24 julio, 2021

¿PODRA EL ARTE DEL TOREO PONER FIN AL FASTIDIO TORTURANTE QUE ATORMENTA A LA SOCIEDAD?.

ARRASTRE LENTO… ¡Que bello es el toreo!. Sorprendente, dinámico, fugaz, revelador, tortuoso, apasionante, revolucionario y extasiante; es tan brusco como el despertar del alma cuando toma repentina conciencia de la proximidad del fin su existencia en cuerpo

ARRASTRE LENTO… ¡Que bello es el toreo!. Sorprendente, dinámico, fugaz, revelador, tortuoso, apasionante, revolucionario y extasiante; es tan brusco como el despertar del alma cuando toma repentina conciencia de la proximidad del fin su existencia en cuerpo, y tan dulce como el sereno gozo que se experimenta cuando se percibe el aroma matinal del rosal cuando, en vuelo imperceptible, se hace uno con la hondura del azul del firmamento.
Al lector, acostumbrado al directismo verbal de los acontecimientos, crudo por naturaleza, le parecerán muy sobradas de cursilería las razones por las cuales estimo bello el toreo. Como siempre, le concedo la razón. Empero me quedo reflexionado en su naturaleza, sobre todo cuando la comparo con la esencia de las superproducciones de la desarticulada sociedad hambrienta de sosiego, de poesía, de arte, de romance y de belleza. ¡Qué poco ofrece el mundo actual al espíritu del hombre!.
Mientras tanto, la asombrada humanidad se refugia en los violentos saldos de vertiginosa espectacularidad que aportan los avances del mundo moderno. ¿No habrá nada sobre la tierra que ponga fin al fastidio torturante que la atormenta?.
En lo particular, sumido en el desconcierto, no entiendo cómo es que la sociedad ha sido cómplice mirando con sorprendente indiferencia el estrepitoso debacle de un orden cuya organización nunca ha llegado a la perfección ni excelencia. ¿Cuáles han sido los motivos por los cuales el ser humano de manera inevitable ha seguido rompiendo, con carácter casi apocalíptico, los antiguos moldes en los cuales nuestros antepasados forjaron las ilusiones y las esperanzas que le permitieron planear mágicos vuelos a la trascendencia existencial?.
¡Su negación al arte, su renuncia a la poesía, su rechazo a la naturaleza!.
Y es que, aunque no lo crea el sorprendido lector, el toreo es una manifestación colosalmente natural. Tan sólo tiene que mirarlo de frente para entender la afirmación sobre las cuales sustento mi osada teoría. Tan natural el toro bravo, como el arrojado torero; tan natural como la noche y el día; tan natural como el arte y la poesía.
Al toreo hay que verlo con naturalidad. Sólo así se podrán apreciar los hilos conductores a la precipitación, al arrebato, a la exposición de momentos fugaces que van del sobresalto y de lo grave a lo sutil y a lo relajado.
El toreo es una manifestación que por equivocación y prejuicios se pudiera apreciar como una persecución a emociones perversas y fatídicas. La realidad es que el toreo, si bien algunas de sus expresiones brotan de manera explosiva, en el fondo no es un desembocadero exaltado de emociones precipitadas al caos y a la violencia. Aunque el lector no lo creyera, el toreo es dulzura, es caricia, es sutileza forjada con el vigor más dulce del más recio de los artistas.
Y es que, cuando el toreo se convierte en arte, imperceptiblemente se incrusta en la sensación que tiene el ser humano de la elevación y del infinito, toda vez que el arte no tiene medida, aunque sí tiene intensidad.

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