28 julio, 2021

LOS TOREROS DE LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO PASADO. ENTRE LA FICCION Y LA REALIDAD.

ARRASTRE LENTO… Me queda claro que…
Me queda claro que hay nombres de toreros que tienen en el aficionado culto una resonancia sorprendente, tanto que parece estallar en el cántaro del barro que los contiene.

ARRASTRE LENTO… Me queda claro que…
Me queda claro que hay nombres de toreros que tienen en el aficionado culto una resonancia sorprendente, tanto que parece estallar en el cántaro del barro que los contiene. Nombres que plácidamente duermen en el subconsciente de los aficionados de corazón y que, como eco timbrado, se despiertan y se incorporan logrando que, cual globo en ascenso, suban a la superficie de las conciencias vibrantes y estremecidos.
Me queda claro que…
Me queda claro que aquellos toreros mexicanos, Ponciano Díaz, Rodolfo Gaona, Pepe Ortiz, Juan Silveti, Fermín Espinosa, Lorenzo Garza, Luís Castro, Silverio Pérez, José González, Alberto Balderas, Jesús Solórzano, Samuel Solís, y la cantidad de etcéteras que faltan, a los que coronaba una aura mágica, al aficionado actual le pueden parecer personajes que sobrevuelan entre la ficción y la realidad.
Se cuenta que siendo humanos, aquellos adquirían el rango popular de deidades. Se dice también que la comunión que establecían con los aficionados, producto de la emocionada admiración con la que se les reverenciaba, era más íntima, profunda, sentida, severa, rigurosa, y siempre respetuosa que hoy.
Me queda claro que…
Me queda claro que de la misma manera, al aficionado moderno le pudiera parecer extraña la solemnidad devota, de perfiles monásticos y conventuales, con la que la sociedad de aquellos años miraba a sus héroes populares.
Me queda claro que el aficionado viejo, el que vivió la Fiesta a partir de los años cuarenta –que ya quedan pocos, ¡muy pocos!- a los que se le agolpan los recuerdos luminosos excitando su dolorida imaginación, ve a los toreros actuales, aunque estén compuestos de la misma contextura humana de aquellas luminarias, de otra manera. Los miran a través del filtro que, acusando las múltiples descomposiciones de la ortodoxia tradicional, les indica que carecen de la extraña sustancia que componía a los ídolos del pasado relativamente remoto. A la par, y con justa razón, el aficionado moderno se pregunta si a aquellos toreros legendarios el paso del tiempo no les ha recubierto con los excesos de la ficción.
¿De qué estaban hechos los toreros de la primera mitad del siglo pasado que su nombre aún resuena con timbre chillante?.
Me queda claro…
Me queda claro que el toreo moderno está creando su propia estatua de museo –y con ello la de los toreros- en la fría y ruinosa momización de sus personajes, en la igualdad de sus argumentos, en la similitud de sus limitaciones. Me queda claro que el toreo moderno está construyendo su propio monumento al abrigo de la pordiosera monotonía que suplica el aplauso hoy para conservar mañana su mismo estilo.
Me queda claro…
Me queda claro que el aficionado moderno no puede renunciar a estrechar sus vínculos con el pasado, con sus mitos, con sus leyendas, con sus tradiciones, y en general con todo aquello que engalana los recuerdos de la fiesta por su espiritual solemnidad.

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