27 octubre, 2021

OPINION SOBRE LA PROHIBICION DE LA FIESTA BRAVA EN CATALUÑA.

1 de agosto, 2010… El miércoles 28 de julio del 2010 leí en la prensa electrónica la noticia de que en el Parlamento del Gobierno de Cataluña se había aprobado, con 68 votos a favor, 55 en contra y 9 abstenciones, una ley que prohibía la celebración de espectáculos taurinos en el territorio de la comunidad catalana, que tomará efecto en enero del 2012.

1 de agosto, 2010… El miércoles 28 de julio del 2010 leí en la prensa electrónica la noticia de que en el Parlamento del Gobierno de Cataluña se había aprobado, con 68 votos a favor, 55 en contra y 9 abstenciones, una ley que prohibía la celebración de espectáculos taurinos en el territorio de la comunidad catalana, que tomará efecto en enero del 2012.
Desde entonces hasta hoy, el primer domingo de agosto, cuando estoy escribiendo estas líneas, he leído múltiples artículos, tanto en español como en inglés que reportaban, analizaban y opinaban el extraño caso de que por primera vez en la historia se había prohibido en una parte integral de la nación española la celebración de festejos taurinos.
En los artículos en inglés, generalmente, se enfatizaba que, a pesar de que la proposición de la abolición de las corridas en Cataluña había sido iniciada por organizaciones que proclamaban estar defendiendo los derechos de los animales, la aprobación mayoritaria de la ley en el Parlamento había estado coloreada por el tinte político del movimiento independentista catalán que erróneamente percibe el toreo como una manifestación cultural y popular española pero no catalana, ignorando que el toreo en esa región tiene raíces históricas propias que se hunden hasta el Siglo XVI.
Los artículos españoles también apuntaban al aspecto nacionalista de la aprobación de la ley pero de una manera más crítica, y en ellos se citaban fuertes opiniones y comentarios en pro o en contra de la prohibición de aficionados, taurinos y antitaurinos, profesionales del toreo y políticos de la derecha y de la izquierda.
En general, los antitaurinos estaban formados principalmente por simpatizantes de las organizaciones que proclaman ser defensores de los animales, y que consideran al toreo como una actividad cruel. Ellos se han jactado de considerar la prohibición catalana como el haber ganado solamente la primera batalla de la guerra para eliminar la Fiesta Nacional de las restantes autonomías españolas.
Por otro lado, los aficionados, profesionales, incluyéndome yo mismo, que percibimos el toreo como una manifestación artística profundamente arraigada en la cultura de todo el territorio español, consideramos la prohibición como una acto oportunista político, que se ha tomado más para satisfacer el sentimiento nacionalista catalán que con la intención de evitar un posible maltrato a un animal. Así que vemos la prohibición como un acto cínico, especialmente cuando no se ha incluido en la nueva ley la prohibición de las fiestas populares catalanas del “correbous” y el “bous embolats”, las que carecen de valor artístico y en las que los animales, aunque no se maten en esos momentos, son maltratados por la festiva masa humana.
Un buen ejemplo, que ilustra el sentimiento general de los taurinos y de muchos políticos, aunque estos no lo expresan tan rotundamente, lo manifiesta el matador valenciano Enrique Ponce en Mundotoro.com: En todo esto hay un trasfondo político maquiavélico por parte del nacionalismo catalán, que con esta acción gana una batalla a España, cargándose la seña de identidad de nuestro país. Están atentando contra la cultura, la tradición y la historia de nuestro país. Es muy triste que se use la política para estos fines y que se coja a la Fiesta como víctima de un fin político nacionalista catalán.
Por otro lado, el matador de toros catalán Joaquín Bernardó, uno de los profesionales que durante más de un año ha presionado para que no se aprobara esa ley, tristemente se expresaba así al enterarse de la aprobación de la ley:
Estaba previsto, era algo que llevaba muchos años cociéndose. Sabíamos que iba a salir la abolición, allá ellos, ellos se lo pierden…Soy realista y por tanto me creo lo que ha ocurrido, porque lo llevo meditando mucho tiempo. A mí me gustaría que estos políticos me explicasen las cosas. El otro día Zapatero fue a Barcelona por el tema del Estatut pero no explicó nada de toros.
Comprendo y comparto el dolor que siente el maestro Bernardó por la prohibición, pues él, aparte de amar la fiesta, es catalán de pura cepa, con padres y abuelos catalanes, y en su tierra se hizo torero y allí tuvo sus mayores triunfos. Desde que tomó la alternativa en el año 1956 hasta su retirada ha toreado más que nadie en Barcelona, más de 200 corridas de toros. El menciona en una entrevista en el diario madrileño ABC la incongruencia de que el mismo Ayuntamiento de Barcelona que declaró la ciudad como antitaurina, le concedió una medalla de oro en 1983. Dice el maestro recordando esa ocasión: “Pasqual Maragall, entonces el alcalde de la ciudad, me dijo que me premiaban por mi estilo artístico y que los toros eran muy importantes para Cataluña”. Esas palabras del político catalán suenan ahora muy vanas.
Yo actué en la década de los cincuenta con mi compañero el maestro Bernardó en varias ocasiones en los ruedos españoles, incluso fui el padrino de su alternativa en Madrid en junio del año 1956, pero a diferencia de él, desafortunadamente no tuve éxito en Barcelona, en donde solamente actué dos tardes. Digo desafortunadamente, porque entonces, aunque Madrid y Sevilla podían hacer a uno figura, el triunfar en Barcelona significaba torear un buen número de corridas en esa localidad. Sin embrago, tuve ocasión de vivir el buen ambiente taurino que allí existía entonces, pues cuando toreaba en Francia de paso me quedaba unos días en Barcelona.
Ahora bien, el leer lo de la prohibición, al igual que para Bernardó, para mí la mala noticia tampoco fue una sorpresa. Ya que por algunos años he estado siguiendo el desarrollo de la fiesta brava en Cataluña, y he ido notando como, poco a poco, se hundía en una despaciosa decadencia, con el beneplácito de los organismo institucionales locales y ante la pasividad de los taurinos, mientras los enemigos, como leones, se afilaban las garras para darle el zarpazo final a la presa. Así que no me ha extrañado que sus enemigos hayan ingeniosamente manipulado legalmente el sistema democrático de Cataluña para lograr abolirla, a pesar de que los taurinos se aliaron en su defensa, auque ya tardíamente.
Dice un refrán que “no hay mal que por bien no venga”. El bien en este caso quizás sea un toque de atención para que los aficionados, los taurinos y los profesionales se unan en una fuerte organización, no solamente con la meta de defender la Fiesta Nacional, sino también para, al estilo norteamericano, hacer una continua labor de relaciones públicas que presente la imagen positiva del toreo.
Esa institución, si se formara, nunca debería olvidar que por muy arraigado que esté el toreo en España, como en tiempos pasados también lo estuvo en Cataluña, siempre debiera estar fumigando para que plagas antitaurinas no encuentren un lugar en la piel de toro en donde ya las raíces taurinas estuvieran secándose.

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