25 septiembre, 2021

LA APASIONADA ENTREGA Y EL TRIUNFO DE ÓSCAR AMADOR.

Sábado 17 de julio del 2010. Primera novillada de la temporada de la Plaza de toros Antonio Velázquez del restaurante Arroyo.

Sábado 17 de julio del 2010. Primera novillada de la temporada de la Plaza de toros Antonio Velázquez del restaurante Arroyo.
Novillos: Cuatro de Malpaso, desiguales de presentación y salvo el primero, que fue noble y soso, los otros presentaron dificultades. Uno de Sergio Rojas para rejones, lidiado en quinto lugar.
Novilleros: Carlos Rodríguez, media perpendicular y media docena larga de descabellos para escuchar un aviso en el que abrió plaza. En el tercero pegó un mitin lamentable con el verduguillo, le tocaron los tres avisos.
Óscar Amador, estocada a un tiempo en el segundo: oreja. En el cuarto, pinchazo en lo alto siendo cogido, pinchazo pescuecero y contrario, y estocada entera, fue ovacionado en los medios.
Leonardo Zatarain, rejoneador. Inexplicablemente cortó una oreja después de pinchar una vez y liquidar finalmente al pobre bicho con un rejonazo de muerte a medio lomo.
Se inició la vigésima temporada de novilladas en Arroyo, con un lleno y un festejo pletórico en altibajos. Comencemos por lo mejor, que fue sin duda la actuación del tlaxcalteca Óscar Amador.
En su primer enemigo, segundo de la tarde, Óscar quitó por saltilleras aguantando una barbaridad. Esa sería la tónica de toda su actuación: el valor, la entrega y un aguante a prueba de bombas.
El bicho de Malpaso era complicadillo, no pasaba completo y tardeaba. La faena de muleta tuvo buenos momentos por el pitón derecho pero no se produjo la ligazón. El muchacho tlaxcalteca remató el trasteo con ceñidos pases de costadillo y un muletazo de la firma. A continuación y sin perder un instante, se perfiló con elegancia y adelantó la muleta para tirar del toro mientras mejoraba su terreno dando un paso adelante, es decir, mató a un tiempo de manera soberbia. Así le fue concedida la primera oreja de la temporada, que le supo a gloria al novillero de la tierra de Dios y de María Santísima.
Con el cuarto, un novillo con bastante trapío, Óscar quitó por tafalleras pasándose los pitones por la barriga, poniendo muy nervioso al respetable. Su labor con la muleta fue superior, tomando en cuenta que el joven espada tiene sólo cuatro festejos en su haber. Los derechazos, aunque aislados, arrancaron el ¡Olé! del tendido. Óscar no pierde un paso entre muletazo y muletazo, confiando mucho en el mando y el aguante; así que cuando embarca al toro, se lo pasa por la faja, se queda quieto y remata largo el pase, nos regala el toreo verdad. Los de pecho son verdaderos forzados.
Como colofón a la faena instrumentó ceñidísimas manoletinas y buscó otra estocada a un tiempo, volcándose sobre el morrillo. Pinchó en lo alto y el toro lo derribó, lastimándole la pantorrilla derecha. Óscar volvió a la cara y ahora quiso borrar el pinchazo con unas joselillinas que se antojaban imposibles a esas alturas de la faena y con el toro avisado. Se perfiló, y un resbalón durante la ejecución de la estocada provocó un feo pinchazo en el pescuezo.
La tercera fue la vencida y el toro cayó patas arriba. La gente, sensible al carisma del novillero, le sacó a los medios para tributarle una fuerte ovación.
Hablemos ahora de Carlos Rodríguez, el primer espada. Este novillero potosino posee un toreo de clase, sobre todo con la muleta en la zurda. No obstante, ayer no las tuvo todas consigo, por el contrario. En el primer toro de la tarde, estuvo toreando con gusto a la verónica, acompañando cada lance garbosamente.
El toro resultó noble pero deslucido, sosón y bastante mansito. Carlos le muleteó con gusto y temple, sobre todo por el perfil derecho. Me quedo con los pases de pecho, dignos de un cartel de toros. Lástima que el muchacho emborronara todo con su manifiesta falta de habilidad con los aceros.
En el tercer novillo, un torito de preciosas hechuras, pero que se defendía bastante, Carlos porfió con pundonor, logrando algunos pases buenos con la muleta en la derecha. Luego vino el desastre con dos pinchazos e incontables golpes de descabello. El animal se le fue vivo. Bueno, vivo es un decir, pues fue apuntillado desde atrás de un burladero con gran eficacia por Fernando Ríos.
Hagamos aquí un paréntesis para hablar de Leonel Olguín, quien en su papel de sobresaliente, realizó tres valerosos quites. No olvidemos tampoco a Lupillo hijo, aspirante a banderillero, quien se desmonteró en el cuarto después de clavar por dentro y de poder a poder. Ni tampoco pasemos por alto la excelente y templada pega de los Forcados Mexicanos al que cerró plaza.
Finalizaremos la crónica en un tono triste, asentando que el “rejoneador” Zatarain carece del más mínimo argumento para decirse caballista. No contento con hacer sufrir al público, a sus cabalgaduras y al toro, se encaró con el juez Ruiz Torres y logró amedrentarlo para que le concedieran un triste apéndice.

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