23 julio, 2021

LOS TOREROS TRASCIENDEN GRACIAS A LA PRENSA ESCRITA Y AHORA A LA TELEVISION.

ARRASTRE LENTO… Pudiera ser el caso lo que se vio el domingo pasado: Sebastián Castella, gracias a la televisión –claro, reforzada con la prensa escrita- va que vuela para trascender en el ánimo de los aficionados mexicanos.
Empero parece necesaria, o por lo menos oportuna, una cierta explicación. En la cultura moderna la interrelación social se rige en buena medida por la presentación del mundo en los medios de comunicación. Un mundo que se manifiesta en una visibilidad pletórica de imágenes marcada por una inclinación a la transparencia.

ARRASTRE LENTO… Pudiera ser el caso lo que se vio el domingo pasado: Sebastián Castella, gracias a la televisión –claro, reforzada con la prensa escrita- va que vuela para trascender en el ánimo de los aficionados mexicanos.
Empero parece necesaria, o por lo menos oportuna, una cierta explicación. En la cultura moderna la interrelación social se rige en buena medida por la presentación del mundo en los medios de comunicación. Un mundo que se manifiesta en una visibilidad pletórica de imágenes marcada por una inclinación a la transparencia. De tal suerte que lo visto, lo leído y lo escuchado en los medios se hace realidad a partir de la relación que se establece entre el ver y el creer. Las sociedades creen – por lo menos quieren creer- en los medios de comunicación.
Así las cosas, no se puede negar que a partir de esta innovación cultural la televisión se convierte en el instrumento ideal –por sus alcances e inmediatez- para hacer entender el mundo actual. Esa maravillosa caja que, según algunos, a muchos idiotiza, pero que para otros tiene funciones específicas más elevadas que embrutecer y manipular, permite sin embargo la escenificación incesante de lo real.
Gran privilegio es, concedido a los medios, pero privilegiado a la televisión, estar, dejar ver, hablar, y dejar hablar en y desde el lugar de los hechos mismos: al usurpar el medio electrónico el lugar de lo referente –la calle, un estadio, una asamblea, un sitio cualquiera, y desde luego una plaza de toros- da la impresión de convertirse en el hecho mismo.
Siendo la televisión la cifra de la nueva era, ¿por qué no usarla como difusora de la Fiesta de toros? Lo cierto es que, por fortuna de los aficionados, al menos nos permites estar presenciando a kilómetros de distancia lo que ocurre cada domingo en la plaza México.
Lamentablemente la televisión como medio está condicionada por una telaraña de intereses que hacen bastante compleja su utilización, y más para un espectáculo con tanta opinión encontrada. Al no poder simplificar su uso en términos práctico, al taurino tan sólo le queda reconocer que se pierde del gran beneficio que aportar la televisión: la gran influencia que ejerce para que el receptor rinda culto a lo visible toda vez que su extensión y prolongación llega a la esfera de lo privado.
De tal suerte que, sin llegar al extremo suplicante, es válido reconocer que, como está el toreo en México, la televisión le hace falta a los toreros.
¡Cuánta falta le hace a los toreros el hecho de que los miembros de la sociedad vean su imagen a toda hora, y con carácter de grandiosidad! Cierto: hace falta que los toreros, por la vía penetrante de la televisión –muy al margen de la maestra de la información crítica y objetiva: la prensa escrita- haga conocer a los toreros, que la sociedad sepa de su existencia, de sus éxitos, de sus fracasos, de sus motivaciones, de sus ilusiones, de sus amores y desamores, de sus conquistas, y de todo lo que, siendo permitido divulgar con carácter público, los acerque a esa sociedad.
La televisión puede existir sin el toreo, pero al toreo le puede costar mucho trabajo vivir sin ser tomado en cuenta por la televisión.

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