1 agosto, 2021

EL MISTERIOSO VELO DE LA LITURGIA TRADICIONAL EN EL TOREO.

Lo que para mis antepasados directos e inmediatos fue un lujoso recreo, para mí fue un adorable encanto de la niñez. Aún en el juego infantil la plaza de toros era mi templo, y el juego del toreo mi oración: jugaba a los toros como hablando con los habitantes del cielo. Me encontraba en la gloria de la inocencia.

Lo que para mis antepasados directos e inmediatos fue un lujoso recreo, para mí fue un adorable encanto de la niñez. Aún en el juego infantil la plaza de toros era mi templo, y el juego del toreo mi oración: jugaba a los toros como hablando con los habitantes del cielo. Me encontraba en la gloria de la inocencia.
Poco a poco, creciendo como adolescente, empecé a entender que las actitudes de los toreros, las vestiduras, los olores, los sonidos musicales y ambientales, el rumor de los tendidos, la excitación popular, los ornamentos, los símbolos, los accesorios, los ritmos y los tiempos, las risas y los miedos, las alegrías y los llantos, y hasta las circunstancias en las que se realiza el sorprendente rito público, forman parte de un todo integral.
Lentamente entendí que el espectáculo es una misteriosa realidad regida por una formalidad cronológica e ineludiblemente tradicional que no se puede deformar ya que es a través de ella que se le rinde culto y pleitesía a la mística y espiritualidad del toreo. De joven todavía seguía hablando y jugando en oración con los habitantes del cielo. En mis fantasías todavía reinaba la pureza.
Rebasada la juventud, finalmente acepté su mágica y cruel esencia. Mientras más me adentraba hacia el interior de la Fiesta, y progresivamente me involucraban en el fasto ceremonial del espectáculo, reconocí que la liturgia del toreo hay que vivirla con intensidad, respetarla y admirarla, pero sobre todo abrazarla, gozarla y amarla.
Así, adhiriéndome a ella, fue como traduje a la vida práctica del toreo toda aquella mágica y consagrada realidad que se oculta en la rigurosa liturgia y a través de la cual la Fiesta adquiere el preponderante lugar de honor en el que los aficionados cultos y entendidos la tienen.
Nunca, desde que abracé la dependencia voluntaria del toreo, he podido despojar a la liturgia, al simbolismo, y al ritual que envuelven al fenómeno taurino, de lo que tienen de real, de motivante y de positivo para el ser humano. A través de la imaginación y el ensueño hice mía la liturgia taurina. Y la hice más como un fino estímulo de la fantasía, del encanto, y de la emoción, que como una burda y grosera obligación formal y vacía.
La liturgia me fue informando y orientando hacia la verdadera admiración del toreo, y en cuanto más sólida y eficiente era, más me movía para acudir presuroso al rico manantial que fue viva fuente nutriente de inspiración motivacional.
Ahora, saturada mi existencia de horas vividas en el interior de la Fiesta, puedo afirmar que quien ignora la liturgia, el sentido ceremonial de la mística, el simbolismo y el ritual desconoce, consecuentemente, lo que de hondo, profundo, misterioso, mágico y sorprendente tiene la formalidad tradicional del toreo. ¡Y me queda la sensación de haber perdido la confianza en los duendes y en los románticos!,
Así de cruel es la cruda realidad.
Realidad que no nos deberá impedir entender y respetar el sentido poético romántico del festival que hoy, en la noche fría, habrá de realizarse en esa hermosa capillita del toreo mexicano: en la plaza de toros San Marcos.

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