DENTRO DEL CALENTADERO.

¿Pero vestido de luces cómo su padre y sus tíos? Eso no lo vi venir, y miren que tuve muchas oportunidades de charlar con él de todo y todos, por qué de todo tenía opinión. El mismo lo decía: De torero ni que estuviera loco. Gustaba mucho de los partidos de fútbol, sobre todo de las Chivas. Tenía un don muy especial: De caer bien a todas las personas con que se relacionaba; igual que el padre, se ganaba el cariño de las personas con gran facilidad. Pero también debo admitir que siempre portó el carácter de su mamá. Dentro de todas las cosas, y ahora haciendo remembranzas, sí había destellos por el gusto de torear, pues muy seguido y de broma, lo veías simular banderillear a sus amigos (suerte que no contempla dentro de su variada forma de hacer el toreo cómo profesional). Pero sobre todas las cosas, lo recuerdo con afecto dentro de aquel calentadero. Lo explico mejor: Era la última temporada del coso de El Toreo de Tijuana. Quizá fue la penúltima corrida, no lo recuerdo con precisión. Pero mi buen amigo el empresario me invitó a ver los toros que se jugarían el domingo de esa misma semana. Para no dar vuelta y entrar por la puerta de acceso a las corraletas, el empresario y matador de toros sugirió que quienes íbamos con él a ver el encierro, tomáramos el acceso por chiqueros, y abriendo la puerta de toriles de la plaza desierta, entramos por el calentadero para brincar un muro y entrar directo a la estancia de los toros. Brincó el empresario, algunos subalternos, el matador Juan Antonio Adame y mi joven amigo, hoy torero, de quien les hablo. Quien me conoce sabe bien que físicamente me es difícil brincar cualquier muro, por alto o bajo que sea. Y en un abrir y cerrar de ojos, de pronto me encontré sólo dentro del calentadero, justo antes de las puertas de los chiqueros. El viento de pronto empezó a soplar con fuerza (o al menos a mí me pareció así) y simulaba, según yo, el mugir de un toro. Y lo acepto, me dio miedo. Quise salir por la puerta de toriles hacia el callejón, pero “alguien” la había cerrado por fuera, tal y cómo mandan los cánones de una plaza de toros: Cierra las puerta que abras, por aquello de las dudas que se escape un bicho. De pronto escuché un claro golpeo sobre la puerta de uno de los chiqueros, y mi mente empezó a volar entre comicidad y temor, que mucho tienen en común. Y cuando menos lo pensaba se abrió un chiquero y emanó de muy adentro del mismo un largo y prolongado mugido, y el “shhh” clásico de un toro enfurecido. Me quedé helado. No podía moverme y más importante: No había para donde hacerme. En eso, salió el joven chamaco de quien les hablo cayéndose de tanta risa: “Qué, ¿apoco lo asusté?”. Cómo se imaginarán, todos los asistentes y el empresario soltaron la carcajada. La verdad acabé igual que ellos, no sé si de nervios o de risa. Pues ese chaval que me hizo ver mi suerte ya es torero, y todo indica que apunta para ser alguien importante en la fiesta, hoy lo recuerdo con mucho afecto y le deseo que Dios lo guarde siempre, y que vengan los triunfos no sólo en España, sino en el mundo entero. Se llama Juan Pablo y apellida Sánchez, y hay muchos que concordamos que está a punto de poner el nombre de Aguascalientes y de México muy en alto. ¡Suerte chaval!.

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