PLAZA DE TOROS MÉXICO SENDAS OREJAS PARA OLIVER GODOY Y GARZA GAONA.

Décima novillada de la temporada. Domingo 29 de agosto del 2010. Novillos: Seis de José Garfias, débiles, mansos y bobos. Por alguna extraña razón, la gente aplaudió al quinto y sacó al ganadero a dar la vuelta al ruedo.
Novilleros: Jaime Ruiz, en el primero, media tendida, delantera y desprendida, la municipal y un descabello: leves palmas. En el cuarto le pitaron dos avisos después de otra municipal (la estocada chalequera que asoma por el costado como sable de guardia), y múltiples golpes de verduguillo: silbatina.
Oliver Godoy, en el segundo, estocada perfecta al volapié: una oreja. En el quinto dio vuelta al ruedo después de una gran faena, dos pinchazos y estoconazo.
José Lorenzo Garza Gaona, entera bajita y oreja del tercero. Al que cerró plaza lo despachó de pinchazo y media lagartijera para escuchar palmas.
Empecemos por hablar del encierro. Este fue indigno por hechuras y comportamiento. Uno de los novillitos se dejó un poco, fue el quinto. Los demás presentaron los problemas propios de la falta de casta y fuerza.
El sexto era una lagartija impresentable. Sin embargo, el ganadero se dio una vuelta al ruedo con Oliver Godoy, ¡olé los ganaderos de manso! Jaime Ruiz estuvo bien en el que abrió plaza. Quitó por gaoneras a la trágala pero ceñidas, y luego instrumentó buenos naturales. El bicho era tonto y embestía a regañadientes, lo que dio mayor relieve a las joselillinas con las que cerró el trasteo.
Otra cosa sucedió en el cuarto. El novillote era manso de solemnidad, pero dejaba estar y tuvo una veintena de arrancadas potables. El novillero de Tlaxcala dio pasitos para acá y pasitos para allá sin hallarle la cuadratura al círculo. El de Garfias llegó hasta a cogerlo porque Jaime anduvo mal colocado de continuo. Y de la espada, mejor ni hablar.
Oliver Godoy, el novillero jalisciense, arriesgó con conocimiento y clase ante un segundo animal que no valía un centavo. La estocada fue magistral y la oreja indiscutible. Lo mejor de la tarde vendría en el quinto. Ese astado, aunque blando, tuvo más fuelle y en algo se parecía a un utrero de lidia. Oliver comenzó la faena de muleta con un cambiado por la espalda de verdad: se lo enjaretó al de Garfias en un palmo sin inmutarse. Vimos después el milagro del temple, tanto por la derecha como al natural. Oliver tiene el poder y el arte para torear en un palmo de terreno, y así nos lo demostró. Largos muletazos, una dosantina y remates de pecho sabrosísimos. Lástima que se precipitó un poco para entrar a matar. Si le mete el acero a la primera estaríamos hablando de dos orejas de peso. La vuelta fue clamorosa, empañada por la presencia del ganadero.
La incógnita para los cerca de dos mil aficionados era el tercer espada, quien lleva sobre los hombros el peso de dos apellidos espléndidos: Garza y Gaona, un sultán y un califa, nada más y nada menos.
José Lorenzo demostró que puede y tiene carisma. Al tercero le ha pegado (¡cómo no!) un par de gaoneras excelsas, echando la pata buena adelante y templando. Con la muleta estuvo más quieto que la Giralda y logró momentos de gran torería. Me quedo con los naturales y con un molinete rematado con el de pecho, así como con las señoriales y atomasadas manoletinas. La oreja, pedida por la mayoría y protestada por los de siempre, fue bastante merecida.
En el sexto, un gusarapo poco colaborador, Garza volvió a echarse el capote a la espalda e instrumentó gaoneras que seguramente llenaron de orgullo a su bisabuelo y a su abuelo en ese legendario tablao de Frascuelo, allá en el Cielo…
La quietud y la porfía marcaron el último tercio, pero no había nada que hacer. Como el Ave de las Tempestades, el muchacho capitalino desató la polémica en los tendidos: unos le aplaudían y otros le insultaban. Todo es mejor que la indiferencia del respetable.
Hay que ver de nuevo y pronto a Oliver y a José Lorenzo, novilleros de verdad. Lo que no debemos volver a soplarnos es un encierro tan malo.

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