24 julio, 2021

¿EL TORO GUADALUPANO FUE UN EJEMPLO DE LA SUBLIMACION DE LA BRAVURA?.

ARRASTRE LENTO… Cuando el arte es un producto de la naturaleza se le mira de diferente manera al que, por su elaboración, es un logro de las maniobras del hombre. Se tiene por cierto que la naturaleza obsequia la intimidad de las cosas, pero es el hombre –artista- el que las descubre. Empero, estando en el terreno donde el toreo se aferra al imperio subjetivo del arte, las cosas se complican.

ARRASTRE LENTO… Cuando el arte es un producto de la naturaleza se le mira de diferente manera al que, por su elaboración, es un logro de las maniobras del hombre. Se tiene por cierto que la naturaleza obsequia la intimidad de las cosas, pero es el hombre –artista- el que las descubre. Empero, estando en el terreno donde el toreo se aferra al imperio subjetivo del arte, las cosas se complican. ¿La bravura de los toros de casta, con todos sus componentes ideales anexados –nobleza, seriedad, emotividad, codicia, prontitud, docilidad, fijeza, fuerza, buen estilo- lograda en un ser vivo a base de un proceso de selección humana pudiera adquirir el rango de arte? La concepción, sin duda, tiene su encanto. La sublimación de la bravura convertida en arte. Y más todavía: la sublimación hecha poesía.
El toro Guadalupano, de Teófilo Gómez, lidiado por Sebastián Castella el domingo pasado en la plaza México, merecedor del indulto por la magnificencia de sus virtudes parciales será sin duda el tema de conversación de tabernarios y cafeteros.
Para algunos observadores del hecho que generará controversia y polémica multiplicadas a la décima potencia –aficionados desde luego- el indulto concedido no se derivó de la esencia misma del impulso de atacar embistiendo puesto que, hecho comprobable, fue evidente la blandura y falta de raza y codicia del astado acometiendo a la cabalgadura del picador. Cabría entonces preguntarse si Guadalupano es la máxima expresión de la bravura tal y como la conciben los grandes tratadistas de la maravilla genética regalada por la naturaleza.
Hay un aspecto que, cual semblanza de la inocencia más candorosa en el toreo, contiene perfiles encontrados: la gran mayoría de los toreros sueñan con encontrarse con toros, como Guadalupano, de dulce y miel, toros a los que con relativa comodidad y abandono se les pueden pegar cien muletazos de calidad: paralelamente, la gran mayoría de los toreros le temen, pues no da concesiones de ninguna especie, al toro verdaderamente bravo.
Los afortunados que han estado delante de un toro genuinamente bravo, sublimado hasta ser modelo, dicen haber sentido las crepitaciones del fuego que emanan del incendio temperamental de la bravura: juran que, en su momento, su deseo suplicante fue el nunca volver a encontrarse con el amargo compromiso de tener que lidiar con un toro realmente bravo.
Me quedo con la impresión de que la naturaleza no le concedió al hombre la bravura del toro de lidia arrojándosela a los pies, tal y como se arroja a los pies de un mendigo la limosna para sostener hoy su vida tan sólo para prolongar mañana sus tormentos. Se la concedió para vencerla con inteligencia al amparo del arte.
No recuerdo qué ganadero lo dijo, pero estoy seguro haberlo leído en una revista de La Lidia, editada en el año de 1947: “Si el placer de los toreros de pegarle pases y pases a los toros es una ilusión desvanecida pues su gozo es corto, -palabras más, palabras menos- decía el ganadero español: en tanto la realidad de poderle al toro bravo consumando el necesario requisito del arte es una ilusión que dura eternidades”.

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