28 julio, 2021

LOS PUYAZOS DE SERGIO.

El año taurino se está definiendo; va arribando a su episodio final poco a poco y los triunfadores de esta sustanciosa campaña internacional prácticamente se tienen señalados. Ha habido mucho y de todas tesituras. Lo mismo se han visto petardos novilleriles, sobre todo en México, como apoteosis tremendas. Sangre mucha ha corrido casi como río en muchas arenas.

El año taurino se está definiendo; va arribando a su episodio final poco a poco y los triunfadores de esta sustanciosa campaña internacional prácticamente se tienen señalados. Ha habido mucho y de todas tesituras. Lo mismo se han visto petardos novilleriles, sobre todo en México, como apoteosis tremendas. Sangre mucha ha corrido casi como río en muchas arenas. Los toros este año se manifestaron con mayor sentido. No hay día que no se tenga un reporte de un cornado; así graves como menos graves y hasta las gravísimas heridas han dado razón del valor que se tiene cuando se es torero.
Se puede comentar con confianza que la última feria importante del ciclo 2010 se está terminado con resultados estupendos, provechosos, dramáticos y de primer rango. Bilbao, por su puesto. Este nombre impone, conmueve, estruja y estremece. Se trata de una feria seria, de menos comercialismo y más verdad. Excluyendo el cinturón titulado como “El valle de la muerte”, que cobra entidad en los alrededores de la capital de España, Bilbao es la plaza más torista de todo el dibujo geográfico de la madre patria, inclúyase al mismísimo Madrid. La serie de este puerto gravita en los aledaños de la órbita de un ser, EL TORO en su máxima expresión. El burel que sale al anillo de Bilbao es una oda al ganado de casta. Una a una se fueron viendo en México por medio de las pantallas electrónicas las corridas, y quienes tuvieron fortuna de apreciarlas gravaron mucho y muy reflexivo en las placas de su mente sobre los verdaderos valores que hacen a una feria tener categoría. Ya hay triunfadores: Alcurrucén el mejor encierro, Sergio Aguilar el premio especial a la vergüenza torera.
Cuando se diluye la heroicidad la fiesta empieza a fenecer; cuando se exalta, como en Bilbao, la fiesta revive, cobra y motiva al aficionado. Delimita lo común de lo extraordinario.
Atrás de todo está el estigma de un hondo respeto a los elementos de la fiesta. Mitos derrumbados han quedado cuando salió el toro en su plenitud, no el apócrifo; ese toro, grande o de media talla, en estado natural, no forzado con biológicos, embiste según su sangre. No por ser de mucha alzada un burel se parará. Quien en una falta de vergüenza hacia su investidura profesional dijo alguna ocasión, y en desgracia el que esto escribe estuvo para testificar, que para que hubiera faenas de arte se necesitaba el “torito” manso-menso y no un encierro con “un kilómetros de pitones”, seguramente a estas alturas de la vida deberá de desear que la tierra lo ingiera por alguna de sus grietas. Faenas de arte las habrá con el toro bien armado y bravo, no vejado en su condición natural de acometividad por medio de manipulaciones genéticas, solo que para ello deberá también generarse el torero con valor suficiente para enfrentar las responsabilidades y a ello tenga la capacidad de alear eso justamente, el arte y las finuras de su quehacer. Los diestros más artistas de hoy –Morante, Ponce, Manzanares, y el etcétera que el amable lector agregue- han fraguado sus trasteos ante toros muchas, las más de las veces, con esos toros que de percha amenazaban con “un kilómetro de pitones”.
Remítase a las fichas técnicas de las ferias de mayor preponderancia incluyendo por su puesto la tratada en esta planilla. Si, es devastador el argumento de Bilbao, la puntilla para los mojigatos de la fiesta mexicana, en desgracia cuéntense entre éstos a empresarios y “ganaderos”, hombres centrales en la organización del espectáculo taurino.
Sigue en los potreros, escondido en cañones, peñas y arbustos el verdadero toro mexicano. Sáquenlo. Arreen ese toro mexicano del que ustedes mismos se jactan criadores de mi patria. Lo levantan en la falsa bandera que inscrito tiene en sus vuelos el mayor mito que no deja avanzar: “El toro mexicano es el mejor del mundo”. Es para llenar el mar con el llanto de los aficionados. Sí que es verdad que México tiene un gran toro, pero por desgracia a este lo condenan a morir en los rastros y cuando menos doliente es su sacrificio, se hace en plazas de tercera y con matadores rezagados que no cuentan con la capacidad técnica para solventar el compromiso.
Queda como ejemplo Bilbao para remediar en mucho la fiesta azteca. No porque pretenda que en las plazas mexicana de primera salgan toros con la catadura de lo que sueltan ahí, si no por la métrica de su fiesta, su escala de valores y su formidable y reverencial respeto que se le tiene al espectáculo.

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