5 agosto, 2021

LOS PUYAZOS DE SERGIO.

La delicada palabra ganadero quiere decir, etimológicamente, dueño de ganados, el que trata con ellos y hace granjería; o bien, en una segunda acepción, el que cuida el ganado.

La delicada palabra ganadero quiere decir, etimológicamente, dueño de ganados, el que trata con ellos y hace granjería; o bien, en una segunda acepción, el que cuida el ganado. Sin embargo, metiendo el pensamiento en el alcance real, práctico y total de la palabra podremos enterarnos de una tercera, que es mucho más amplia, se trata de algo devastador, terriblemente exigente y hasta para muchos casi una religión. Todavía hay una página de mayores honduras que tiene escrita una asignatura con aspectos muy especiales y esta es la de los ganaderos de toros de lidia. En el sentido moral para ser ganadero de toros de lidia hay que tener vocación… y mucho dinero. Recurro, con la intención de dar fortaleza a este argumento, a lo que dijera en su momento un ilustre hombre que fuera figura como criador de bovinos de lidia, el ingeniero Mariano Ramírez: “Considero que para ser ganadero se necesitan dos cosas, mucha afición y dinero. Quien no tenga otro modo de vivir y pretenda hacerlo criando toros bravos como negocio, está perdido. Es tremendamente difícil y abundan los problemas”.
Sí, un rancho esconde entre su belleza, esa que deslumbra a sus visitantes ocasionales y pasajeros, un catalogo de dificultades inimaginables para ellos; esas complejidades van, en diferente fragua, templando el cariño, amor, pasión y reverencia hacia él mismo. La superación común de los obstáculos fortalece el amor y estrecha las relaciones. La tierra tostada que a diario se pisa, la lluvia impertinente que desbarata cultivos entregados ya a la cosecha, los aires pertinaces que limpian el cielo de nubes, las sequías lentas que doran los pastos, las tormentas monstruosas que a su paso lo anega todo, las mañanas nubladas que abren portones de esperanza, el polvo blanco que se levanta como olas en un mar de litosfera fértil, las heladas “tempraneras” que destruyen ilusiones y un planeta de visiones antagonistas de cualquier insinuación del modernismo, es un mundo entendible de forma exclusiva solo para quien nació con la herencia de ese cariño hacia la tierra.
Cuando niño escuché mil cuentos, leí otros tantos; de bocas con bigotes amarillosos del caporal de La Punta salieron para mis oídos infantiles historias fantásticas de cañones indomables, sueños de peñas y toros. Así de Don Francisco Madrazo se decía que a tanto llegaba la pasión por sus reses que en paralelo con sus vaqueros, a los que él mismo tituló como “estatuas de sarape y cuero”, cabalgaba desde las gélidas madrugadas y recorría sus potreros. Toda esta parte afectiva insoportable que tuvo hacia el campo y la ganadería, la dejó probada y sintetizada no solo en el célebre prólogo “Luciérnagas de tabaco”, si no en sus propios toros que salieron siempre, o casi siempre, a los redondeles soberbios con trapío incandescente.
Don Wiliulfo González, se dice, era hombre de a caballo, recio, de sombrero ancho y con segunda piel de cuero. Lazaba, acosaba y derribaba y el sol de su patria chica, Tlaxcala, le dio un aurea especial a su efigie ranchera. Testimonios de ello… la historia los tiene en cofre dorado.
Los Llaguno, de Zacatecas, y toda su descendencia han sido gente de amor por la tierra. Se trata de hombres que fundieron en metales macizos sus convicciones y afición; de mayor mérito porque San Mateo, en sus años de formación, sufrió las arremetidas locas de la revolución. Don Antonio y su equipo lograron la celebridad de poner a su explotación ganadera en primera raya, básicamente por una virtud del sentimiento del humano: incontrolable amor por el campo y el ganado.
Alguien tiene referencias mejor basadas para colocar en una alta escala de valores a la familia Barbabosa.
Aquello, eso de caminar por la vida, como los mencionados y otros más, con la carátula de ganadero, con tan pesada placa titular es una manera de vivir, esa es su real entidad, no un vulgar “recurso” que será siempre solo un elemento de banal ornamentación para “enriquecer” la imagen pública y el estrato social.
Juntos creo hemos llegado al umbral único que aclara la diferencia gigantesca que desune las dos acepciones de la palabra. Un título es el ser propietario de ganado y otro el ser ganadero. Lo primero no convierte de manera directa al hombre en lo segundo. Media lo esencial y lo intrascendente entre uno y otro.
Si me permite don Pepe Caro, retomaré un concepto que en un “refilonazo” de mi viaje a un escritorio vi en su columna “Arrastre Lento” publicada ayer: Hay dueños de tierras, agua y ganado que no merecen el adjetivo de ganaderos.
Paulatina, lentamente la imagen entrañable del ganadero de lidia mexicano se ha ido desangrando en una metamorfosis lacrada, solo con superficie finísima pero con entrañas insulsas y ha dado productos con pensamiento de eunucos de la bravura. Aguascalientes se auto pregona como taurino; ¡que mejor sitio para, con dinero disponible, “convertirse de la tarde a la madrugada en “ganadero de toros de lidia”. Mejor se congratulará con ese “rango” y reforzará su figura política, pese a que sea por pocas fechas, al ocupar un palco oficial en un recinto en el que justamente se sacrifican toros de lidia. ¡Vaya chambonada!.
Certero el refrán popular cuando se refiere al superficial significado de ganadero: “Con agua, tierra y dinero, cualquier p… es ganadero”.

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