ES EVIDENTE LA FALTA DE UN LIDER APASIONADO EN EL TOREO MEXICANO.

ARRASTRE LENTO… ¡Se abrazan del muerto y les asusta el petate!.
Hay recuerdos luminosos que tienen en una resonancia sorprendente, recuerdos que dormitan plácidamente en el fondo del subconsciente pero que cuando suben a la superficie lo hacen con una energía vibrante y estremecedora. Su voz, como eco timbrado, hacen que se despierten e incorporen con incontenible alegría.
¡Se abrazan del muerto y les asusta el petate!.
En carrusel vinieron a mi mente aquellas mañanas en las que junto a otros soñadores en tropel nos dirigíamos al cerrito de la Cruz para ejercitar nuestro cuerpo y desempolvar el espíritu. Luego, en la plaza San Marcos, trazábamos con capotes y muletas los mismos aseados jeroglíficos de fantasía. Todos hacíamos lo mismo, pero en el fondo cada quien buscaba la originalidad de su propio estilo.
Recuerdo la fatiga que nos hacía sudar con tal intensidad que, a la luz de los rayos solares, como aureola mágica lucíamos un presumido iris de honor. En ese ambiente no nos espantaba el aullido silencioso de las indiferencias e incomprensiones que nos rodeaban. Por el contrario: el sólo hecho de querer ser toreros ante la sociedad ya éramos diferentes, diferencia que hacía sentirnos orgullosos. Y en esa hegemonía a nadie asustaban las diferencias de estilos, ni había porque ser iguales.
¡Se abrazan del muerto y les asusta el petate!.
Cierto: hay toreros que se abrazan del fardo embalsamado del toreo, pero les asusta el esqueleto que lleva dentro. Les asusta ser ellos mismos con sus virtudes y defectos, y les petrifica la sola idea de ser diferentes, originales. No acaban de entender que el toreo siempre viene en un sobre al que solo debiera abrir la originalidad.
Tampoco alcanza a comprender que los toreros atrayentes, de encendida originalidad, y que en consecuencia gozan de gran poder de convocatoria, por su alto consumo se agotan con prontitud.
¡Se abrazan del muerto y les asusta el petate!.
También recuerdo aquella juventud que, saturada de fe y esperanza en el porvenir, con afán y fuerza sorprendente empapaba el sudario con ilusiones en catarata. Recuerdo que, con el corazón ardoroso, a la hora de los entrenamientos, y luego en las actuaciones pueblerinas de los alrededores, lanzábamos el grito guerrero que, como conquistadores y flecheros legendarios, nos abría el paso en el misterioso e impreciso porvenir.
Recuerdo a los grandes conquistadores del toreo de la primera mitad del siglo pasado, de los cuales todavía canto su esplendor y gloria. Eran diferentes entre sí; y entre ellos había, lo que hoy tanta falta hacen, verdaderos líderes.
¡Se abrazan del muerto y les asusta el petate!.
Cierto: el toreo en algún grado es simultaneidad y repetición, pero también es innovación de matices: si bien es conformismo en la aplicación de las reglas y técnicas, también es espontaneidad y frescura. Me queda claro que la manía de torear bonito, con ritmo y cadencia de adormecido vals a un astado que parece desplomarse con tan solo el roce de la puya atenta a la originalidad más elemental de la Fiesta. Con esa óptica, todas las funciones pudieran parecer igualarse en argumentos y matices que se involucran con la monotonía. ¿Por qué entonces no aspirar a ser diferentes?.

Deja un comentario