1 agosto, 2021

ARRASTRE LENTO… LO RELATIVAMENTE NORMAL Y ANORMAL DEL TOREO.

¡Es normal!.
El domingo próximo empieza, en la plaza México, una temporada en la que, por mucho que se les quieran ocultar, se intuyen las condiciones que imponen las figuras españolas: dinero; alternantes; y toros. También se habla, en tono de sospecha, que los toreros importantes de México siguen viviendo en un palacio ensombrecido por yedras que impiden ver lo que hay adentro

¡Es normal!.
El domingo próximo empieza, en la plaza México, una temporada en la que, por mucho que se les quieran ocultar, se intuyen las condiciones que imponen las figuras españolas: dinero; alternantes; y toros. También se habla, en tono de sospecha, que los toreros importantes de México siguen viviendo en un palacio ensombrecido por yedras que impiden ver lo que hay adentro y que, obligados por el carácter poco llamativo en taquilla que los caracteriza, aceptan lo que la empresa les concede.
¡Es normal!.
Es normal que la dictadura de las figuras opere en su beneficio. En lo particular celebro la oportunidad que tendré de admirar, con reverencia, a esos diestros españoles que, haciendo gala de un profesionalismo indubitable, se apegan rigurosamente al código de honor y al reglamento espiritual de la inspiración.
¡Es normal! Mentiría si digo que no me embeleso viendo a los grandes toreros que –como Ponce, Castella, El Juli, vamos en ocasiones ¡hasta El Zotoluco!- en base a la inteligencia, a la elegancia, a la pulcritud, al esmero y al celo, se han elevado a insospechadas alturas ascendiendo por las escalinatas del ceremonial, del ritual, de la liturgia, y del sentimiento.
Pero también debiera ser normal que los jóvenes mexicanos que tendrán la oportunidad de participar asumieran la actitud de Arturo Macías y se decidieran a dejar de parecerse a los árboles raquíticos, perdidos en el desierto, que apenas si podrá dar unos cuantos instantes de sombra al extraviado caminante, y se adentraran a los bosques embalsamados en aromas de frescura, a cuya sombra podrán tener largas horas de gran gozo viviendo en el maravilloso umbral de armonía y plenitud taurina.
¡Es normal!.
Es normal que el aficionado encuentre complacencia deleitándose con dos perfumes de una misma flor: con las emanaciones de la veterana maestría de los consagrados, y con la improvisada fuga del aroma novedoso y arrebatado de los neófitos.
¡Es normal!.
Es normal que la actitud de viejos y jóvenes, dispuestos y en cumplimiento al espíritu profesional que los impulsa, sea similar a dos cintilaciones de una misma estrella.
¡Es normal!.
Es normal que, cuando se habla de la honradez, la pureza y la sinceridad de los toreros jóvenes y viejos, se diga con propiedad que son como dos estrofas de un mismo poema.
¡Es normal!.
También es normal que los aficionados sientan recelo, y que su sangre no fluya tranquila por el tránsito de sus venas si los toreros, jóvenes y viejos, no renuncian a la comodidad del sofá viendo como las copas chocan y los amores pasan. No puede ser que ciertos toreros, empecinados en cerrazón visual, cuando vean rodar redondeces de nieves blanca, vean la fosforescencia de los labios rojos y a ellos se adhieran con fruición toscamente carnal.

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