28 julio, 2021

ARRASTRE LENTO… GUERRA EN TIEMPOS DE PAZ EN LA PLAZA MEXICO.

Hoy, al comenzar la temporada grande en la plaza México, percibo la inquietud de los aficionados mexicanos con pasión: buscan toreros excepcionales, también mexicanos, que les hagan vivir experiencias únicas, perfectamente diferenciadas de las normales.

Hoy, al comenzar la temporada grande en la plaza México, percibo la inquietud de los aficionados mexicanos con pasión: buscan toreros excepcionales, también mexicanos, que les hagan vivir experiencias únicas, perfectamente diferenciadas de las normales. Quieren ver al torero puntualmente anormal por lo extraordinario, al torero fenomenal, al torero fuera de serie. Los aficionados mexicanos quieren ver a los soldados del ejército de su tauromaquia con el carácter de invencibles.
Al empezar la temporada los aficionados mexicanos inician la búsqueda del torero, también mexicano, que por sus formas, maneras y conceptos sea tan revolucionario que quiera la guerra en tiempos de paz. Los aficionados, conocedores de las buenas relaciones que hay entre los profesionales españoles y los mexicanos, quieren que los aztecas les hagan la vida imposible –en el ruedo y ante el toro- a los de la antigua iberia.
La guerra precede a la paz, y viceversa. Sin una la otra no puede ser. En ambos casos lo trascendente es la duración del intervalo entre una y otra situación. Si mal no recuerdo hace ya un buen tiempo no hay guerreros mexicanos, pese a los triunfos de Arturo Macías en temporadas pasadas, que entonen el canto victorioso de la supremacía. En el imaginario colectivo de los taurinos los españoles viven posicionados de los mejores sitios: tienen la mejor reputación, cobran mejores sueldos, logran condiciones de privilegio, y lo más conmovedor ¡interesan más a los aficionados mexicanos que sus propios paisanos!.
¿Dónde quedó la garra de los flecheros aztecas que se opusieron al dominio de los invasores?. ¿Dónde quedó el celo y orgullo, similares a la dignidad, de los toreros mexicanos que, en son de paz, les hacía la guerra a los toreros españoles en los ruedos de aquí y de allá?.
No podemos hablar en términos generales de una sumisión, pero los diestros mexicanos por pitos o flautas dan la impresión de carecer del vapor que a otras generaciones aceleraba la turbulencia de su máquina ansiosa y anhelante. Eran los mexicanos, y así se sentían, la trompa de la máquina. Y tanto se entregaban al fragor de la batalla que su actitud conmocionaba con la mágica inmediatez –experiencia prodigiosa- de la sensación de beatitud con la que asumían su papel de guerreros. La guerra no les espantaba.
Y si bien es cierto que la guerra verdadera de cualquier torero es con el toro, una guerra mal entendida pues lo que en realidad se genera es la posibilidad pacífica de entendimiento entre la bravura y la inteligencia, la guerra de la que hablo la entiende el aficionado común, que no el corriente.
El aficionado mexicano es el primero en concitar a sus paisanos para que dejen de ser los segundones del primer nivel. Y lo convoca a la guerra, en tiempos de paz toda vez que mexicanos y españoles pueden seguir siendo tan amigos en la calle que nadie tomaría a mal un productivo entendimiento entre ellos como rivales virtuales.
Lo cierto es que me solidarizo con quienes alientan la tesis de que es posible y hasta necesario mantener la paz taurina, haciendo la guerra entre mexicanos y españoles, por lo menos en el ruedo de la plaza México.

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