PUDIERA SER LA HISTORIA DE LAS PLAZAS DE TOROS.

ARRASTRE LENTO… Primera de dos partes. Hace años, no pocos por cierto, cuando el toro que hoy es conocido como bravo vivía en ambientes silvestres y salvajes, era una fiera-bestia sumamente codiciada. En aquellas sociedades toscas y rústicas, literalmente primitivas, en donde la organización de la convivencia comunitaria reconocía clases y estratos pautados a partir de la violencia instrumentada para ejercer dominio, la caza del toro aportaba la carne que servía de alimento, siendo sus pieles las que vestían con carácter protector, ello al margen del rango social que representaba el privilegio de conservar las preciadas joyas de utilería.
Sus cazadores, por tanto, se afanaba, y ufanaban en la contención de la bestia-fiera: sus cuernos, además, y huesos, eran codiciados pues con ellos elaboraban elementos simbólicos o prácticos convertidos en armas, adornos y trofeos. Consecuentemente intentar acercarse a tan irritables bestias, consideradas como bueyes bravos, significaba consumar con eficiencia la complicada operación de aprisionarlas para después –supongo que cuando la civilización adquiría cuerpo normativo- ya convertido el mítico ejemplar en centro y objeto de un espectáculo público, en el cual la temible res era dominada y abatida en forma individual, se impuso su reclusión de espacios cerrados antes de su ejecución festejada con estrepitoso júbilo.
Los lugares llanos de aquella época, utilizados para entrenamiento militar, colindantes con los altos paredones de los edificios religiosos y fortalezas reales, asumieron el papel de los primeros recintos utilizados para el ejercicio del rudimentario toreo.
Según entiendo, esos pudieron haber sido los antecedentes inmediatos de las ulteriores plazas de toros. Por tanto, aunada su utilidad funcional a la exposición de su génesis semántica, la plaza, término derivado de la expresión latina platea, es un lugar eminentemente público.
Se dice y argumenta con certeza creíble que tales antecedentes son el foro romano, y el ágora griega, sitios que reunían grandes concentraciones humanas para deleitarse en el primero con la crueldad de los gladiadores y la segunda con el refinamiento de la representación escénica, hoy entendida como teatro.
Estos espacios ya especificados para la actividad taurina, conforme la descripción de los tratadistas de la historia del toreo, y que rectangulares, rodeados de singulares edificios, son tenidos como el preludio remoto de las plaza de toros. Construcciones a las que les fue delegada el peso histórico que les pertenece.
Las plazas de toros, por tanto, son edificaciones legendarias que representan a la tradición física al servicio del toreo visto éste como una original y representativa epopeya histórica.
Continuaremos mañana…
Abramos un paréntesis.
¿A que hemos llegado? A la laboriosa construcción de verdaderas obras colosales, joyas arquitectónicas que en directa relación con los perfiles urbanos modernos se convierten en monumentos al buen gusto y a la funcionalidad torera, como es el caso del Domo de San Luís Potosí que, antes de operar, es ya multicitado por su presencia y categoría taurina.

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