24 julio, 2021

¡POR DIOS, CUANTOS TOREROS QUE VALEN TIENE AGUASCALIENTES EN ACTIVO!.

Arrastre Lento… Primera de dos partes… Y cuando los veo anunciados en carteles de postín –a esos toreros paisanos que, por Dios, ¿cuánto son?- al verlos cargando sus fardos de ilusión, me viene a la mente aquel dulce romance que experimenté con la ilusión de ser torero. Y sentí la necesidad de contarlo.

Arrastre Lento… Primera de dos partes… Y cuando los veo anunciados en carteles de postín –a esos toreros paisanos que, por Dios, ¿cuánto son?- al verlos cargando sus fardos de ilusión, me viene a la mente aquel dulce romance que experimenté con la ilusión de ser torero. Y sentí la necesidad de contarlo.
Ayer, cuando la viví en toda su magnitud, tal vez no hubiera estado facultado para describirla; hoy, cuando la recuerdo, creo poder hacerlo. Ayer, cuando súbitamente quedé atrapado en sus redes, iba y venía por el mundo sin sospechar que entraba, en cuerpo y alma, en una senda desconocida que, cual dulce primavera, llenaba de alegría y esperanza el tierno amanecer a la vida.; hoy, cuando entre melancólicos suspiros la evoco, puedo entender su fuerza indómita ante la cual no hay auxilio humano posible.
En aquellas primeras horas de la vida de adolescente, en las que se experimentan con la novedad del novicio la violenta y deliciosa iniciación de las grandes pasiones, una mirada del toreo a mi persona bastó para que se operara en mi una monstruosa transformación. Sin importar por dónde, y sin saber ni cómo, un misterioso encadenamiento de fuerzas me lió al conmovedor universo de la ilusión. Ya no tenía salvación: soñaba con la gloria y la fortuna aunque poco supiera del suplicio de tenerlas: nunca imaginé que, habiendo caído en la ¿trampa?, buscando alegres acomodos en el engranaje de la vida, jamás podría salir de la vaporosa máquina de la fantasía sin el rostro desfigurado por el intento no alcanzado, o transfigurado por la pasión de la tiranía triunfalista.
En los años mozos, con el ímpetu del soñador entusiasta, como cualquier joven resuelto, decidido, firme y arrogante, buscando sin cesar las huellas del provocador destino, en mi cerebro se construía un porvenir sobre otro porvenir: primero las orejas, luego los rabos, más delante las multiplicadas tardes de ardiente apoteosis en las que el espíritu juvenil forjaba siempre planes y proyectos salpicadas de grandeza.
En esa locura jamás podría adivinar el relámpago, ni podría prever la chispa incendiaria: del violento roce de la fricción, y del golpe al golpe del encuentro con la realidad, comprendí que la ilusión nada se sabe: una carcajada hiriente hace su aparición repentinamente de un sentimiento dulce y acariciadora ternura, o bien en un momento de bufonadas, la formalidad hace su entrada con majestuosa solemnidad. Nunca quise entender que detrás de la ilusión están los reveses más bruscos y que éstos, súbitamente, cambian de perspectiva dándole a la vida la más armoniosa y perfumada de las primaveras.
Recuerdo que, allá en mis mocedades, cuando con la discreción pudorosa del tímido di a conocer mis proyectos toreros, e hice público el inmenso regocijo que experimenté al sentir los efectos de la ilusión, las voces de mis maestros de escuela me advertían que fuera precavido pues no siempre la ilusión, entendida como el denuedo ardoroso que vuelve loco al más prudente, puede evitar los apaleamientos ni las burlas emocionales.
Mañana le cuento el resto.

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