LO GUADALUPANO, COMO LO TAURINO, ASUMEN LA CONDICION DE PRIVILEGIO.

ARRASTRE LENTO… ¡Qué va!, el fenómeno guadalupano no es un simple referente folclórico. Es mucho más. Y tan lo es que el mexicano toca con esmerado respeto una tradición tan venerablemente arraigada en el corazón de un país que por sus propias características en lo sobrehumano de su religiosidad asume la condición de privilegio.
Lo “guadalupano” cuenta con argumentos representativos, plásticos, culturales, y hasta políticos, de incuestionable valía. La devoción guadalupana es la que unifica a nuestro pueblo tan dividido en tantos aspectos que a los estudiosos les resulta sorprendente el hecho de que esa imagen sea la que explique a México, y que a México como nación se le comprenda por su psicología guadalupana.
¡Qué va!, el toreo también ha unido, como argumento de identidad y cohesión, al país cuyo colorido deslumbra a la comunidad internacional, por eso…
¡En lo sobrehumano de su religiosidad taurina lo mexicano asume la condición de privilegio!.
¡Qué va!, el toreo mexicano en sus diversos pasajes y paisajes también explica a México, y hasta es posible que a México como nación se le comprenda por su psicología taurina.
No hay que divagar en afirmaciones aéreas que nieguen la historicidad de este suceso –la aparición guadalupana- que no se puede entender sino es a través de la luz de la fe. Por tal motivo el mexicano, apegado al guión monástico de la poesía que revela una significación extrahumana, antes de considerar el milagro, se siente conmovido con piadoso estremecimiento con la presencia humana de Juan Diego. La aparición es el milagro; Juan Diego la parte humana del milagro. ¡Qué va!, el milagro en México es el toreo; los toreros la parte humana del milagro. Por eso…
¡En lo sobrehumano por su religiosidad taurina lo mexicano asume la condición de privilegio!.
Tengo la impresión de que Juan Diego, abnegado, fiel partidario de la lealtad, pudo haber tenido una afición innata por las posiciones taurinas. Y lo digo porque cuánto trabajo les ha costado a los toreros mexicanos que crean en ellos. ¡Cuánto debió sufrir Juan Diego para que la jerarquía eclesiástica y mundana le creyeran! En la corte monástica no le creyeron cuando quiso mostrar el intenso colorido de la imagen tapizada de rosas en su ayate! Cuánto han sufrido los toreros mexicanos cuando en los palacios mundanos han querido demostrar el matiz de privilegio de su acento creativo, y no les han creído.
Quiero imaginar a Juan Diego, baja la frente, y en actitud de embestir, suplicante rogar amorosamente a la corte eclesiástica que no despreciaran la policromía espiritualmente dolorida del pueblo indígena al que le habían amputado sus raíces, y que “La Guadalupana” se las venía a compensar. Su voz iba mucho más allá de la simple protesta y denuncia. Como la voz de los toreros mexicanos que protestan y denuncian incomprensión y rechazo.
¡En lo sobrehumano por su religiosidad taurina lo mexicano asume la condición de privilegio.

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