25 julio, 2021

TALAVANTE RECOGIO CON DEVOTA EXACTITUD EL MILAGRO DE CADA INSTANTE EN EL RUEDO

ARRASTRE LENTO… ¡Qué maravilla! bendito milagro de cada instante.
Lamentablemente, a partir de la pobre entrada de ayer a la plaza México, queda en entredicho, como suele quedar toda concepción aventurada, el muy difundido discurso que afirma que la sociedad mexicana es adicta al toreo. ¿Será cierto que lo es?. Por los hechos podría dudarse.

ARRASTRE LENTO… ¡Qué maravilla! bendito milagro de cada instante.
Lamentablemente, a partir de la pobre entrada de ayer a la plaza México, queda en entredicho, como suele quedar toda concepción aventurada, el muy difundido discurso que afirma que la sociedad mexicana es adicta al toreo. ¿Será cierto que lo es?. Por los hechos podría dudarse. Lo definitivamente cierto es que, entendiendo que la situación económica es disuasiva para estimular la asistencia a las plazas, no queda sino reconocer que los decires son largos, pero la verdad es corta.
¡Qué maravilla! Bendito milagro de cada instante.
Por fortuna se vio ayer en la plaza México una verdad larga: la interpretación del toreo de Talavante sorprendió, en su primero, al recoger con devota exactitud el milagro de cada instante en fragmentos de tiempo mágico. Debajo de sus explosiones de formas se escondía la hechura sublime y misteriosa de los duendes en arrebato. Lo que hizo el ibero expulsó la realidad que, por repetida y monótona, había venido fatigando y aburriendo.
¡Qué maravilla! Bendito milagro de cada instante.
Los chispazos que sorprendieron al espectador, de tener mayo vigor y recorrido el segundo de la tarde, le hubieran permitido a Talavante provocar un verdadero incendio de locura y emoción. Todo quedó en eso, en chispazos que, cual espasmos de locuaz prestidigitación, transformaron y alteraron el ánimo emocionando con la súbita fugacidad del rayo. Y es que la emoción de la versatilidad y la improvisación –variedad- parecen cosa perdida en el toreo mexicano. ¡Qué maravilla! Bendito milagro de cada instante.
¡Qué maravilla! Vimos que hay instantes que, apegados a la esencia del arte, dejan un sentimiento de eternidad. ¡Qué maravilla! Vimos que en el toreo aún es posible que a fuerza de idealizar el arte pueda llegar éste al contacto con la realidad. Fue realidad que esos breves instantes se rodearon de los impalpables duendes que, caprichosos y volubles, rondaron por el coso amenazando con reproche de arrepentimiento a los dizque aficionados que renuncian a ir a los tendidos de las plazas. ¡Qué maravilla! Bendito milagro de cada instante.
Así las cosas y en consideración a la explosiva respuesta de los aficionados ante los instantes de locura de Talavante, queda demostrado que las cualidades intangibles de los llamados duendes, expresados en el ejercicio de la inspiración, aportan su bienhechora influencia a través de los llamados pellizcos, al ser de raudo efectos, que embriagan sin libar, y conmocionan sin sentir.
Pero lo mejor fue que vimos la misión de arte del toreo: vimos que el arte del toreo no debe hacerse o interpretarse, como expresión del alma, para que se comprenda y se acaricie con la razón: El arte del toreo tiene la secreta misión de hacerse sentir con la naturalidad con la que el rocío humedece, y la brisa acaricia. Aunque a veces por su intensidad rasque y hiera, transforme y conmocione.

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