de los Herederos de Flores Albarrán gozaba de gran prestigio por su origen “jijona” cruzada con Gil Flores, y a partir de 1932 con vacas procedentes de Albaserrada y un semental de Vicente Martínez. Recuperada la dehesa, durante algunos años no pudo lidiarse ningún toro de este hierro, pues todos habían sido sacrificados. Salió adelante gracias a los añojos salvados con algunas madres y unos pocos sementales. También fue destruida en gran parte la de la Viuda de Félix Gómez, en Colmenar Viejo, procedente de los Jijón y cruzada con Parladé. Sólo se recuperaron un semental y 54 vacas. En el término de Aldeaquemada (Jaén) pastaban los toros de Pacomio Marín Ginés. Fundada en 1910 por Luis Baeza con sementales de raza “jijona”, hizo cruces con vacas de Veragua y un extraordinario semental de Julián Hernández, puro Vicente Martínez. El ganadero fue perseguido por los republicanos, que le sometieron a las más crueles humillaciones y padecimientos que le llevaron a la muerte en 1938. La vacada sufrió un grave quebranto, aunque se pudo rescatar una parte y ser continuada por su viuda y su hijo Eugenio.
Carlos Núñez formó en 1938 una ganadería comprando a Indalecio García Mateo de Córdoba, la punta que pudo salvar de la destrucción en el primer año de la guerra. Benjumea, Nandín y Parladé son castas que favorecieron la selección llevada acabo por García Mateo. El matador Domingo Ortega, que formó su ganadería con Vistahermosa y Murube por la línea de Varea y Barbero de Utrera, vio como la guerra destrozaba su sueño como ganadero: sólo pudo salvar de la quema 30 vacas que pastaban en dehesas salmantinas. La ganadería de Celso Pellón Villavicencio refrescada con vacas del duque de Tovar y un semental de Santa Coloma fue prácticamente aniquilada. Parladé puro eran los toros de Samuel Hernández que tras la guerra pudo continuar con la ganadería de milagro pues le sacrificaron innumerables camadas, a nombre de “ganadería del Frente Popular”. Al llegar las tropas nacionales a la finca de “El Palomar” en Albacete, sólo quedaban 3 sementales, varias vacas y becerros. Milagrosa y extrañamente, quedaba también una corrida cuatreña completa. Quedó totalmente extinguida la del Conde de Casal en Madrid, con sangre Veragua y Vistahermosa. Fue adquirida a Antonio Nátera de Almodóvar del Río (Córdoba) en 1930 y trasladada a Madrid donde fue saqueada en la guerra y sacrificada por las milicias populares. Desapareció por completo a causa de la guerra una de las más antiguas ganaderías españolas, la de Patricio Sanz, de San Agustín (Madrid): fue creada en 1895 con reses “colmenareñas”. Lo mismo le ocurrió a la ganadería Herederos del duque de Tovar que fue pasto de la intendencia republicana. Desaparecieron ganaderías como las de Lorenzo Cortés y Ruiz Dayestán, así como otras muchas ganaderías de inferior categoría que fueron arrebatadas a sus dueños y consumidas por el Ejército rojo en los dramáticos tiempos de lucha fraticida. Sólo en la región o Zona Centro se calcula que fueron sacrificados unos 12.000 toros bravos. La depredación, incluyendo parte de Andalucía, alcanzó a 32 de las mejores ganaderías; 8 desaparecieron por completo sin posibilidad de recuperación, de ellas 3 correspondían a castas oriundas de raza Jijona, 2 de Vistahermosa, una de Espinosa y otras 2 no identificadas; 23 ganaderías conservaron algunas reses, aunque su conjunto no pudiera calificarse de ganadería, pues se trataba ya de ejemplares sueltos que, en algunos casos, murieron poco después a consecuencia de la tremenda sequía de los años 1944 y 1945. De la situación en que había quedado la cabaña del toro bravo, se derivaron unas consecuencias muy importantes para el desenvolvimiento de la Fiesta durante los primeros años del franquismo, llegándose a situaciones que han permanecido hasta los años sesenta, en que ya se inicia una recuperación del toro como elemento básico y primordial del espectáculo nacional.

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