24 julio, 2021

A QUE TANTO BRINCO ESTANDO EL PISO TAN PAREJO.

Arrastre Lento… Parecieran vivir ¡en el jardín de los sueños!.
Semejante impresión me causaron los aficionados que, puesto que tan seguros estaban, vaticinaban el triunfo de Arturo Macías el domingo pasado en la plaza México.

Arrastre Lento… Parecieran vivir ¡en el jardín de los sueños!.
Semejante impresión me causaron los aficionados que, puesto que tan seguros estaban, vaticinaban el triunfo de Arturo Macías el domingo pasado en la plaza México. Me hicieron recordar cuando fui niño: la imaginación se iba al cielo, y las manos a recolectar enmieladas mariposas de fantasía. Creía que la luna era de queso, y las golosas mordidas nuca satisfacían mi atormentada gula.
Parecieran vivir ¡en el jardín de los sueños!.
Semejante impresión me causaron los aficionados que, sorprendidos por la viril actitud de Arturo en España, daban por hecho que el torero eslabonaría otro triunfo al rosario de éxitos en la México. Pese a la disposición del diestro las cosas no fueron tan satisfactorias como para echar las campanas a vuelo. Lo ocurrido me hizo recordar el pequeño jardín que se extendía en la parte trasera del vetusto caserón de mi familia, y que parecía dormir profundamente en los días grises y lluviosos de invierno, pero que se despertaba hinchándose voluptuosamente cuando la primavera hacía que las jacarandas y las rosas mostraran su más honda alegría.
Parecieran vivir ¡en el jardín de los sueños!.
Y es que, con justa razón la altura que alcanzó Arturo era similar a la de un gigante: 15 orejas y un rabo, en ocho tardes –en la México-, es un record colosal. Era normal que los aficionados leales a Macías esperaran un triunfo en la misma proporción. Lástima que el florilegio del capote y la muleta, afeados con un irregular uso de la toledana –espada- no lograron elevar al torero a la altura de su fama que, cual robusto ciprés, se había alzado colosalmente hasta traspasar los tejados dejando ver sus cimas desde lejos en la imaginación de los aficionados creyentes en las cualidades de Arturo. Parecía que, no obstante su colosal dimensión, la plaza México le hubiera quedado chica.
Parecieran vivir ¡en el jardín de los sueños!.
Pese a los detractores de Arturo las cosas no han variado de manera radical. En Macías hay un torero con un potencial a futuro en tanto no claudique el espíritu de su afición y entrega. Lo cierto es que, sin que suena a justificación o a noble pretexto, queda claro que lo que le ocurrió le ha pasado a todas las figuras. Hay tardes extraordinarias, buenas, regulares y malas. No hay motivo por tanto para hacer un escándalo por el magro resultado de su presentación en esta temporada en “su plaza” –la México-.
Parecieran vivir ¡en el jardín de los sueños!.
Lo cierto es que los toreros, cual alegre golondrina, revolotean en la gran variedad de jardines en busca del éxito que los consolide. Hay tardes, convertidas en jardines, pobres, modestas, sencillas; y las hay amargas y tormentosas. Las hay aquellas que completan la sensación aguda, dolorosa, melancólica, como el jardín muerto de mi infancia. Las hay –acaso fue lo ocurrido el domingo pasado- en la que los árboles tristes le hacen competencia a los bancos llenos de polvo, desteñidos, rotos, y en los que el tiempo exhumó a las tumbas cualquier ceniza de esperanza. Lo cierto es que el jardín de Arturo aún conserva el perfume fragante del tibio amanecer.

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