24 julio, 2021

CONFERENCIA PRONUNCIADA EN EL ATENEO DE MADRID EL 29 DE MARZO DE 1950 POR DOMINGO ORTEGA. CAPITULO 2.

Considero culpables a los aficionados, porque no han sido consecuentes en sus convicciones, probablemente porque han sido partidarios de las personalidades de los toreros, pero nunca, o casi nunca, conscientes de las buenas normas de practicar el arte; de no haber sido así, con los malos ratos que han pasado y el dinero que a muchos les costó esta afición posiblemente no hubiesen abandonado las normas del bien hacer el toreo.

Considero culpables a los aficionados, porque no han sido consecuentes en sus convicciones, probablemente porque han sido partidarios de las personalidades de los toreros, pero nunca, o casi nunca, conscientes de las buenas normas de practicar el arte; de no haber sido así, con los malos ratos que han pasado y el dinero que a muchos les costó esta afición posiblemente no hubiesen abandonado las normas del bien hacer el toreo.
A ver si me explico, para que ustedes me entiendan, aunque no cite nombres cuando me refiero a toreros de este siglo. Ahora sólo nos interesan las normas, y no nos importa si Pedro fue mejor o peor que Antonio. Ha habido aficionados partidarios de un torero determinado, pongamos X. Era éste un torero de normas clásicas, de formación rondeña, con templanza, con cargazón en la suerte, con lentitud. Pues en cuanto X se retiró de los toros, se hicieron partidarios de Z, que era un torero completamente distinto, no ya en la personalidad, sino en la forma y en las reglas; y aquí pondría ejemplos que nos llevarían demasiado tiempo.
Entonces, yo deduzco: Estos aficionados, siendo partidarios de X, no le conocieron realmente, y la prueba es que jamás le catalogaron como clásico en sus normas, sino como estilista, como algo diferente de todo lo anterior. Esto fue un gran error, porque este torero X estaba reviviendo aquello que ya estaba casi olvidado, traduciéndolo y expresándolo según su propia personalidad, pero que tenía el germen de los Romero, pues gracias a las normas de Pedro, X, cuando se forma en su toreo, es decir, en el clasicismo del bien hacer, llega a reducir a los toros de tal forma que un buen día, al cuarto pase, fíjense bien que digo al cuarto pase, puede impunemente pasarle la mano por la testuz a muchos toros de su época. Porque no se trata de atontar a los toros a los quince o veinte pases, sino de torearlos. En el toreo ha habido y hay otras normas distintas de las de Romero, pero son negativas para la eficacia y la belleza del arte en toda su magnitud.
Al lado de X hay otro torero, pongamos B, que, con más fuerza física, y, según los aficionados, con más capacidad taurina, no sometía a los toros tan pronto y mucho menos con la belleza y sencillez con que los sometía X. Esto los aficionados jamás lo vieron en esta forma: vieron el poderío físico del uno, pero no vieron el poderío clásico del otro.
Los aficionados tienen mucha culpa por no haber seguido fieles a las normas clásicas: Parar, Templar y Mandar. A mi modo de ver, estos términos debieron completarse de esta forma: Parar, templar, CARGAR y mandar; pues, posiblemente, si la palabra cargar hubiese ido unida a las otras tres desde el momento en que nacieron como normas, no se hubiese desviado tanto el toreo. Claro que también creo que el autor de esta fórmula no pensó que fuese necesaria, porque debía saber muy bien que, sin cargar la suerte, no se puede mandar, y, por lo tanto, en este término iban incluidas las dos.
Bien entendido que cargar la suerte no es abrir el compás, porque con el compás abierto el torero alarga, pero no se profundiza; la profundidad la toma el torero cuando la pierna avanza hacia el frente, no hacia el costado.
Parar, templar y mandar. ¡Ahí es nada! ¡Se confunden tanto estos conceptos! … La mayoría cree que parar, templar y mandar es esperar a que los toros vengan a estrellarse en el objeto, sin que el torero se mueva; esto es un error, porque si te paras, no puedes templar, y mucho menos mandar. Los toros, cuando más tienen que parar, templar y mandar es cuando más fuerza tienen, y es muy curioso que hoy, que se torea mejor que nunca, según tantísimos aficionados, son muy pocos los toros que se torean con el capote. ¿Y por que, si se torea mejor que nunca? Pues sencillísimo: porque no se ponen en práctica los conceptos que definen estas normas; por lo tanto, no se torea, se dan pases; eso sí, muchos pases.
Tratare de explicarlo mejor: Fíjense ustedes, cuando van a un tentadero, cómo todo aficionado, e inclusive aficionada, da pases a poco que se decida. Yo, que he tenido siempre bastante afición, he hecho muchos experimentos en el campo con los aficionados. Les voy a contar a ustedes uno de los más significativos:
Había un muchacho amigo mío que quería ser torero con gran frecuencia me insistía para que le llevase a torear unas becerras. Yo veía que no podría ser torero, entre otras muchas razones porque rondaba ya los cuarenta, edad algo excesiva para empezar esta profesión; pude convencerle de que para ser torero a su edad era preciso hacer una cosa rara, algo que a los demás no se les hubiese ocurrido. Le convencí de que podía ganar mucho dinero haciendo lo que yo le dijese, le expliqué que era muy importante, primero, un buen apodo para el cartel, y segundo, llevar a la práctica un toreo en relación con el anuncio; él a todo decía que sí, porque lo que quería era torear. Me preguntó:
Oiga usted -porque su chaladura era tan profunda que cuando hablábamos de cualquier asunto me tuteaba, pero en cuanto se trataba de toros, me hablaba de usted-: ¿cómo me voy a anunciar en los carteles?.
Le dije: -El torero sonámbulo.
-¿Y qué tengo que hacer en la plaza para estar en relación con ese nombre tan raro?.
-Pues, muy sencillo: torear con los ojos vendados. Dijo:
-Pero ¿cómo? ¿Con los ojos tapados?.
-Sí, señor. ¿Tú no quieres ser algo muy serio? Pues con esto te haces el hombre más popular de España-.
Pues bien, un poco mosca, como el gran Sancho, me pregunta: -Pero usted cree que eso es posible?.
-Pues claro, hombre.
-Bueno, cuando usted lo dice será verdad.
Manos a la obra, nos fuimos al campo, preparamos el tentadero, le tapé bien los ojos para que no viese por abajo, cosa a la que se resistía, y cuando estuvo la becerra a punto, le saqué al ruedo, y le dije: -Cuando yo te diga ahora, ¡nueves la muleta, y así sucesivamente hasta que te dé la voz de retirarte.
La cosa salió como estaba prevista: le dio cinco o seis pases, es decir se los dio la becerra, él se quedó encantado, los demás se habían divertido y yo afirmaba mis convicciones: dar pases no es lo mismo que torear. Como sigue siendo amigo mío, desde aquí le pido perdón por haber aprovechado su afición para mis experimentos.
También un día en casa, una señorita, ya saben ustedes que las mujeres son muy valientes, quiso torear con la muleta a condición de que yo estuviese a su lado; cuando pasó la becerra un par de veces, le dije al oído: “Me voy.” Le entró un pequeño temblor, y se quedó como hipnotizada, dando pases hasta que la quitamos de allí. El susto y la emoción le produjeron tal estado de nervios que casi no podía andar. Esta mujer también había dado pases, pero tampoco había toreado. El concepto de las normas ha llegado hasta nosotros tan desfigurado, que hace días leí una interviú en que un aficionado decía: “De mi tiempo me gustó X, porque hasta él, los toreros echaban la pierna adelante, pero al llegar el toro la quitaban, y X la dejaba allí.” Esto último es cierto, pero no lo es que todos los anteriores la quitaban, porque el gran Pedro Romero, con sesenta años de edad, véase un grabado de la época, matando un toro está cargando sobre la pierna contraria, y otro de Martincho dando un pase con un sombrero en que también está sobre la pierna, y no digamos Cara Ancha con el capote, y Montes, y. en fin, muchos más que no he de enumerar.
Y yo me pregunto: ¿Cómo es posible que a continuación diga usted que hoy se torea mejor que nunca? ¿Cuántas veces han visto ustedes echarle a los toros la pierna adelante, antes de llegar a la jurisdicción del torero? Si ha pasado esto, yo, generalmente, lo que he visto ha sido lo contrario: cuando más, de perfil, pero casi siempre del perfil para atrás; o lo que es lo mismo: destoreando. Porque, repito: no es igual dar pases que torear.
Bien sabe Dios que el hacer esta aclaración no es crítica para nadie, ni siquiera critico el momento actual de la fiesta. Yo tengo un gran respeto para todos los que visten de torero; pero una cosa es el respeto que a mí me merezcan, y otra, muy distinta, decir mi manera de ver el bien hacer el toreo, pues creo francamente que esto puede repercutir en beneficio de la fiesta, y, en consecuencia, de todos los que se visten de luces.
CONTINUARA MAÑANA.

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