31 julio, 2021

CUANDO EL ARBOL DE NAVIDAD SE YERGUE EN EL CENTRO DEL RUEDO.

ARRASTRE LENTO… No sé porque encuentro cierto aire de similitud entre el árbol de Navidad y el vestido de luces: y advierto cierta analogía entre ellos y el mundo que los produce. La relación de semejanza, desde la perspectiva que la contemplo, ofrece perfiles de inocultable evidencia.

ARRASTRE LENTO… No sé porque encuentro cierto aire de similitud entre el árbol de Navidad y el vestido de luces: y advierto cierta analogía entre ellos y el mundo que los produce. La relación de semejanza, desde la perspectiva que la contemplo, ofrece perfiles de inocultable evidencia.
Es peculiar la animación que se siente en una plaza antes que los toreros hagan el paseo. Una vez que parten plaza el encendido luminoso de la vestimenta que lucen los diestros en una virtual pasarela se proyecta sobre el albero en un episodio ritual que contiene grandes cantidades de esperanza. Tan espectacular cuadro lleno de vida, reforzado con las notas del pasodoble, se convierte en admirable propuesta de la fantasía.
Como el árbol de Navidad que en el preludio de la fiesta grande, iluminado con alegría y esperanza, da luz y vida al recinto que lo ve erguido con majeza encendida. Al fondo, cual rúbrica celestial, estremece la enternecedora y exquisita composición musical –Noche de Paz-.
Cuando los capotes de paseo, verdaderos primores de la más fina orfebrería de sastres altamente calificados, se desprenden de los hombros de los diestros, brillan esplendentes las maravillas que deslumbran a la imaginación de quienes con embeleso quedan prendados, como el niño queda del árbol navideño, de la gallarda postura y elegancia de los toreros.
Minutos, instantes si usted quiere, antes de que parches y metales ordenen la salida del primero de la tarde al redondel todo queda en solemne espera. Los ánimos están dispuestos a que los lances y requiebros vengan como regalos desprendidos de la fantasía para que las emociones entonen el glorioso ¡olé!.
Minutos antes de la Noche Buena los regalos lucen al pie del arbolillo que siente estremecer sus ramas encendidas con el alegre bullicio del agitado nerviosismo afectivo de la concurrencia.
En el preludio de la Noche Buena y las corridas de toros todo está dispuesto para que en el mágico encanto del escenario las hojuelas desprendidas de la imaginación dibujen sus propios cuadros. Ansiosas las ilusiones se dibujan en el rostro viendo volar con alas encendidas a la Noche Buena y el toreo. La energía anímica adquiere el tamaño de la esperanza.
Pero no pocas veces el desencanto se convierte en indeseable actor protagónico pues los regalos, junto a la ilusión de la buena ventura, no son los esperados en uno y otro escenario. Con indescriptible sensación de vacío, al insoportable arribo de la desilusión, se apagan las luces del arbolillo travieso avergonzado de su prematura opacidad. Pronto, demasiado pronto en ocasiones, se opacan las luces principescas de los ternos marchitos de los toreros.
Por fortuna, en ese tono destimbrado, ante la negruzca y turbulenta realidad. Asoma su naricilla el duende la locura inspiradores, se agiganta la esperanza: ya vendrá una Navidad más acogedora, más generosa: ya vendrán tardes más luminosas, más excitantes y satisfactorias.

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