29 julio, 2021

SEGUNDA Y ÚLTIMA PARTE… TOROS, INDEPENDENCIA Y TRADICIÓN.

Sin duda México es país de las Américas con mayor peso específico en la fiesta de los toros, cuanta la historia que la primera corrida se celebró en la ciudad de México el 24 de junio de 1526 para festejar el regreso de Hernán Cortés de las Hibueras. A partir de 1529 se instituyen de manera oficial las corridas de toros según acuerdo de la autoridad: “Todos los años por honra de la fiesta de Señor San Hipólito, en cuyo día se ganó esta ciudad, se corren siete toros”.

Sin duda México es país de las Américas con mayor peso específico en la fiesta de los toros, cuanta la historia que la primera corrida se celebró en la ciudad de México el 24 de junio de 1526 para festejar el regreso de Hernán Cortés de las Hibueras. A partir de 1529 se instituyen de manera oficial las corridas de toros según acuerdo de la autoridad: “Todos los años por honra de la fiesta de Señor San Hipólito, en cuyo día se ganó esta ciudad, se corren siete toros”.
Con estas letras no se pretende en lo absoluto crear confusiones y mucho menos divisiones, sino simplemente comentar un poco del contexto de por qué a doscientos años del inicio de la guerra insurgente la fiesta de los toros sigue siendo parte intrínseca de una herencia cultural de quienes nos dejaron la religión y la lengua, pero que además en lo particular de nuestro país se arraigó al grado de tener una propia manera de interpretación tauromaca.
Se dice que los primeros toros bravos que llegaron a México fue en 1552 y eran de casta navarra, cuyo encaste fue el cimiento de la ganadería mexicana, aunque en España el toro navarro fue eliminado en México aún se conserva en algunas ganaderías, desde luego en mínima consanguineidad. También se cuenta que el primer ganadero mexicano fue Juan Gutiérrez Altamirano, primo hermano de Hernán Cortés y se estableció en la hacienda de Atenco, en el valle de Toluca, en donde los toros navarros se cruzaron con el ganado criollo en estado salvaje.
Entrando a la parte previa la independencia, otro investigador de acontecimientos de la época de nombre Miguel Reyes relata que al finalizar el siglo XVIII Félix Calleja parecía decidido a sentar sus reales en San Luis Potosí, pues se dedicó a adquirir terrenos en los alrededores de la ciudad, a entablar relaciones con la nobleza del lugar y a involucrarse constantemente con la política local.
Se cuenta, dice Reyes, que en diciembre de 1800, al celebrarse la inauguración del santuario de la Virgen de Guadalupe en la capital potosina, sucedió un encuentro entre Calleja y el cura Miguel Hidalgo y Costilla Gallaga, quien era entonces párroco de San Felipe Torres Mochas, población cercana a San Luis. Hidalgo fue invitado a oficiar en las misas de consagración del nuevo templo. Después de los actos religiosos, la celebración continuaba con festejos más profanos: corridas de toros, juegos pirotécnicos, ágapes y bailes (no es ningún secreto que Don Miguel era un entusiasta concurrente a este tipo de eventos). Así que al terminar la misa, Calleja e Hidalgo, entre otros notables, se encontraron compartiendo el palco de honor que dominaba la improvisada plaza levantada para las corridas.
Y como había que engalanar todo el asunto lo más posible, antes de comenzar los lances taurinos se hizo desfilar a los dragones del Regimiento de la Reina, al frente de los cuales iba- partiendo plaza – ni más ni menos que el capitán don Ignacio Allende. En ese 1800 los tres personajes estaban celebrando juntos, sin saber que 10 años después sus encuentros serían de una naturaleza muy diferente.
Don Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla Gallaga Mandarte Villaseñor tiene en su biografía un episodio por demás interesante en el tema taurino y es que el cura fue aficionado a los toros, amigo de toreros y en parte ganadero, ya que tuvo las haciendas ganaderas de Jaripeo, Santa Rosa y la de San Nicolás de Peralta, en donde crió toros bravos y desde antes del conflicto bélico insurgente, se vendieron reses para diversos festejos, de esto deja constancia la propia secretaria de la defensa nacional en su sitio web www.sedena.gob.mx.
Pero Hidalgo no fue el único actor de la historia insurgente que participó activamente en corridas de toros, en líneas anteriores dábamos cuenta de la participación en un festejo en San Luis Potosí de Ignacio José De Allende y Unzaga, quien desde muy joven abrazó la carrera de las armas, destacando en la campaña de Texas en 1801 contra el aventurero norteamericano Nolland, donde obtuvo sus primeros ascensos.
En tanto Benito Adal Arteaga, historiógrafo sanmiguelense narra que un día en que “El Milite” toreó en suerte, matando a un toro que era de bandera y bravura que al vérsele embestir a los de a caballo, así como a los de capote, las banderillas, al cual Allende tardó en matar, no se esperaron los gritos de: “¡Este bien que te conoce!”, “¡Esta noche cenan juntos!”, “¡Le han asustado las patillas, teniente!”, “¡No le matas ni con un cañón!” “¡Arriba el torito vivales!”, lo cual molestó a Allende, ya que también hubo apuesta entre el público sobre el fin que tendría el toro, logrando matar de un estoconazo, con lo cual el público le dio una gran ovación jamás escuchada en la Nueva España. (Fuente: Crónica de Don Rafael Flores Ramos).
Tal vez con menos relevancia histórica que los anteriores, pero con un antecedente interesante aparece Agustín Marroquín, de quien en lostorosdanyquitan.com se habla de que fungió como torero en el bajío guanajuatense mejicano en los años previos a la independencia de México y a quien conoció el libertador d. Miguel Hidalgo y Costilla en su faceta como aficionando y criador de toros de lidia. Agustín Marroquín fue liberado de la cárcel, donde se hallaba recluido por la comisión de diversos delitos, por las tropas de Hidalgo al llegar a Guadalajara, Jalisco, Méjico.
Continúa el relato que Hidalgo le nombró como uno de sus capitanes de confianza y escolta personal. El Torero dirigió los fusilamientos de españoles. El capitán Agustín Marroquín, caudillo de la insurgencia, fue aprehendido en Acatita de Baján junto con el Cura Miguel Hidalgo y otros capitanes insurgentes que fueron masacrados poco tiempo después, siendo fusilado y degollado después de muerto, y su cabeza colgada en plaza pública como escarmiento, el 10 de mayo de 1811 en la ciudad de Chihuahua.
Existe una gran cantidad de material bibliográfico acerca del tema, sin embargo con este breve recorrido taurino por un fragmento de la vida de la Independencia solamente puedo concluir diciendo que en el último bicentenario de nuestro país, la fiesta brava sigue siendo un patrimonio histórico-cultural que no debemos dejar de lado ni olvidar que los principales hombres que participaron en la lucha insurgente también lo hicieron en los ruedos.

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