LA HISTORIA DEL TOREO MEXICANO A PESAR DE SER ANTIGUA NUNCA SERA OBSOLETA.

ARRASTRE LENTO… Hay expresiones que si bien corresponden a la esfera de lo imaginario, son bastante para dar una idea del sentimiento que inspiran. Perdón que escriba en primera persona pero, lo confieso, la extrañeza que experimento luego de escuchar la opinión de un aficionado que niega la vigencia de las consecuencias de la historia oscila vacilante entre el desconcierto y el desencanto. ¡Cuánto sorprende que haya entre los llamados taurinos quienes a lo antiguo lo tengan por obsoleto! ¿Y la tradición?.
Cierto es que la historia del toreo, al no poder desprenderse de la tradición ni de la memoria, no justifica quedarse en el pasado. Empero la historia, almacenada en el recuerdo y la tradición, es parte sustantiva de la Fiesta: es la historia la que impide que olvidemos que el toreo mexicano, en determinado momento, gozó de inmensa popularidad. Las crónicas y reseñas viejas nos recuerdan que tanta popularidad alcanzó que, logrado el sitio crepuscular que lo mantuvo como diversión prioritaria de las comunidades mexicanas, se convirtió en cultura. A través del tiempo he comprendido que la cultura vieja –en concreto la taurina- es la novedad cautivadora de la sabiduría popular.
¡Cuánto sorprende que haya entre los llamados taurinos quienes a lo antiguo lo tengan por obsoleto! ¿Y la tradición?.
Y es en las mismas crónicas y reseñas en donde, quedando al resguardo de la fidelidad de la palabra, se narra que encumbrados en los ambientes cotidianos el toreo y la Fiesta fueron una pertenencia popular. De ello se deduce que sólo las grandes multitudes, y no los grupos minoritarios con influencia y poder, elevaron a su pedestal a los ídolos de la tauromaquia mexicana. Desde la antigüedad más remota el toreo, practicado con radiante espectacularidad en los ruedos convertidos en altares, no ha sido cosa de élites sino de masas. Cuando éstas han callado no es por alguna mordaza sobrepuesta. Si la multitud ha enmudecido, y el espectáculo ha dejado de lado su perfil popular, muy probable es que haya vislumbrado síntomas de cierta decadencia, de alguna contradicción psicológica, de extrañas mutilaciones, de un cierto alejamiento conceptual. Así, por el efecto de la inercia, pudiera explicarse el poco interés de las masas modernas por el toreo.
¡Cuánto sorprende que haya entre los llamados taurinos quienes a lo antiguo lo tengan por obsoleto! ¿Y la tradición?.
En mi desconcierto no logro comprender a quienes niegan la bondad de la historia taurina de nuestro país declarándose nada partidarios de lo antiguo. No lo tengo por hecho comprobado, pero intuyo que la impopularidad actual de la Fiesta mexicana en mucho se debe al acusado deterioro de las relaciones con la tradición, sabio ejercicio de acumular con refinamiento parte de la historia. Intuyo que la sociedad moderna, la que mira apenas de reojo al toreo, fría, mecánica, mezquina y cibernética, la que tiene por obsoleto a lo antiguo, no encuentra justificantes para difundir con el vigor de la novedad cautivadora la sabiduría folclórica que se explaya en las manifestaciones respaldadas por los sectores populares que tienen a la tradición como madre, aliada y propulsora de su historia.
Entiendo que la tradición y el toreo jamás podrán negar su alianza.

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