LO GUADALUPANO Y LO TAURINO EN MEXICO HAN TENIDO VIDAS PARALELAS.

ARRASTRE LENTO… Estando en la proximidad de la plenitud de la semana guadalupana, el pueblo mexicano hinca su raigambre religiosa en un simbolismo histórico que, a pesar de su longevidad, no es algo disecado para perdurar dentro del perfil de emblema y reliquia puesto que como fenómeno existencial es una cosa viva, latente, capaz de adaptarse a cada vuelco temporal. A los que han creído en el fenómeno milagroso el tiempo les resulta indiferente.
Pareciera mentira, pero el toreo mexicano, siendo veterano como diversión, aún cuenta con el vigor suficiente como para adaptarse a los precipitados cambios de costumbres, gustos, preferencias y modas sociales. ¡En México lo guadalupano y lo taurino parecen tener vidas paralelas!.
Lo guadalupano es tan viejo entre el mexicano que no tiene época precisada. Como atributo, su cronología goza del privilegio de heredar un mensaje de fe adaptable a cualquier tiempo. El toreo, en cambio, ha heredado la sincronía temporal de la fantasía.
En el milagro del Tepeyac el rojo encendido de las rosas del ayate marcó la diferencia en la policromía simbólica de un pueblo pintado, como la tierra de los surcos que le dan de comer, con el matiz de un café tan hondo y oscuro como el tamaño de su tristeza. Cierto es que en el toreo mexicano la intensidad en los colores, y la suntuosidad y honduras en las formas, han marcado las diferencias en las épocas. Aquellas, las de ayer, con el denso fluir de los manantiales dramáticos, resultaban de suma gravedad; ésta, la actual, por la apariencia de irrespetuosa liviandad y ligereza, parece haber desterrado la mágica y misteriosa alegría lúdica de la conjugación de la muerte con los violentos arrebatos del drama y el arte. En paralelo pareciera haberse fugado la veta de los innovadores. Sobre todo en el perfil creativo y artístico.
¡En México lo guadalupano y lo taurino parecen tener vidas paralelas!.
Visto el hecho desde una perspectiva romántica, pudiera entenderse que en lo taurino se trata de una transferencia de una realidad lejana, la de ayer, a la de hoy, no aceptada ni comprendida en el plano crítico de la ortodoxia tradicional. La Fiesta moderna –mexicana- es para algunos aficionados estéticamente más bella, aunque para otros al convertirse en instrumento de modelaje, lleva consigo la posibilidad de estar más cercana al plano de la intrascendencia anímica.
Hablamos de un fenómeno de fe. Hay quienes nunca han perdido la fe en el milagro guadalupano, y quienes aún creen con fe creciente en el milagro taurino. Así las cosas, la posibilidad de que, en tanto el toreo mexicano sea capaz de adaptarse al tiempo reconstruyéndose en su propia liturgia y esencia –verdad y autenticidad-, prolongue su caleidoscópica existencia, lo guadalupano, al intensificar sus efectos milagrosos en el ánimo de la sociedad desesperada por el sufrimiento de la vida diaria, seguirá siendo sustento espiritual de los que con ferviente ánimo religioso se juegan la vida para crear arte, ganar dinero, y hacerse de fama.
En México, cierto es, históricamente lo guadalupano y lo taurino han tenido vidas paralelas.

Deja un comentario