18 septiembre, 2021

LOS PUYAZOS DE SERGIO.

En la orda que significó un festival taurino, ahí en medio de la ignorancia tridimensionada y de las despampanantes y vulgares manifestaciones de fiesta, jolgorio y desenfreno verbal, productos de un deseo ignorado por los mismos manifestantes de reivindicación social, vi precisamente en el centro una derrama de casta, bravura destapada e impúdica; se trataba de un ejemplar quemado con la ganadera efigie de Jesús Cabrera

En la orda que significó un festival taurino, ahí en medio de la ignorancia tridimensionada y de las despampanantes y vulgares manifestaciones de fiesta, jolgorio y desenfreno verbal, productos de un deseo ignorado por los mismos manifestantes de reivindicación social, vi precisamente en el centro una derrama de casta, bravura destapada e impúdica; se trataba de un ejemplar quemado con la ganadera efigie de Jesús Cabrera, nombre legendario ya entre los criadores de lidia de nuestra patria. El novillo aquel galopó desde su salida con franqueza. Abierto y diáfano no dio atención a ninguna querencia, olvidado de maderas, tercios o tablas, su mirada buscaba solo el punto de donde se le retaba y hasta allá se arrancaba con valentía, destapadamente, así fuera en el centro del anillo o de las troneras de los burladeros. La testa iba abajo, como en busca de un objetivo anhelado y remataba cada acometida como solo la terminan las bestias que poseen la misteriosa herencia de la bravura ancestral.
Posteriormente a una serie desordenada de capazos por la que sin embargo no desvió la recta de su comportamiento, salieron los acorazados de castoreño y fue a un envite en el que pareció que se había escupido, pero no, fue solo un falso cuadro, un mal espejismo producto de la errática colocación del “quijote”; luego se unió en milagroso continuismo algo que escasas veces se ve al año: -Después de la recolocación, una arrancada nueva hacia el peto. Aquella fue un poema a la naturaleza, una oda al campo bravo, una obra cumbre de los salmos taurómacos.
Quien tiene en algo desarrollado el sentido medular de lo que significa el toro de lidia, es receptivo sensible de cada uno de los movimientos de éste; lo que para un sector seco, parco, superficial en materia honda de lo taurino es invisible, para aquel es savia, esencia, milagro y emoción de la fiesta.
El toro bravo camina distinto, trota distinto, galopa distinto… lanza miradas de manera distinta. Es mecánica natural de movimientos locomotores.
El toro bravo jamás humillará para oler los pies –como tantas y dolientes veces se ve- a su presunto lidiador; sí que viajará en vientos de embestidas con la percha baja, retadora y exigente, en reclamo de digna correspondencia, no obstante.
El manso y sumiso engaña a lo sensibleros y es arma camandulera y fuerte para las “empresas” que ese tipo de reses acomodan a los abusivos actuantes, léase sobre todo extranjeros. Así le quieren, así le vejan, así, sin bravura arriesgan lo menos y se llevan lo más. Sí, el dinero mexicano cobrado en billetes estadounidenses. Pero es algo que el que paga lo ignora. Bien merece la pena el beber hasta el hartazgo en un sitio hecho para la efusiva festividad… cualquiera que sea la parte arquitectónica de éste en donde tome centro y realidad, si no abajo, en el ruedo, arriba en gradas. Así se cotizan, sus precios por tarde no la dicen en pesos mexicanos actuales; para “universalizar” el negocio lo proponen en moneda extranjera.
Pretenden neutralizar el toreo en la expresión estética sacrificando o menguando hasta casi desaparecer la emoción que da solo la sensación estrujante del peligro, deducción de la casta.
Lo de Jesús Cabrera tiene en cada una de las gotas de su sangre una auténtica y legítima joya. Diamante es que vale incluso un precio mayor a esa piedra ambicionada. Es un acertijo, una fórmula difícil y fácil de aplicar para la fiesta mexicana. Ya dos muestras a dado en corto tiempo este hierro en la Monumental de Aguascalientes, antes fue aquella novillada en la que salieron cuatro estupendos utreros que emocionaron a los reunidos en medio de un huracán.
Ahí se encuentra el remedio a los males del espectáculo taurino azteca. En la mansedumbre está lo que se pudiese enlistar de negativo que desemboca en carencia de figuras, ausencia de un grupo de novilleros que emocionen, nulo número de toreros que ostenten rango internacional, petardos de nuestros coletudos en plazas europeas, famélicas entradas y granel de quejas entre los aficionados. Por lógica consecuencia en la bravura está lo antagónico.
Se cree entre esos aficionados, enjuiciando sobre el uso de la lógica, que el titular del hierro traído en este papel a la letra, será capaz –si se reúne con gente cabal taurinamente hablando- no solo de mantener su buena genética si no de llevarla a su explotación.
El comportamiento del toro es el que a lo extenso de la historia de la fiesta brava mundial ha sido el directriz del espectáculo con todas sus consecuencias; si bien las grandes figuras mandonas han tratado de condicionar el temperamento del ganado de sus respectivas épocas, también se les ha juzgado en los mismos balances de sus intenciones y en la misma mecánica de evolución se les ha cobrado. Ejemplos muchos gravitan en la memoria taurómaca universal, únicamente baste al amable lector recordar uno ahora, cuando a “Gallito” y a Belmonte se les acusó de lidiar solo encierros pequeños y para contrarrestar las críticas decidieron ambos matar toda una camada de “miuras”.
Si hay casta en lo que se lidia, el lidiador habrá de sacar todo de sí. Modificará sus procedimientos y se fraguará como torero y como hombre. La casta no da oportunidad de vicios.
Si los toreros mexicanos de tiempos ya anteriores triunfaron contundentemente en España, fue en mucha parte porque no existían tantas ni tan marcadas diferencias entre el astado de sus tierras y el que se criaba en las ibéricas; hoy lamentablemente al toro mexicano le hicieron perder su esencia y las “empresas” pretenden tener adormecido al público “sintetizando” ese toro azteca en diez o doce “ganaderías” que han solidificado la mansedumbre de sus ejemplares. Encima de ello las publicitan como de “prestigiadas”…
Pero aún existe el verdadero toro mexicano, Cabrera lo tiene; es un ejemplo digno hasta hoy entre muchos que están ocultos en sierras, montes, peñas, valles, desiertos y cerros…

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