11 diciembre, 2010

AL TOREO SE LE ENTIENDE A PARTIR DEL CALOR DE LAS EMOCIONES QUE MATAN EL FRIO.

ARRASTRE LENTO… Se agolparon los recuerdos…
Lo recuerdo como si hubiera sido ayer: de niño me gustaba la época de frío pues, luego de hacerme tiritar, y paralizarme hasta convertirme en momia de carne viva, mucho me reconfortaba la protección y abrigo que brindaba el calor de mi hogar. Ayer, por momentos, tuve las visiones facilitadas por la memoria de cuando fui niño. Por eso…

ARRASTRE LENTO… Se agolparon los recuerdos…
Lo recuerdo como si hubiera sido ayer: de niño me gustaba la época de frío pues, luego de hacerme tiritar, y paralizarme hasta convertirme en momia de carne viva, mucho me reconfortaba la protección y abrigo que brindaba el calor de mi hogar. Ayer, por momentos, tuve las visiones facilitadas por la memoria de cuando fui niño. Por eso…
Por eso hoy siento sobresaliente interés por los niños. Además de mis recuerdos, me lo despertó el nieto de mi compadre. Y cómo no habría de sobresaltarse admirativamente mi ánimo si el chamaco –de 4 para 5 años- le pidió al niño dios de regalo una capa y un sombrero de torero: quiere jugar a los toros. Al oído me dijo mi compadre “de buey se los regalo; no quiero envenenarlo”. Conociéndolo, estoy seguro que el capotito y la montera serán lo primero que vean los ojos del niño en Navidad.
Se agolparon los recuerdos…
Siendo yo un infante, lo recuerdo, al toreo lo intuí, y luego lo descubrí. Cómo no recordar aquella emoción que, al hendirse en mi ser, me dejó marcado con tanta hondura y plenitud que ahora soy su fiel cautivo, y sigo su rumbo con obediencia ciega. Entre tanto juego que me divertía en aquellos años no me fue posible encontrar otro sendero para mi total satisfacción infantil más que el señalado por la ruta del toreo. Jugaba a los toros con la plenitud del soñador.
Se agolparon los recuerdos…
Cuánto añoro aquellas fervientes emociones primeras. Cuánto contraste; hoy siento crueles interrupciones en mi relación con el toreo toda vez que, de alguna manera, mi lealtad y adicción al milagro de la tauromaquia por momentos ya no se saben correspondidos. Hay crueles interrupciones emocionales. Mi edad le ha quitado frescura al juego que, practicado de niño, loco me volvía.
Se agolparon los recuerdos…
¿Interrupciones? Sí: al haber sido rebasada la etapa del asombro, aquella que de niño me sedujo sin rechazo alguno, me deja con frío en el alma un espectáculo descuidado. Me hace tiritar de frío el sentimiento un espectáculo sin fondo, maltrecho, sin brazas en la hoguera, y sin pasión. ¿Interrupciones? Sí: pareciera que ya no habrá más personalidades en el ruedo que se revelen contra la rutina y la monotonía.
De niño, al intuir el peligro en torno a la belleza, o la belleza en torno al peligro, sentía un calor que se volvía vida y gloria. Eso me lo recordó el nieto de mi compadre cuando le platicó haberle pedido al niño dios una capa y un sombrero de torero. También me hizo recordar aquella tarde en la que derramé las primeras lágrimas por los toros: lloré porque no me dejaron entrar a la plaza San Marcos para ver a no sé quién por el simple hecho de que no traía boleto. ¡Qué fijados los porteros!.
Se agolparon los recuerdos…
Hoy son otros los fríos y otras las desilusiones. Ante ellos añoro mi infancia, maravillosa etapa en la que experimenté los primeros sentimientos placenteros provocados por las caricias del toreo. Cuando eso sucedió sentí que la luminosidad de la Fiesta, además de brindarme un calor y abrigo protector, llenaba de vida la retina de mis ojos, y me lanzaba como jabalina al reino de la ilusión y la fantasía.

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