25 septiembre, 2021

LOS PUYAZOS DE SERGIO.

La palabra clonación entró hace no tanto tiempo al lenguaje científico mundial; prácticamente clonar significa “crear” artificialmente un individuo “idéntico” a otro a partir de una célula madre extraída de aquel.

La palabra clonación entró hace no tanto tiempo al lenguaje científico mundial; prácticamente clonar significa “crear” artificialmente un individuo “idéntico” a otro a partir de una célula madre extraída de aquel. Etimológicamente se entiende exactamente como “retoño”.
Después de un proceso delicado, que exige un tratamiento biológico y genético sumamente complejo en el que se involucran, o deberán involucrarse aspectos éticos y morales, el producto será, consecuentemente un animal de características físicas no similares, si no iguales, ahora sí, al individuo que fue clonado.
El primer ser que fue sometido en la historia de la humanidad, claro que no por su voluntad por tratarse de un animal, a la clonación fue un ovino hembra, es decir una borrega a la que se puso por nombre “Dolly”. El experimento arrojó como resultado postrero, aunque para muchos y para la misma ciencia no definitivo, ciertamente la frustración de que el clon de “Dolly” murió antes del tiempo que “debió haber muerto”. Eso hablaba de cierta deficiencia en la clonación como ejercicio científico.
De cualquier manera la idea es clara, clonar significa tener la posibilidad de contar con “algo exactamente igual”.
Esta semana que terminó ayer, en la parte media de ella la nota que requirió las planas primeras de los espacios sobre todos taurinos, fue el nacimiento de un becerro de lidia, esto en España; los europeos le han hecho propaganda bajo el soporte de la idea que tal animalito es el primero en la historia de la fiesta brava en ser clonado. Esto tiene por su puesto un error ya que antes, quizás hayan pasado cinco o seis años, en América se hizo la diligencia científica de clonar a “Zalamero” del hierro de Manuel Martínez Ancira, el ungulado aquel que fue indultado por Manolo Mejía en la Plaza México. En el experimento incluso intervinieron científicos mexicanos. Poco seguimiento posterior se le dio al caso en las ventanas especializadas en el tema taurino y por ello se ignora, o lo ignoramos la mayoría que fue lo que sucedió o ha sucedido con la “réplica” de “Zalamero”.
¿Qué es lo que se pretende específicamente con el clon de este bovino?, nadie lo sabe con exactitud, sin embargo el hecho ha despertado enjambre de inquietudes entre los aficionados del mundo entero. El pensamiento primero y ligero del grueso de este público sensible es que ya hecho el primer ensayo, en lo subsecuente la ganadería de lidia podrá contar cuanto quiera con toros únicamente de nota excelente… para dar en resultado “faenas únicamente excelentes”…
Por hoy, y así será durante mucho tiempo, esta tecnología dado su altísimo costo queda fuera, muy fuera del alcance de los criadores de lidia en relación a lo que de ella pudieran extraer en dividendos entendida la actividad ganadera en el estricto sentido comercial. Sin embargo aunque a corto plazo se pudiese hablar de que la clonación quedara en fronteras accesibles según su velocidad de comercialización, como sucedió en su momento con la inseminación artificial, en ese mismo instante se empezaría a quitar un elemento muy suyo al espectáculo taurino: la incertidumbre y la deliciosa gracia que es parte de ella del tal vez o del quizás…
Pero la calidad del ganado bravo afortunadamente no depende de la clonación, ni siquiera su evolución y mejoramiento genético; la dignidad del ganado bravo depende todavía de hombres con pasión, amatorios del campo, de sus olores y sus aires, de sus aguas, de sus sequías o inundaciones, de días de sol y días nublados; de hombres que tengan la capacidad de llorar cuando en la lejanía del potrero y a las sombras de la madrugada escuchen el reburdeo de un toro cinqueño que hace valer su presencia dentro del reino impenetrable en el que vive; depende de hombres que amen los cerros, sus colores y sus adversidades, a su generosas sombras en las tardes y a sus celosa conformación natural de peñas, riscos a plomo y vegetales espinosos, pendencieros y agresivos; la buena crianza del toro bravo depende de esas familias que amor por la vida animal tienen a raudales, de su pericia, paciencia y atino para hacer las cruzas de toros padres de reata sin mancha y vientres con mejor familia. Depende de las tientas calientes al amparo de las bardas de adobe, examen no sujeto al sentimentalismo de “ganaderos” que al estar anotando ya piensan a que muleta va a dar aquel novillo cuando le deje llegar a medio toro. Sí, la calidad del ganado bravo está amigada con aquellos rudos seres que antes vestían de cueros, jergas toscas y macizas, sombreros de copa como volcán y alas amplias y brazos privilegiados para mandar la de ixtle a su imposible adjetivo que con mágica lazada detiene en juego de azahar un toro desmandado y rebelde. Sí, la dignidad del toro bravo bulle en el orgullo del verdadero criador, el que se pasa en su campo la vida, descansa en su vetusta casa mientras que en los muros robustos cuelgan fotos, carteles y notas que llevan a la mente sobre alas de añoranza al recuerdo de la tarde en que el toro hijo de la vaca numero tal peleó con casta hasta la muerte honrando los colores de la divisa que en su morrillo llevaba prendida como el mejor de los distintivos. Depende del verdadero GANADERO, el que sueña de orgullo por sus toros, el que no tiene compadres ni es vasallo de las bajas, indignas e innombrables pretensiones de figurines y no es moralmente compatible a las complacencias y voluntarismo prostituido de las que se hacen llamar “empresas”.
Y todo eso… está fuera del alcance de la clonación… irónicamente.

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