25 julio, 2021

ANTONIO GALINDO, UN TORERO HECHO Y DERECHO.

Sábado 9 de octubre del 2010. Décimo tercera novillada de la temporada de la Plaza de toros Antonio Velásquez de Arroyo.
Novillos: Cuatro de Gonzalo Iturbe, quien mandó un encierro bien presentado y muy parejo en cuanto a hechuras. Los animales queretanos fueron difíciles y de juego desigual, salvo el tercero que fue aplaudido en el arrastre.

Sábado 9 de octubre del 2010. Décimo tercera novillada de la temporada de la Plaza de toros Antonio Velásquez de Arroyo.
Novillos: Cuatro de Gonzalo Iturbe, quien mandó un encierro bien presentado y muy parejo en cuanto a hechuras. Los animales queretanos fueron difíciles y de juego desigual, salvo el tercero que fue aplaudido en el arrastre.
Novilleros: Rodrigo Cuevas, un pinchazo, entera tendida, trasera y atravesada, un golpe de descabello y el toro dobló solo: aviso y al tercio.
Antonio Galindo, gran estocada casi entera en tablas, cortó la única oreja de la tarde.
Leonel Olguín, un pinchazo y media estocada que bastó. Dio una vuelta al ruedo después de desprenderse el añadido y quitarse de torear.
Christian Verdín, mató de estocada que atravesó al novillo, dos pinchazos y entera: aviso y palmas.
En una tarde como la de hoy resulta fácil comprobar que el toreo contiene todo lo que en la vida hay de importante; cosas como el valor, la sagacidad, el pundonor y la belleza. Si a eso aunamos el hecho de que los toreros exponen la vida en un sincero afán de trascendencia, estamos ante la más bella de las artes.
En esta novillada se vivieron emociones fuertes y contrastantes. Sólo hubo un triunfador real, pero los otros tres muchachos protagonizaron momentos importantes por razones diversas. Vamos a los hechos.
El primero del encierro fue un bicho que cambió de lidia con alegría. Empezó bravucón y terminó parado y reservón. Rodrigo Cuevas, torero de la capital, logró lances a la verónica de buena factura, aunque a prudente distancia. Quitó por tafalleras y en un momento dado le perdió la cara al de Iturbe, salvándose de un percance casi encima del caballo de picar.
Con la muleta estuvo digno y entregado. Comenzó su trasteo doblándose con elegancia, para luego pegar grandes pases al derechazo. Ahí el morito claudicó y luego se dedicó a vender cara su vida. El público agradeció su esfuerzo sacándole al tercio, pese a que estuvo mal con la larga y con la corta.
Le tocó después el turno a Antonio Galindo, una de las promesas más serias de la novillería nacional. El joven coleta tlaxcalteca recibió al torito con unas verónicas enormes por la quietud y el trazo, cargando la suerte con mucho sabor. Brindó la muerte del novillo a Felipe Olivera, un queridísimo amigo, periodista y torero, cuya esposa falleció en días pasados.
El de Gonzalo Iturbe fue soso, rajado y de aviesa mirada. Pero Toño tiene un poder, un sentido de las distancias, y una manera de pensar en la cara envidiables. El toro se refugió en las tablas y ahí fue Galindo, a demostrar que para un torero con valor, oficio y las zapatillas de plomo no hay imposibles. Todos los muletazos fueron largos y con los tiempos que mandan los cánones, rematados atrás de la cadera y pasándose al cornúpeta en la faja. Quizá el limpio y gallardo arrimón pareció fácil dada la serenidad de Antonio, y por eso la gente no respondió como debía. Fue una faena para aficionados serios de los que aquilatan las condiciones de los astados y no buscan ni al toro bobo ni el toreo cursi.
Quizá sea aventurado decirlo, pero en mi opinión el muchacho de Apizaco tiene un sello muy especial y madera de figura. Se perfiló en la suerte natural en tablas, en terrenos muy, muy comprometidos, y se volcó sobre el morrillo. El morito tiró un derrote seco que le rompió el estaquillador antes de ir a morir debajo del palco de ganaderos. La oreja fue pedida por unanimidad y concedida inmediatamente por el juez de plaza.
Leonel Olguín le dejó al respetable un agridulce recuerdo. En el sorteo le correspondió el novillo más hecho y nunca sabremos si fue fácil o difícil, pues el coleta mexiquense no se confió en demasía. El de Iturbe pedía una faena de muleta puesta, toque firme y cercanías, pero Leonel no pudo sobreponerse a las dudas y a las precauciones. A pesar de que el respetable le coreó los buenos muletazos esporádicos, Olguín, en un alarde de autocrítica, decidió al final de su actuación irse a los medios, desprenderse el añadido y dar fin a su vida taurina. Fue un gesto de hombre y de torero, que muchos otros debían tomar como ejemplo. La gente le obligó a dar una vuelta al ruedo que podríamos calificar de póstuma y de inusitada.
El que cerró plaza fue un toro reparado de la vista que no tenía un pase. No obstante, Christian Verdín demostró que a él esas fruslerías no le arredran. El novillero jalisciense se gustó a la verónica y con la muleta logró muy buenos pases por ambos pitones, exponiendo de verdad. El toro no veía de cerca, pero sentía al torero. Y aprovechando que Christian se quedaba más quieto que el proverbial poste, lo llegó a coger de fea manera cuando toreaba al natural. Verdín no se amilanó y volvió a buscarle las cosquillas. Lástima que mató mal y hasta oyó un bocinazo, que si no hubiera cortado un apéndice.
¿De qué están hechos los toreros?, se preguntan siempre los cabales. En Arroyo la respuesta al problema es, sábado a sábado, evidente: de astucia, de vergüenza torera, de valor y de arte.

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