24 julio, 2021

EL TOREO COMO REPRESALIA A LA MUERTE ES VIDA, Y NO MERCADERIA BARATA DE CALAVERAS DE AZUCAR Y ESQUELETOS DE BARRO.

ARRASTRE LENTO… 2 de noviembre 2010. Día de muertos. ¡Qué le vamos a hacer!. Es rasgo del mexicano celebrar con irreverencia y escándalo una festividad que supone recogimiento y pudor emocional.

ARRASTRE LENTO… 2 de noviembre 2010. Día de muertos. ¡Qué le vamos a hacer!. Es rasgo del mexicano celebrar con irreverencia y escándalo una festividad que supone recogimiento y pudor emocional. Obligaría que se extendiera el silencio sepulcral de los panteones: pero es al revés. Los vivos hacen tal derroche de sentimientos y ensordecedoras palabras que hasta los muertos se conmocionan.
Es cierto que la celebración profana de los muertos vivos –puesto que reviven en la memoria de sus dolientes evocadores- siendo un referente cultural, asume el grotesco papel de aparador de toscas osamentas en simulacro convertido en vulgar fuente de mercadería barata. La muerte queda en manos de los explotadores de las fantasías populares, esas que con ribetes de tradición y cultura se venden como pan caliente en donde se comercia con la ignorancia.
Y aunque no sea intención directa, de nuevo surge la figura del bonachón coloso que miró su universo como espectador de primera fila para perpetuarlo. Guadalupe Posada, el ilustre grabador que gozó del don de saber apreciar con mirada de artista la interminable serie de actitudes humanas, aprendió a ver la muerte con el desenfado, el humor y la socarronería con la que el pueblo se ha burlado de sus miserias y desdichas.
Con cuánta precisión buriló Posada aconteceres cotidianos que quedaron perpetuados al lado de la muerte. Para fortuna de las almas infantiles, prestas a horrorizarse con los alarde del terror, en las imágenes de mercado –también de uso corriente- el terror está lejos de la radiografía que deja ver los huesos que destacan las calaveras de apacible semblanza, lejos del estuche de huesos que en sus desorbitados huecos ahondan la ruptura entre la vida y la muerte, lejos de los débiles esqueletos, a la vez de recia figura, que son ocurrencias legitimadas por la festividad que por repetida se vuelve corriente.
Menuda ocurrencia es ver a la muerte en esqueleto de barro y calavera de azúcar, y en los grabados de Posada. Y menuda ocurrencia esa de creer que los difuntos abandonan la paz en la que reposan para regresar al catastrófico mundo y comerse una gorda a las brazas del comal desvelado, una tamal enchilado, una calabaza en leche, un elote, y un poco de camote: menuda ocurrencia la de los explotadores de fantasías cuando invocan a los difuntos para que, como almas en pena que son, vengan y la mitiguen echándole fuego al infierno entrándole al tequila y al pulque acompañados por la lastimera algarabía de los tristes sones de la música embriagada con dolor de papel de china.
Pero hay algo me llena de consuelo: me queda claro que los muertos al toreo no le sirven gran cosa; por el contrario, lo deprimen con pesadumbre. El toreo, al margen de su añeja investidura, tan sólo podrá elevarse al nivel de arte, como argumento de la inteligencia, con seres vivos. El triunfo, en definitiva, es vida, el fracaso, como represalia emocional, es muerte. De ahí que, ante la ilusión de vida, entienda que a los aficionados a la Fiesta nos interesa la vida y el triunfo del toreo, y no su muerte. De ahí que el universo del toreo esté saturado de un colorido cromático en contraste con el gris negro sugerido por el luto.

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