1 agosto, 2021

ARRASTRE LENTO…

A mi compadre le dio muina ver a tanto niño disfrazado con guarache, sarape, sombrero y bigotes pasear el sábado pasado por las céntricas calles de la ciudad luciendo el atuendo de aquella turba de revoltosos que luchó porque al pobre le dieran pan y tierra.

A mi compadre le dio muina ver a tanto niño disfrazado con guarache, sarape, sombrero y bigotes pasear el sábado pasado por las céntricas calles de la ciudad luciendo el atuendo de aquella turba de revoltosos que luchó porque al pobre le dieran pan y tierra. ¿Pos cuál revolución?. exclama mi compadre.
Mi compadre afirma que la mentada revolución es tan sólo una construcción anidada en la sagrada liturgia del ritual civil que marca los tiempos y las pautas de su propia consagración. Reconoce que pese al propósito bien intencionado de la famosa revuelta el país sigue tan amolado como estaba. ¿Pos cuál revolución?, exclama mi compadre. Mi compadre, explosivo y rotundo, aficionado de corazón al toreo, y enamorado ferviente de su cultura, encolerizado repudia el trance en el que para salvar al ganado bravo del torbellino bandolero don Antonio Llaguno tuvo que esconder en la sala de su casa las vacas bravas que a la postre fueron las madres de gran parte de la ganadería mexicana. ¿Pos cuál revolución?, exclama mi compadre.
Según mi compadre la revolución huele a intento fallido, a falsedad consumada, a progreso no alcanzado, a equilibrio no prosperado toda vez que los niveles de bienestar y crecimiento económico no alcanzaron la proyección generalizada que inspiraba el espíritu de la mentada revuelta. ¿Pos cuál evolución?, exclama mi compadre.
Imagínese compadre, me decía mi compadre, el angustiado trajinar de don Antonio escondiendo las vacas en el zaguán, en el comedor, en la cocina, en el baño y hasta en el clóset de su casa para que no se las fueran a comer las turbas de pillos y bandoleros que en las noches estrelladas, iluminados sus rostros con el rojo del tequila y el pulque entre las chispas de la fogata con sones dolientes de las llorosas guitarras con lamentos amenazaba a su Adelita que habrían de perseguirlas por tierra y por mar.
Estas, obedientes y sumisas, alegres compartían los desvelos de la tropa cuando junto a la leva se bajaban de las vaporosas máquinas del ferrocarril. Esa, la de don Antonio, sí fue una auténtica revolución… de coraje. De la otra, ya ni se acuerda mi compadre. ¿Pos cuál revolución?. Exclama mi compadre.
Pese a que la palabra revolución sugiere el desmoronamiento del orden establecido mi compadre quiere que las revoluciones se realicen en los ruedos de las plazas de toros. Viera compadre, me dijo mi compadre, cuánto admiro a los toreros que han armado sendas revoluciones agitando sensibilidades y despertando conciencias. Esas revoluciones sí me gustan compadre, dijo mi compadre. De la otra, de la revolución de calendario ni se acuerda. Hoy todavía lo escuché exclamar. ¿Pos cuál revolución compadre?.

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