MIENTE QUIEN AFIRMA QUE A ROMA HE SIDO YO QUIEN PRENDIO FUEGO.

ARRASTRE LENTO… Se argumenta que, pese a las propaladas y nada ocultas críticas al ejercicio didáctico del método de producción de las escuelas taurinas en Aguascalientes, de algo sirven. Ciertamente, por conveniencia, la Fiesta, pese a lo impersonal y ambigua que resulta, está en su legítimo derecho a contar con mecanismos de construcción que le brinden sus propios espacios funcionales de evolución. Es incuestionable que un alto porcentaje de los novilleros actuales son producto de esas instituciones.
Como formadoras de estructuras académicas pudiera entenderse que en mucho benefician a los aspirantes a convertirse en matadores de toros. Pero… mal escribiendo estas líneas me viene a la mente aquella frase lapidaria del piromaniaco Nerón: ¡Miente quien afirma que a Roma he sido yo quien prendió fuego!.
Pero… ¿en dónde se encuentra la escuela en la que se atiza el fuego en el espíritu de los aprendices del toreo?, ¿en dónde se encuentra la escuela que, a manera de combustible, encienda mechas de apasionada inquietud e inspiración rebelde?. No es mentira que el medio mexicano, al extinguirse las brasas incendiarias de la pasión, da la impresión de que la llama de la tauromaquia se apaga. ¡Qué malo!.
¡Miente quien afirma que a Roma he sido yo quien prendió fuego!.
Qué malo que se tenga la impresión que las escuelas para aspirantes a toreros en su función formadora y normadora de hábitos sean a la vez bomberos que sofocan la llama de la pasión dejando en tinieblas al soberano mundo en donde el aprecio a la encendida dignidad torera era el corolario del idealismo romántico del toreo. No miente quien afirma que el toreo mexicano, al carecer de toreros con brazas incendiarias, ¡personalidad señores!, se opacan no sólo sus propios registros emocionales, sino hasta la luminosidad de los valores entendidos de carácter simbólico. Y de paso se lesiona el patrimonio cultural del toreo mexicano pues, al quedar en el olvido, difícilmente podrá renacer de sus cenizas.
¡Miente quien afirma que a Roma he sido yo quien prendió fuego!.
¿En dónde funciona la escuela que logre sofocar la soporífera monotonía de estilos en el actual toreo mexicano. ¿En dónde opera la escuela que como brutal cataclismo trastorne el orden propiciando un encendido cambio a la rutina impuesta por falta de la acusada falta de variaciones emocionales en toros y toreros?.
Resulta un tanto inquietante que el otrora mundo turbulento y apasionado del toreo, causal de un alboroto popular masivo ya no levante a sus héroes, mártires e ídolos sobre los pedestales de la pasión. Lo escribo con la modestia de lo innegable: triste es encontrarse con un medio postrado de rodillas dándole errada potestad al destino que, sin poderlo cambiar, a todos marca desde su nacimiento. ¿En dónde están entonces los beneficios de las escuelas si su producción igualitaria no produce las genialidades incendiaras que tanta falta le hacen al toreo mexicano?.
¡Miente quien afirma que a Roma he sido yo quien prendió fuego!.
Miente quien afirma que a la fiesta no le hace falta un piromaniaco que encienda la pirotecnia festiva del toreo mexicano. A pesar de las escuelas…

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