24 julio, 2021

LA ELEGANCIA, EL OLVIDO Y EL VALOR.

Sábado 14 de agosto del 2010.Quinta novillada de la temporada de la Plaza de toros Antonio Velázquez.
Novillos: Cuatro de Marrón. Correctamente presentados, nobles y sosos.
Novilleros: Tomás Cerqueira, tres pinchazos y entera: vuelta al ruedo.
Camilo Pinilla, estocada caída, trasera y perpendicular: silencio.
Adrián Padilla, tres pinchazos que bastaron: silencio.
Jorge Didier, casi entera desprendida: vuelta tras aviso.

Sábado 14 de agosto del 2010.Quinta novillada de la temporada de la Plaza de toros Antonio Velázquez.
Novillos: Cuatro de Marrón. Correctamente presentados, nobles y sosos.
Novilleros: Tomás Cerqueira, tres pinchazos y entera: vuelta al ruedo.
Camilo Pinilla, estocada caída, trasera y perpendicular: silencio.
Adrián Padilla, tres pinchazos que bastaron: silencio.
Jorge Didier, casi entera desprendida: vuelta tras aviso.
Durante la quinta novillada en Arroyo, por momentos tuve la impresión de estar asistiendo a la enésima representación de una archisabida obra de teatro. Con excepción del muchacho francés, quien estuvo verdaderamente torero y mostró una innegable mejoría comparado con su debut, los demás coletudos acusaron las mismas evidentes deficiencias durante su labor, dejando escapar el triunfo. La materia prima, los novillos, se dejaron hacer fiestas y tuvieron, por lo menos, dos docenas de buenas embestidas cada uno.
Para confirmar que esta película ya la habían visto todos los aficionados presentes en varias ocasiones anteriores, basta con relatar que las ovaciones más fuertes y sinceras de la tarde se las llevó un subalterno de lujo, Diego Martínez, por sus espléndidos pares de banderillas al tercero de la tarde, y por un genial quite a una mano cuando el cuarto novillo iba a hacer chuza con el desprevenido picador y su jamelgo.
Vamos a lo hecho por Tomás Cerqueira, el novillero de Béziers. Si en su presentación, hace tres semanas, el francés había demostrado muy buenas maneras con el capotillo y luego muleteó con poco ajuste, este sábado se encargó de pasarse al toro por la faja con gran alegría, sin por eso perder la clase y el arte. Las verónicas, el quite por tafalleras y los remates soltando una punta del capote fueron simplemente colosales.
Brindó al cónclave y porfió con un bicho tardo y débil que sin embargo se dejó pegar series buenas por el pitón derecho. Cerqueira toreó en un palmo, aguantando y estirándose con sello y elegancia. Lo malo es que la suerte de matar la ha olvidado. De haber estoqueado con eficacia al primer viaje, hubiera desorejado al de Marrón. La vuelta al ruedo fue indiscutible y sonora.
Luego le tocó el turno al novillero colombiano, Camilo Pinilla. Un joven valiente a carta cabal, pero que está bastante verde. De lo hecho por el de Manizales al segundo de la tarde, recordamos algunos naturales de buen trazo con la muleta bien cogida y el colofón de las manoletinas. Desgraciadamente, Pinilla se olvidó de emocionar al público y terminó aburriéndolo con un trasteo largo como un día en canoa.
En tercer lugar actuó Adrián Padilla, el triunfador de la semana pasada. Aquí hay que volver a referirnos a los olvidos, a las amnesias. Este torero leonés no se acordó nunca de la más elemental técnica taurómaca y menos de la elegancia. Se echó encima al novillo cuantas veces embistió y en un arranque futbolero nunca visto en plaza alguna, se quitó una zapatilla con un largo puntapié que hizo volar el calzado a varios metros de altura, causando estupor e hilaridad en el tendido.
El novillo fue tan noble e inocente que nunca quiso trincar a Padilla, quien se empeñó en ponerse en el viaje del astado una y otra vez. Bueno, y de la suerte suprema mejor ni hablar. No se puede intentar meter el acero volteando la cara, pegando guturales aullidos y cerrando los ojos.
Cerró plaza otro novillo potable que le correspondió a Jorge Didier. El muchacho hidrocálido está aun más verde que el colombiano, pero le llegó al público por su valor y su decisión. Intentó recibir a su enemigo a porta gayola siendo atropellado. Luego Jorge pegó dos buenas medias largas cambiadas de rodillas y fue achuchado en los lances de pie.
El peón Paquiro fue aplaudido por la extraordinaria labor de brega que ahormó bastante al morito. El quite por gaoneras fue muy comprometido y de singular quietud. El trasteo muleteril fue de mucha honradez, valor, y momentos aciagos, pues el bicho aprendió bastante y a punto estuvo de herir a Didier. Llegada la hora, este novillero no se olvidó de la primeras dos reglas para matar toros: entrar por derecho y pasar. Lástima que el burel se amorcilló un poco e hizo que todo quedara en una cariñosa vuelta al anillo.

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