24 julio, 2021

CONFERENCIA PRONUNCIADA EN EL ATENEO DE MADRID EL 29 DE MARZO DE 1950 POR DOMINGO ORTEGA.

Iniciamos el día de hoy este largo pronunciamiento de un Maestro, de don Domingo Ortega, una figura del toreo, torero poderoso y carismático, tanto que hasta la fecha se le sigue recordando, y extrañando, en todo el orbe taurino. Rescatar esto y leerlo vale la pena, son seis largos e interesantes capítulos y a diario insertaremos uno, disfrútenlos, valen la pena, palabra que no se van a arrepentir.

Iniciamos el día de hoy este largo pronunciamiento de un Maestro, de don Domingo Ortega, una figura del toreo, torero poderoso y carismático, tanto que hasta la fecha se le sigue recordando, y extrañando, en todo el orbe taurino. Rescatar esto y leerlo vale la pena, son seis largos e interesantes capítulos y a diario insertaremos uno, disfrútenlos, valen la pena, palabra que no se van a arrepentir.
Señoras y Señores:
A requerimiento de Pedro Rocamora, vengo a dar esta conferencia sobre normas clásicas en el arte del toreo. Bien sabe Dios que nunca pensé echarme en esta plaza de espontáneo; pero tampoco a los ruedos de las plazas de toros suele uno tirarse por su propio impulso; son muchas las circunstancias que le empujan y, entre ellas, es quizá la más importante los amigos. Dándome cuenta de lo que este ciclo de conferencias puede representar para el arte del toreo, le doy las gracias en nombre de mis compañeros y en el mío propio, y al mismo tiempo les pido a ustedes perdón por éste atrevimiento. Es muy posible que, un día no muy lejano, un torero con una buena preparación literaria se haga entender por ustedes mejor que voy a hacerlo yo por medio de estas cuartillas.
El arte del toreo es una cosa muy compleja; digo compleja, porque cada uno lo ve de manera distinta; por lo tanto, yo trataré de hacer un esbozo del arte, tal como lo he visto a través de mis veinte años de profesión y veinticinco de aficionado.
Ustedes comprenderán que mi punto de vista es diferente del que tiene el señor que se sienta en un tendido, para registrar, como si fuera una maquina fotográfica las imágenes que pasan por su campo visual, y en el momento regocijarse o disgustarse con ellas. Posiblemente, este seria el ideal de la fiesta; pero si solamente consideramos este aspecto, caeremos en una cosa pobre, y, lo que es peor, peligrosa para el arte del toreo.
Tenemos que partir de que es un arte muy joven, en relación con las demás artes, pues mientras éstas han alcanzado tal definición hace miles de años, nosotros llevamos, en total, dos siglos.
Se han escrito muchos libros de toros, y no digamos artículos en revistas y diarios; pero considerando aparte la magnífica enciclopedia de José María de Cossío, todo, o casi todo lo que se ha escrito es apasionado y. por lo tanto, negativo para un arte que, como tal, está empezando.
El libro del arte del toreo está haciendo falta. Creo dificilísimo que aparezca, por ser muy pocos los hombres capacitados para escribirlo. A mi modo de ver, sólo dos tipos de hombre podrían realizarlo: el primero, un gran filósofo que sienta el arte de la fiesta nacional, y no creo que reúna estas dos condiciones más que don José Ortega y Gasset, que, desgraciadamente, no tendrá tiempo de hacerlo, por sus muchas ocupaciones mentales; el otro podría ser un matador de toros, y digo podría, porque esto es todavía más difícil; si podía escribir el libro, es decir, si estaba preparado para el arte de las letras, sería casi imposible que hubiese tenido tiempo para calar en lo profundo del arte del toreo; por lo tanto, tenemos que resignarnos a que corra el tiempo, y esperar, a ver si un día surge en el toreo un hombre del Renacimiento.
Decíamos anteriormente que quizá lo bueno sería ver las suertes de la fiesta en un aspecto exclusivamente visual; pero esto no es suficiente, porque tenemos delante de nosotros a un animal al que hay que someter y reducir, y, por lo tanto, es necesario ir a una fórmula, no sólo de estética personal del artista, sino también de estética con relación a la eficacia sobre el animal. Porque no hay que olvidar que no se trata de un ballet, en que, conseguida la estética visual, está logrado todo, sino que el toreo tiene un fin determinado, y una estética visual, en su caso, si no lleva consigo la eficacia que produce el bien hacer el arte, será negativa, aun cuando cuente con el aplauso de muchos de los espectadores.
Ustedes, aficionados, a poco que recuerden, habrán visto muchas veces en las corridas de toros faenas de veinte, treinta, cuarenta pases, y el toro cada vez más entero, o, por lo menos, lo mismo que cuando empezó, y a la hora de matar estar el torero pegado a las tablas y pinchar en hueso, o si se tiene mucha suerte, atravesar el toro.
Cuando esto ocurre, hay que ponerse en guardia y pensar que algo raro está pasando: ¿Cómo es posible que con esa cantidad de pases que fueron aparentemente bellos para gran parte del público, el toro no se haya sometido? La respuesta es muy sencilla: Lo que ha ocurrido es que el torero ha estado dando pases, y dar pases no es lo mismo que torear. Puede un torero tenerle miedo a un toro, esto es humano; pero si le ha dado veinte o treinta pases, quiere decir que el miedo se le ha olvidado, y en ese caso, si no ha reducido, si no ha sometido al toro, es porque no ha practicado el gusto de bien hacer, que es un placer al cual hasta las fieras se entregan.
Es muy curioso oír a los aficionados lamentarse sobre el estado actual de la fiesta, y yo les diría:
¿Pero cómo pueden ustedes sorprenderse de esto? ¿ Es que creen que esta situación ha surgido por ley espontánea? No, señores, ha tenido su proceso, y ustedes han tenido gran culpa de ello; digo gran culpa, porque no sería justo echársela toda. Bien es verdad que no sé si hoy existen aficionados, y si existen se han dejado arrollar por la masa, seguramente porque la vida tiene problemas más importantes que la afición a los toros, aun para los más apasionados. Ahora bien: no es de hoy tampoco de cuando parte este error, según mi modo de ver, sino de hace treinta o cuarenta años.
CONTINUARA MAÑANA.

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