5 agosto, 2021

LA CONCENTRACION COMO VIRTUD DE “EL ZOTOLUCO”.

ARRASTRE LENTO… Mi compadre no tiene remedio. No necesita rascarse la cabeza para que le brote la ocurrencia; hoy nos recibió en el lugar de siempre con su ingenio natural, claro, acompañado de su dilecto vaso con hielos y algo más. Mientras hablaba noté que, pareciendo distraído, tenía un ojo en el gato y el otro en el garabato. Nos hacía caso, pero no dejaba de mirar los buenos bigotes de una gentil y amable damita que ocupaba la mesa contigua.

ARRASTRE LENTO… Mi compadre no tiene remedio. No necesita rascarse la cabeza para que le brote la ocurrencia; hoy nos recibió en el lugar de siempre con su ingenio natural, claro, acompañado de su dilecto vaso con hielos y algo más. Mientras hablaba noté que, pareciendo distraído, tenía un ojo en el gato y el otro en el garabato. Nos hacía caso, pero no dejaba de mirar los buenos bigotes de una gentil y amable damita que ocupaba la mesa contigua. Entendí su falta de concentración en la plática. Bien dicen que sólo el perro que va adelante de la jauría sabe a lo que le ladra; aquello parecía como que, en idílico festín, la vecina y mi compadre ladrando sutilmente se tirasen los perros.
Concluidos los espasmos conquistadores volvió a la conversación luego de que mi amiga Isabel le preguntara porqué manifiesta un marcado interés en ver de nuevo a Eulalio López “El Zotoluco”.
“En estos momentos me gusta “El Zoto” por la madurez y concentración de la que hace gala. No se necesita ser muy observador para notar cómo pone sus cinco sentidos en lo que realiza, en el propósito que tiene en mente, y lo hace mediante un interés básico y fundamental: no se distrae para nada. Con eso logra, respaldado por su veteranía, una naturalidad escénica que le permite contactar con los espectadores que, cuando le miran, delatan las ansias que tienen por participar en el discurso emocional del torero”.
“Estoy seguro, dijo mi compadre echándole todavía un ojito a la suculenta anatomía de la vecina, que sin esa concentración, la que empieza cuando el torero se da cuenta de su vocación –torero que se distrae se lo lleva la corriente- no es posible la armonía creadora entre el torero y el espectador. El Zoto” –el apocope lo utiliza por la cariñosa familiaridad y la relación de afecto mental que tiene con el diestro- hace creer porque cree en su papel. Los que saben de actuación dicen que si el torero no logra exteriorizar y comunicar sensiblemente el deseo del personaje que vive, no hay diálogo posible con el tendido. El resultado es que, lo veremos el domingo, hay concentración recíproca: “El Zoto” en lo suyo, y la gente en “El Zoto”.
“Me gusta lo que hace “El Zoto” porque, al margen de su acusada concentración, su técnica no le quita naturalidad, al contrario pareciera como si le aumentara”.
Isabel, que con denuedo busca asimilar los secretos para poder convertirse en buena aficionada, le pidió que ampliara sus ideas toda vez que su curiosidad no resuelta le anima a declararse ignorante en la materia.
“Lo que pasa mi querida Isabel, dijo mi compadre, es que si te das cuenta los toreros se desenvuelven con diferente acento: hay toreros naturales, a quienes la técnica les vino intuitivamente en su constitución, y que en nada obstruye su expresión personal, y hay toreros técnicos que de tanto asimilarla les quita naturalidad, gracia, espontaneidad, frescura, sentido de la improvisación, y en grado extremo les convierte en sujetos de una frialdad paralizante”.
Lo malo fue que, al levantarse la despampanante morena, volvió a perder la concentración mi compadre. Por sus desvaríos no sabíamos si estaba en un mercado: hablaba del mango: o en una tienda juguetes pues hacía alusión a la muñeca, o de plano perdió la brújula ya que su admiración concluyó con un extasiante ¡vaya cuero! Y se despidió como un hijo enternecido: ¡adiós mamita!

Deja un comentario