15 junio, 2021

OPINIÓN: UNA ODA AL TOREO DE CAPA EN LA CORRIDA DE LA BENEFICENCIA DE MADRID.

Una reseña de la Corrida de la Prensa publicada en la prensa, con ligeras variantes, podría ser similar a esta:

Una reseña de la Corrida de la Prensa publicada en la prensa, con ligeras variantes, podría ser similar a esta:
Madrid, 2 de junio. Corrida de la Beneficencia. Toros de Núñez del Cuvillo (de presencia justa; encastada, nobles y manejables en general; el mejor toro el bravo y repetidor 3º; manejables el 2, el 4º y el 5º y con algunas dificultades el 1º y el 6º) para “Morante de la Puebla” (metisaca bajo y pinchazo, pitos tras aviso; estocada casi entera, ovación con saludos), Cayetano (media estocada baja, división; cinco pinchazos y descabello, silencio) y Daniel Luque (pinchazo y estocada trasera, vuelta; estocada, silencio). Entrada: lleno.
Si uno la leyera tal reseña sin haber visto en la plaza o en la pantalla chica lo bueno que a ratos sucedió en ese festejo, probablemente pensaría que los resultados en general habían sido tan anodinos como los de tantas corridas que se han celebrado en las Ventas en el ciclo de la Feria de San Isidro durante el mes de mayo, y en las dos primeras de la Feria del Aniversario.
Sin embargo, pasó algo más, que ni las escuetas reseñas pudieran reseñar, ni que tampoco los críticos, por mucho que se hayan esmerado buscando palabras altisonantes, han podido fielmente describir. Eso fue la oda al toreo de capote que principalmente “Morante de la Puebla”, seguido por Daniel Luque y con un toque de Cayetano, compusieron en el ruedo de las Ventas en la tarde del 2 de junio. Eso había que verlo, no leerlo, para degustarlo y profundamente sentirlo, aunque fuera en la fría y pequeña pantalla del ordenador, como yo lo vi.
No es mi intención de describir con palabras la cantidad, la calidad y la hondura del toreo de capa que vi a la distancia, pues tengo menos capacidad para hacerlo que los buenos críticos que han tratado con una inspirada prosa el hacernos sentir ese toreo. Solamente me limito a relatar las circunstancias que hicieron posible que la sinfonía capotera sucediera. A la vez animo al lector a que si tiene ocasión se deleite viendo los videos de esta oda, que ya estarán disponibles en el mundo cibernético.
Es de conocimiento general que hoy por hoy el torero que con más profundidad y gracia torea con el capote es “Morante de la Puebla”, especialmente interpretando la verónica. Por lo tanto no fue sorpresa que lo hiciera esa tarde. En cambio, fue una novedad que otro torero, su paisano Luque, se atreviera a competir con él y creara la oportunidad para ello durante la lidia del primer toro de su lote, un bravo animal de Núñez del Cuvillo. Después de Luque y Morante hacer sus quites correspondientes, Daniel lo hizo por chicuelinas y el de la Puebla dibujando tres verónicas y una gran media. Entonces, Daniel ya con el toro picado, respondió con otras ajustadas y bonitas verónicas. El público en pie aplaudía a rabiar. A continuación, el joven diestro en una gesta torera, sin importarle que su buen toro se pudiera acabar en la muleta, invitó a Morante a ejecutar otro quite. Lo trazó por chicuelinas, elaboradas con sutiles toques, con las manos bajas y con el mismo temple con que se componen los lances o los naturales. La cosa no acabó ahí, pues Luque tuvo el atrevimiento de responder al quite, no con uno diferente, sino también con otro por chicuelinas, estas muy arriesgadas, porque los pitones le rozaban tanto la espalda como la barriga. La ovación para ambos toreros duró una eternidad.
Este quite no fue el fin de la oda capotera, pues Morante, después de recetar unas buenas verónicas de recibo al cuarto animal, hizo un quite preciosista dando tres verónicas, modo delantales, rematadas con una media belmontina, que hubiera podido ser un modelo para un grabado, como los que ilustraban las antiguas revistas LA LIDIA.
Hasta entonces Cayetano había sido solo testigo de esta noble confrontación capotera, pero también quiso poner su granito de arena. Más que un granito fue un monumento a Gaona con un toque ordoñista, pues recreó, el “Quite de Ronda”, original de su abuelo Antonio Ordóñez. Lo inició de pie con un farol, soltando un extremo del capote, para continuar con varias elegantes, templadas y ceñidas gaoneras, llevando al toro embebido en los vuelos del percal.
Este último quite de Cayetano me recordó un consejo que mi primo, el genial matador de toros Pepin Martín Vázquez, me daba en los años cincuenta, cuando yo toreaba y me expresaba bien con el capote. Me decía algo así como “Mario, por muy bien que torees con el capote, cuando un compañero haga un gran quite por verónicas, no hagas tú lo mismo. Echate el capote a la espalda, pues no siempre se acierta y salen bien las verónicas”. Y ese sabio consejo parecía que Cayetano lo hubiera oído y seguido, pero no Luque.
Ahora bien, no solamente fueron los matadores los que engrandecieron el toreo de capote, sino también los subalternos contribuyeron a ello, pues bregaron con eficiencia templando las arrancadas de los toros, llevándolos largo y sin dar un capotazo de más ni uno de menos.
Todo lo que queda de la Corrida de la Beneficencia en la mente fue lo que los espadas hicieron en el primer tercio, ya que con la muleta ninguno de los tres diestros relucieron. Morante estuvo voluntarioso, siempre dejando muestras de su arte, pero sin redondear sus faenas; Cayetano estuvo frío y sin aprovechar al máximo las buenas condiciones de su lote; y lo mejor lo hizo Luque al buen tercer toro, el bravo animal que hubiera durado más en el último tercio para permitir a Luque redondear su faena, si no hubiera sido exprimido con el grandioso tercio de quite. No obstante, a Luque se le vio con un ánimo renovado y valiente. Dio la única vuelta al ruedo de la tarde.
La verdad es que la tarde hubiera sido más grandiosa, si los diestros hubieran cosechado un montón de orejas y hubieran abierto la Puerta Grande. Ahora bien, en este caso que importa eso, pues de cuando en cuando tenemos la suerte de ver una corrida triunfalista, en la que los diestros cosechan múltiples orejas, generalmente ganadas con la ejecución buenas faenas de muleta y efectivas estocadas, y dejan la plaza en hombros, sin siquiera haber hecho un quite vistoso. Sin embargo ¿cuántas veces hemos visto en las dos últimas décadas un festejo en el cual el toreo con el capote, en conjunto, ha brillado con la intensidad de una estrella, opacando al de muleta?.
Quizás, los podríamos contar con los dedos de una sola mano.

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