13 junio, 2021

LOS PUYAZOS DE SERGIO.

La semana que caducó ayer tuvo dos nombres centrales en cuanto se refiera a la esfera taurina nacional: el niño galoyucateco Michelito Lagravere dentro de la apretura de la campaña chica en la “Señora de Insurgentes” y el cambio de apoderamiento de Eulalio López, “El Zotoluco”.

La semana que caducó ayer tuvo dos nombres centrales en cuanto se refiera a la esfera taurina nacional: el niño galoyucateco Michelito Lagravere dentro de la apretura de la campaña chica en la “Señora de Insurgentes” y el cambio de apoderamiento de Eulalio López, “El Zotoluco”.
Más descalificaciones que aprobatorias ha tenido el debut en La México, de cualquier manera ya oficial, como novillero del jovencito Michel.
Ríos de comentarios han corrido en los sitios que suelen acoger a los taurinos alrededor de una mesa de cuya superficie emerge el tradicional humo de cafés nacionales e importados, igual de sabrosos ambos sin embargo.
El asunto salió incluso fuera de la casa taurina, lo que de la forma que se quiera ver es positivo para la fiesta brava.
La sociedad ignorante de la entraña anímica, psicológica y moral de la fiesta taurina ha recriminado iracundamente al padre del chaval por atreverse, según ellos irresponsable y malvadamente, a exponerlo a la muerte delante de un animal de lidia, mientras que los taurinos dan vida a zaherimientos más sensatos por ser emergidos justo del contexto en el que está colocado el niño de la península.
A Michelito le vimos en incontables festivales y ante becerros; con más de trescientos de esos festejos se dice que llegó a la hoja de los novilleros.
Tiene en su ser algo muy importante para todo aquel que pretende hacerse de un lugar en el país de las glorias taurinas, y eso se llama carisma; entabla rápido el contacto con el público el imberbe y ello resuena en olés, palabra mágica en un espectáculo de toros y toreros cuando sale de lo realmente hondo del pozo anímico de ese público.
La verdad es que no pasó desapercibido el niño en esa primera tarde de su vida en La Plaza México, y no toda la carga que movió la balanza fue por el morbo que ocasionó su edad, la que para muchos es hasta camandulera, ya que le enjuician con por lo menos quince o catorce años. Quede el hecho ajeno a la poca fortuna comercial que se le augura a la temporada, de la cual no se ve ningún novillero que pueda hacerla explotar.
También hubo algo de acciones taurinas decorosas con el pero de que fueron huérfanas. Tal pase aquí, otro allá más tarde, una serie desunida de izquierdazos y luego el revolcón bárbaro.
La suma es clara: tiene teorías y resultados prácticos, reales.
“Su gente” está jugando carreras parejeras. Teóricamente ya las ganó a varias figuras de la torería mundial al ser el más joven en presentarse como novillero en el coso de la “Ciudad de los Deportes”; prácticamente se vio incapaz técnicamente para solventar el compromiso de lidiar y sobre todo dar muerte a un animal que si bien cómodo de cabeza, quizás hasta cierto nivel válidamente “arreglado”, demasiado alto, el cual para él le resultaba todo un tío que el puro morrillo apuntaba materialmente en alzada a la inocente cara.
Teóricamente puede ser ejemplo de precocidad taurina, prácticamente los resultados hasta hoy han sido adversos, toda vez que fue a parar a la enfermería no porque se le estuviese jugando, tómese en el sentido más estricto ese término y dentro de la filosofía del dios Taurus, si no porque aún su mente sin malicia y su cuerpo sin madurez no son aptos como para enfrentar empresas de las dimensiones de las que enfrentó. El matador Michel Lagravere, su padre, es quien tiene aún la mayor parte de las decisiones. Él mismo sabe si quiere continuar sobre la teoría o la práctica.
Durante el descalibrado vendaval de la pasada feria de San Marcos de Aguascalientes, José Manuel Espinosa hizo unas declaraciones, se dice que inspirado por la ingesta de bebidas etílicas, asunto muy personal, que encendieron una llama grande de comentarios. Su poderdante, el matador de toros Eulalio López “El Zotoluco” se retiraría de los toros, para lo cual averiguó el más inocente e inepto de los “argumentos”: “El público todo le recrimina a Lalo, aunque se la juegue la gente le silva y ya nada le agradece”… etcétera etc. –Palabras más o palabras menos-. Todo, pero no reconocer como hombre que cada vez, mejor entiende el público las ventajas de su quehacer. Es cuando le gana el personaje del torero a la real existencia del ser humano.
Pasaron las semanas después de aquellas desafortunadas palabras y el mismo José Manuel remitió a los medios especializados un boletín en el que efectivamente, ya de forma oficial noticiaba que “El Zotoluco” se retiraría indefinidamente de los toros. La “ultima actuación” sería cuando cumpliera la corrida mil.
La verdad era otra. Pocos la sabían.
La parte giratoria cambió estrepitosamente de izquierda a derecha.
“El Zotoluco” no se va, solo cambiará de “estrategia”; limpiará su imagen, llevará sus poderes otro personaje y hasta su departamento de prensa la administrará un torero, Alejandro Silveti, quien incluso fue el primer coletudo en usar esa atinada y buena arma para la vida de un espada.
Sí, “Zotoluco” necesita desintoxicarse de sí mismo. Se desea que realmente saque su propio veneno. Operación compleja.
La decisión de este cambio de flanco bien pocas gentes la saben. Se ha comentado extraoficialmente que intervinieron asuntos íntimos pues individuos allegados a él mucho abusaron de juergas a costa de los sellos de sus billetes…
Hubo un día el “Zotoluco” digno, torero, honesto, fiel y entregado; si no de estética o clase, entendida ésta como un conjunto de cualidades en las que hasta la madre naturaleza toma su predio, con hombría y dominio de la técnica. En España pasó decorosamente y estoqueó una breve camada de miuras. Coleccionó lo suficiente para ser llamado figura máxima en México.
Pero después también se vio el otro “Zotoluco”, el de las faenas sátiras, desgraciadas y ventajistas técnicamente. El “Zotoluco” abusivo que impuso encierros de toros apócrifos emulando así a otros colegas suyos de tiempos anteriores cuyos nombres el lector bien los sabe, denigrando con ello su nombre y desde luego el de la fiesta azteca. El Zotoluco feriero, muchas veces vulgar pasando de esa ingrata forma por sobre una escalera de valores taurinos morales que debería imperar en todo profesional de la fiesta.
México… creo en ti… y el deseo de este tinterillo es que el cambio del Zotoluco sea de honduras y verdades, no solo el cambio se de en el relevo de su apoderado y equipo en general. México merece ya tener un veterano de los ruedos digno, cabal al cual venerar. En España hay ejemplos iluminados.

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