2 agosto, 2021

ME ACUERDO CON GUSTO DE MI AMIGO HECTOR PALACIOS, “EL CAJERITO”.

ARRASTRE LENTO… Nos dejó su recuerdo, y su filosofía. Alma Palacios lo tiene tan presente que emocionada insiste: “¡en la vida encontró la felicidad, porque entregó el corazón!”. Era un filósofo natural, muy al estilo de la cultura que tanto amó y respetó: la de los gitanos. Y la de los toreros.

ARRASTRE LENTO… Nos dejó su recuerdo, y su filosofía. Alma Palacios lo tiene tan presente que emocionada insiste: “¡en la vida encontró la felicidad, porque entregó el corazón!”. Era un filósofo natural, muy al estilo de la cultura que tanto amó y respetó: la de los gitanos. Y la de los toreros.
Recordando a Héctor, que vivió en la intimidad del cante jondo, me vienen la imágenes de las prolongas sesiones de inspiración bohemia con Chuy -Jesús- y Ramoncito Avila. Solíamos asociar la filosofía con lo taurino. Hasta en eso fue “El Cajero” un filósofo original. Nunca imitó el estilo de vida abstraído y ensimismado, propio de la legión de filósofos naturales, que dan la impresión de no vivir en este mundo y que, muy a su peculiar manera, adoptan una actitud de indiferencia budista. ¡En la vida encontró la felicidad, porque entregó el corazón!.
Lo cierto es que la indiferencia filosofal de los fríos analistas de los fenómenos existenciales choca abruptamente con la encendida pasión de los taurinos de vocación. Héctor fue un filósofo… del corazón. Nunca manifestó alardes de extrañamiento: el sentimiento y la pasión eran naturales para él: Como su filosofía. ¡En al vida encontró la felicidad, porque entregó el corazón!.
Para “El Cajerito” no eran diversos el filósofo y el taurino pues sin quererlo en determinadas circunstancias se pueden fundir en una sola entidad. El filósofo vive “apasionado” de su pensamiento frío y analítico, en tanto que el tormentoso y apasionado taurino enfría su termostato emocional con la frialdad de la razón. Finalmente me queda claro que los lazos de parentesco de la filosofía y la pasión taurina son de una extrema complejidad ya que su diversidad y lógica forman un armazón que para entenderlo es necesario aplicar una especie de mecánica o geometría a fin de poder entender cómo funciona. Lo cierto es que en determinado momento envidio la serenidad del filósofo Juan Belmonte, y en momentos aprecio con mayor cuantía la intensa carga emocional del apasionado Juan Belmonte. ¡En la vida encontró la felicidad, porque entregó el corazón!.
Me quedan claros el sentir que me domina y la razón que me determina. Hay dolores que estremecen: como esos que nacen del involuntario proyecto del cambio y evolución de las cosas. Cuánto duele ver las tradiciones que van desapareciendo, o cambian de intensidad por lo menos: el sentido del orgullo, el sentido de la dignidad, los aires de la majeza, el prodigio de señorío, la imperturbable intensidad simbólica del ritual. También hay pensamientos que estremecen, como los que proponen los avances científicos y tecnológicos de la modernidad. El sabor de la modernidad me deja extrañado en lo filosofal, en tanto que en lo pasional me deja vacío.
Lo cierto es que el toreo no puede acabar ni como filosofía ni como pasión. ¿Qué filosofía, a no ser la filosofía de la pasión, puede explicar la cosmología taurina?.
Sabia filosofía fue la de Héctor Palacios “El Cajerito”, filosofía íntimamente taurina: “Entregar el corazón, para encontrar la felicidad”.

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