28 julio, 2021

CONFERENCIA PRONUNCIADA EN EL ATENEO DE MADRID EL 29 DE MARZO DE 1950 POR DOMINGO ORTEGA. CAPITULO 3.

Con relación a los momentos actuales, se está siendo injusto con los toreros. Son hijos de las normas que había y hay en el ambiente, están adulterados por el clima en que se formaron, pero del que ellos son los menos responsables. Desde hace unos años han oído decir a aficionados, periodistas, folletos y demás propaganda, que el toreo había llegado al sumum de la perfección que era lo nunca visto.

Con relación a los momentos actuales, se está siendo injusto con los toreros. Son hijos de las normas que había y hay en el ambiente, están adulterados por el clima en que se formaron, pero del que ellos son los menos responsables. Desde hace unos años han oído decir a aficionados, periodistas, folletos y demás propaganda, que el toreo había llegado al sumum de la perfección que era lo nunca visto.
Al mismo tiempo, cuando empezaron en los ruedos, recibían el aplauso frenético de los públicos cuando practicaban las normas reinantes en el ambiente. Llegaron al toreo cuando el parón se había estabilizado como norma en la retina del público y de la mayoría de los aficionados.
A esto contribuye la euforia de posguerra: las plazas se llenan de público dos o tres años seguidos, gran negocio de todos los que viven de la fiesta, hay dinero para todos; pero ya, al tercer o cuarto año, la gente se retrae, las empresas sueltas empiezan a perder dinero, y de aquí, las aguas toman otra vez su cauce; se empieza a encauzar hacer el resumen de lo que ha pasado, como esta es fiesta de pasión y nadie se presta a las pasiones tanto como el español, un tanto por ciento comprende su equivocación pero por no dar su brazo a torcer, por no reconocer su error ante los demás, se calla; otros dicen que no van a los toros porque no tienen interés, y todavía quedan muchos que quieren sostener lo insostenible, conformándose con decir que se torea mejor que nunca, pero conociendo en el fondo la monotonía que existe en este toreo.
Al hacer el análisis desapasionado, nos encontramos con que las normas del arte del bien hacer se han esfumado, el toro casi ha desaparecido -hablo en términos generales-; al menos este es el ambiente de la calle; han reducido su presencia al mínimum, le han mutilado las defensas, esto es también vox populi, nos han estado dando gato por liebre, como vulgarmente se dice. Esto es lo que les queda en el fondo de la conciencia a todos los aficionados y escritores que echaron las campanas al vuelo. Pero, ¿qué pasa? Como no quieren aparecer responsables de esta riada o catástrofe, les es más cómodo echar la culpa sobre los muchachos que están toreando hoy; y yo les digo otra vez que son inocentes; no tienen más culpa que haber seguido el camino que ustedes tanto marcaron.
Créanme: ellos son los primeros que lo están pagando; porque tendrán sus éxitos cuando el toro muy claramente se lo permita; pero en el fondo de su conciencia sabrán muy bien, es decir, seguramente no lo sabrán, pero percibirán al menos que aquello que allí pasó fue resultado de un esfuerzo personal por el susto constante a que su inseguridad les tuvo sometidos; pero que el colaborador, o sea el toro, en ningún momento estuvo dominado.
Y ¿por qué?. Pues muy sencillo: porque se han dejado de practicar las reglas clásicas del arte, que nos están legadas desde el gran Pedro Romero, quien en su larga vida de torero, matando cinco mil seiscientos toros, nos da las normas geniales, sencillas, pero eternas, de cómo se deben torear éstos, para reducirlos; normas que llegaron a hacerse clásicas y que seguirán siendo la piedra fundamental de todo el toreo.
Y digo fundamental, porque todo el que se formó a través de ellas abrió más camino de posibilidades en el arte.
Como consecuencia de haberse abandonado estas normas, se ha reducido el toreo a la mitad; es decir, le han quitado la parte más bella, la de delante, la que yo llamaría la enjundia del toreo; aquella en que el torero se enfrenta con el toro echándole el capote o la muleta adelante, para, a medida que el toro va entrando en la jurisdicción del torero, ir templándole, ir inclinándose sobre la pierna contraria, al mismo tiempo que ésta avanza hacia el frente, es decir, alargando al toro al mismo tiempo que por sí se va profundizando. Todo esto a mi modo de ver, naturalmente.
Claro que, ateniéndose al simple campo visual, un torero puede prescindir de las reglas clásicas, si tiene una gran personalidad, que puede tenerla por miles de cosas; por ejemplo: cómo anda, cómo sale vestido, cómo se mueve, cómo se queda quieto; en fin, muchas más que no es preciso enumerar y que le permitan entusiasmar a los espectadores, arrastrados por la fuerza de su personalidad, aunque su toreo y sus normas sean negativos.
Por eso es imprescindible hacerle ver a las nuevas generaciones de toreros que no se pueden copiar las personalidades, porque cada cual tiene la suya; encauzarles por las reglas clásicas, si no nos encontraremos con que todo muchacho que quiera ser torero se irá por los derroteros establecidos por estos toreros de gran personalidad, y se encontrarán, aun los más capacitados, a los cinco o seis años de alternativa, que es cuando los toreros suelen estar maduros en el arte si su formación es positiva, con que es todo lo contrario, que no han dado un paso hacia adelante, y que los toros -cuidado, que hablo de toros- se irán apoderando de él; y en este caso lo mejor que puede pasarle es tener que abandonar la profesión.
Hay que insistir y hacer todo lo posible para que las nuevas generaciones vayan por el buen camino, porque debemos pensar que los hombres de hoy tienen el mismo valor y la misma inteligencia que los de ayer, y. por lo tanto, si se crea el ambiente tendremos lo fundamental; pero, eso sí, ser inexorables en cuanto a las normas. Yo he visto en estos últimos años algunos muchachos con grandes condiciones, de haber seguido las reglas clásicas; tenían talla, valor y afición, con ganas de ser; pero el ambiente de público y aficionados, formando cuerpo con los resultados económicos, les envolvió. Esto unido a que, naturalmente, les resultaba más fácil, les hizo tomar el camino más cómodo.
CONTINUARA MAÑANA.

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