29 julio, 2021

ARRASTRE LENTO… ¿POS CUAL REVOLUCION COMPADRE?.

Hoy, otra celebración muy a la mexicana, nos encontramos con la multicitada palabra revolución. Término que, pese a la inexistencia del hecho al que alude, pues fue más bien una revuelta y no una real revolución, está ya incorporado a nuestra cultura tradicionalista y folclórica. Cada 20 de noviembre se quema pólvora recordando el acontecimiento armado que todavía no acaba de darle pan y trabajo a los pobres. ¿Pos cuál revolución?, diría mi compadre.

Hoy, otra celebración muy a la mexicana, nos encontramos con la multicitada palabra revolución. Término que, pese a la inexistencia del hecho al que alude, pues fue más bien una revuelta y no una real revolución, está ya incorporado a nuestra cultura tradicionalista y folclórica. Cada 20 de noviembre se quema pólvora recordando el acontecimiento armado que todavía no acaba de darle pan y trabajo a los pobres. ¿Pos cuál revolución?, diría mi compadre.
Y es que mí compadre, franco y sincero como los machos originales de a de veras, lo expresa tal y como lo entiende: la mentada revolución mexicana es tan sólo una construcción anidada en la sagrada liturgia del ritual civil que marca los tiempos y las pautas de su propia consagración. A la rebelión le han dado un carácter populista y simbólico, y pese al propósito bien intencionado dejó al país como estaba: amolado, y con muchos muertos. ¿Pos cuál revolución?, diría mi compadre.
Y es que mi compadre, explosivo y rotundo, siente encolerizarse cuando recuerda lo que leyó en tantas historias contadas: no puede ser que, para salvar al ganado bravo del torbellino bandolero, don Antonio Llaguno tuviera que esconder en la sala de su casa, desde luego que es una figura extrema pero por ahí va la cosa- a las vacas que serían las madres de una buena parte de la riquísima, en cualidades, ganadería mexicana. ¿Pos cuál revolución?, diría mi compadre.
Huele la folclórica revolución, esto dice mi compadre que echándose un trago de tequila vacila con las notas de su Adelita, aunque duela decirlo, a intento fallido, a falsedad consumada, a progreso no alcanzado, a equilibrio no prosperado. Y tiene el tufo acedo del desgaste atroz e inútil que si bien dejó una relativa paz social, los niveles de bienestar y crecimiento económico no alcanzaron una proyección generalizada. Luego de cantarle mi compadre a su Adelita, la que se trepaba con la leva en las vaporosas máquinas del ferrocarril para prepararles las tortillas con frijoles, consideraba con mutis de dolor el sufrimiento del pobre de don Antonio Llaguno padeciendo los estragos del pillaje. “Imagínese compadre, decía a la vez mi compadre, trajinar con las vacas escondiéndolas, en el zaguán, en el comedor, el baño, en la cocina, debió haber sido, ésta sí, una verdadera revolución de coraje. ¿Pos cuál revolución?, diría mi compadre.
Y es que mi compadre no se mide. Con dos tragos más el timbre de su voz sonaba a desencanto: “antes y después de la revolución el pueblo sigue siendo el tarugo del cuento; antes y después de la revolución el rico siguió siendo rico, y el pobre siguió con la punta de la lengua lamiendo la miseria”. ¿Pos cuál revolución?, diría mi compadre.
Entre un sorbidito y una chupadita al limón mi compadre reconocía que en ciertas circunstancias las revoluciones son válidas pues marcan las pautas de crecimiento y evolución. “Vieras cuánto admiro, dijo mi compadre limpiándose los bigotes con las mangas de la camisa, a los toreros que han armado revoluciones agitando sensibilidades y conciencias. En México ha habido muchos. Y la mera verdad, yo no le temo a la revolución taurina pese a que la palabra sugiere el desmoronamiento del orden establecido. Antes bien, deseo que surjan toreros verdaderamente revolucionarios. ¡Pos cuál revolución?, diría mi compadre.

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