LOS PUYAZOS DE SERGIO.

“Revolcada”, según la definición del diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, es “Derribar a uno y revolverlo por el suelo”, en su primera acepción; hay dos más, la segunda canta: “Vencer y deslucir al adversario”, y la tercera dice: “Echarse sobre una cosa, restregándose en ella”.
Sí, justamente las definiciones de “revolcada” ensamblan con el concepto popular, la expresión coloquial que tiene la palabra; por aquello de que con facilidad alguien, o algún animal de cuatro remos, humilla, tumba sin fatigarse y da una lección de mando, poderío y supremacía en algo a quien pretende medirse con él, como puede ser en un espontáneo ejercicio, en el espacio de un sitio polvoso que está siendo escenario de “C”, confrontamiento.
Quizás se me entienda mejor si cuento una anécdota charra: -Un inigualable amigo mío, charrísimo sin paralelo, genial muchas veces, distinguido en sus modos de interpretar todas las faenas y, para mayor nombre, internacional de verdad, se midió en leal y noble competencia bajo la asignatura de charro completo en el escenario del “Coloso de Lagos de Moreno”, lienzo charro Santa María, con otro “quijote” de buen nivel en efectividad, insuperable en estadísticas pero de menor, bastante menor expresión artística y sustancia. Siendo, como ya acoté, muy superior suerte por suerte mi amigo, resultó superado numéricamente. Terminada la contienda, con el rostro desencajado por el esfuerzo físico realizado y también por verse superado en la tabla matemática, me dijo con mueca de franqueza: -¡Que revolcada me acaba de poner este!…
Bien, una vez entendida la definición me atrevo a grabar que, lamentablemente, nuestros espadas están siendo revolcados claramente por los peninsulares en lo que va de recorrida la campaña grande en la “Señora de Insurgentes”.
Primero fue Ponce, luego llegó Perera, vino entonces Castella, apareció posteriormente Talavante y repitió el domingo 5 en la quinta función el de Extremadura, Perera. Fueron ellos rotundos, impactaron y dimensionaron sus investiduras de superiores diestros.
. El antepasado día dominical, el cinco durante la quinta función, regresando, Perera, espoleado por lo que ocho días antes había hecho Talavante, más por lo que pudieron haberle apretado los alternantes, paso a paso macizos se desgajó de la tronera del burladero de matadores; luego se encajó en el tercio donde se reciben a los toros y ahí dejó que sus largos brazos ordenaran a la capa para que ésta se entregara a tal mando y hacer verónicas y, con aguante de realeza, entreverar tafalleras. Aquella diligencia paró de sus encementados escaños a los conocedores. Para completar su propuesta capotera, en el quite permitió que se manifestara su imaginación; así, llegó un arcoíris variado de matices, toda suerte que lo conformó, basada en su aplomada efigie y el aguante ya anotado. Luego armó la sarga y se entregó a torear; emergieron como fantasmas los derechazos y naturales completos, extensos en trazo y rebosantes de temple. Todo ondulaba bajo una canilla dislocada, hermosa, despedidora. Faenón el suyo que firmó con una estocada estupenda para cortar rotundamente las dos orejas del astado. Ahí quedó eso…
Mientras tanto, en su primer espacio se vio a un Eulalio López contaminado del “Zotoluco”; el de Azcapotzalco estuvo en maestro, sí, en profesor de hacer ver mal al toro. Si alguien duda aún de que existe el destoreo, lo que hizo el primer espada fue un ejemplo transparente de ello: no pararse, destemplar y no mandar. Con toda la mala voluntad, aún sabiendo que el astado, el más hecho del mal presentado encierro, se desplazaba completo y con franqueza, pegaba un pase desgraciado y luego interponía indecente cantidad de terreno y retrasaba la sarga; la consecuencia lógica era que no ligaba, no engarzaba, no unía en buenos hilos toreros una tanda. Descolocado siempre, disimuladamente desaplomando los pedestales, a muchos engañó que el adversario no tenía condiciones para la lucida faena, sin embargo fue el mejor del sexteto remitido por la dehesa de Campo Real. Y esto acompañado de los desafortunadísimos comentarios de los “cronistas” que narran las transmisiones televisivas –a los que uno escucha únicamente porque no hay otra opción- quienes se pasaron la tarde “justificando” las mal hechuras que en el anillo se realizaban por parte de los mexicanos; claro, con la marca de Televisa, casa insulsa, manipuladora de los sentimentalismos y que no se compromete de manera cabal con la misión sagrada de comunicar verdades, mucho menos de desarrollar y forjar criterios.
El resto de su paso, del “Zotoluco”, por su puesto, fue más de lo mismo y para podrida cereza se atrevió, al igual que “Payo”, a hacer uso de la ventaja del obsequio para ver si el numerito surtía similar efecto al de la tarde inaugural. El resultado de la suma fue una orejita que muchos repelieron con música de viento y boca.
“El Payo”, en sus intervenciones, dejó constancia de su incapacidad para evolucionar. Hasta hoy, por lo menos. Las orejas que cortó en la primera corrida fueron en “premio” más a la voltereta salvaje que al verdadero toreo. Por muchas ocasiones se le vio con el rostro descolorido, desencajado, en muecas claras de preocupación. Toda la tarde se mantuvo en el frío filo del petardo; acaso un punto lo salvaron las últimas tandas al de regalo, cuadrúpedo al que hasta en esa postrera parte, y luego de sudar frío, le halló su distancia y modo.

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