1 agosto, 2021

¡QUE TODAS LAS NOCHES SEAN NOCHES DE BODAS, QUE TODAS LAS LUNAS SEAN LUNAS DE MIEL!. Joaquín Sabina.

ARRASTRE LENTO… Qué fantástico es el mundo de las ideas cuando se coronan con sueños e ilusiones hechos realidad. Yo creía que soñaba, pero no: lo que ocurría era que estaba esperando ante la televisión el inicio de la corrida. Y quise imaginar a los toreros viajando del hotel a la plaza: los supuse ensimismados, abstraídos en sus ideas, algunas ensombrecidas, otras preñadas de revelaciones.

ARRASTRE LENTO… Qué fantástico es el mundo de las ideas cuando se coronan con sueños e ilusiones hechos realidad. Yo creía que soñaba, pero no: lo que ocurría era que estaba esperando ante la televisión el inicio de la corrida. Y quise imaginar a los toreros viajando del hotel a la plaza: los supuse ensimismados, abstraídos en sus ideas, algunas ensombrecidas, otras preñadas de revelaciones. Luego, en el patio de cuadrillas, aguardando la hora de liarse el capote de paseo, en fecundo silencio, soñando con el revuelo de alas y pañuelos blancos solicitando las orejas. Atando cabos, y zurciendo retazos de ilusión el silencio desquiciante se hizo música. Comprobé que cuando suena el clarín y rasga la atmósfera el timbre del pasodoble, la plaza se llena de misterio, como aquel de las noches de enamorados.
¡Que todas las noches, sean noches bodas, que todas las lunas sean lunas de miel!.
Pero la primera visión que tuve en la pantalla me resultó demoledora: ¡que mala entrada!. Cierto es que José María siguió soñando, y en algunos momentos sus sueños parecían hacerse realidad: cuando se metió a los terrenos de su primero pudo lograr el lucimiento del enamorado y hasta se dio tiempo para mostrar su pericia académica. Fue una pena, -hay penita pena- que hiciera un sesgo hacia fuera a la hora de meter el acero. Un aviso le trajo a la realidad.
Matías Tejela, que también debió haber soñado, fue más eficiente en concretar. Con él si fue realidad el revuelo de alas de los pañuelos blancos y hasta una oreja cortó. Y aunque no fue noche de boda, ni luna de miel, bien pudiera decirse que el madrileño dio inicio a un romance con el aficionado que, gentil y cortés, le agradeció al toro su buen estilo, y al torero su disposición. Una oreja le dejó soñando en una fantasía que puede durar toda la noche, como la de bodas.
¡Que todas las noches, sean noches de bodas, y todas las lunas, sean lunas de miel!.
Juan Chávez, con su primero, tampoco ligó romance que mereciera la culminación en luna de miel. Un aviso le trajo a la realidad.
El ambiente frío era para aburrirse. Recordé la maravillosa fantasía de las noches de bodas, esas en las que los enamorados y recién casados no tienen tiempo para aburrirse a pesar de no pronunciar palabras pues, dándoles vuelo a la hilacha, y sumidos en sus candentes menesteres, se dejan seducir por el misterio del manto nocturnal hasta despertar a la realidad el día siguiente.
Luévano, con su segundo, un toro para armar un romance de luna de miel, por su mala ejecución con la espada volvió a la realidad sin pizca de los sueños que lo llevaron con tanta ilusión al altar de la México. Se acabó el romance, y se perdió la oportunidad de tener una tórrida noche de enamorado con sus sueños.
Tejela, con su segundo, no pudo convencer a los Cupidos que, encrespados, simplemente ni caso le hicieran en la confirmación del romance iniciando minutos antes. Ni bodas, ni lunas, muchos menos de miel.
Juan Chávez, con el que cerró plaza, tampoco le puso rosas a las sábanas del tálamo nupcial. Y ni romance ni nada.
Me quedé soñando. Y con un frió polar. Y con las ganas de que la noche fuera de bodas, y la luna de miel.

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