5 agosto, 2021

EL DULCE PLACER DE VIVIR EN UN ENSUEÑO DE ESPERA.

ARRASTRE LENTO… No lo niego: el pasado martes 22 sentí cierta alteración emocional al tener en mis manos, rescatada del añoso baúl que resguarda físicamente parte de mi memoria, la primera carta que, garabateada con la impericia de un aprendiz a calígrafo, le escribí a tan altísimo destinatario. Mi torpe inocencia, dispensada con la nobleza de la caridad, la envió, aunque con nombre sin apellido, sin remitente: ¿a dónde llevaría el Niño Dios lo que con tierna ansiedad y súplica le pedía? Cuando tenía en mis manos tan dichoso documento se agolparon los recuerdos.
¡El dulce placer de vivir en un ensueño de espera!.

ARRASTRE LENTO… No lo niego: el pasado martes 22 sentí cierta alteración emocional al tener en mis manos, rescatada del añoso baúl que resguarda físicamente parte de mi memoria, la primera carta que, garabateada con la impericia de un aprendiz a calígrafo, le escribí a tan altísimo destinatario. Mi torpe inocencia, dispensada con la nobleza de la caridad, la envió, aunque con nombre sin apellido, sin remitente: ¿a dónde llevaría el Niño Dios lo que con tierna ansiedad y súplica le pedía? Cuando tenía en mis manos tan dichoso documento se agolparon los recuerdos.
¡El dulce placer de vivir en un ensueño de espera!.
Todo aquel mundo de fantasía con increíble precisión se volvió a dibujar centellante en la imaginación, y a la cartita la vi tal cual y como la dejé en aquellos ansiosos preludios de fiesta: solitaria, al pie del nacimiento oliente al maternal abrigo del hogar. Mirándola con tierna insistencia me parecía que la cartita velaba en adormilada espera de que la tuviera en sus manos el maravilloso portento divino que con toda seguridad daría cabal cumplimiento a mis ruegos.
¡Qué tiempos aquellos! Aunque finalmente me vencía el sueño, en retador desafío me desvelaba con la esperanza de ver a la criatura deslumbrante en el momento de recoger la candorosa misiva.
¡El dulce placer de vivir en un ensueño de espera!.
Luego de acariciar con esmerada delicadeza el singular documento que parece romperse como hoja seca, con la nostalgia desbordada en caritativa complacencia, el martes pasado la volví a dejar en el baúl donde estaba para que el tiempo la recubra con un traje de polvo nuevo. Ahí seguirá durmiendo en la larga noche todavía no contaminada por el aburrimiento.
Y, conmovido, hasta sentí la necesidad de orar para que torne a mi mundo la dulce caricia de la paz de mis primeras navidades, navidades traviesas pues ya me permitían intuir la noble sensación del toreo. Amparados en la más conmovedora esperanza, los garabatos de la carta pedían banderillas, estoque, muleta y capote para jugar al toro. El alboroto que armé fue mayúsculo cuando, a los pies de mi cama, amanecieron, luego de una prolongada espera vencida por el sueño, una montera, un par de banderillas amarillo y rosa, un estoque de madera, una muleta y un capote, todo en las proporciones justas para un niño de apenas siete años.
¡El dulce placer de vivir en un ensueño de espera!.
Vivía en aquellos años en la calle Carrillo Puerto, hoy Venustiano Carranza: tenía a la plaza de toros San Marcos a dos metros de mis narices, razón por la cual puedo afirmar que desde niño olfateaba a toros y toreros. Ya gozaba con el aroma del romance taurino: ya sentía el miedo cuando veía los toros en los corrales, y alegría cuando admiraba con absorta y conmovida piedad a los toreros que llegaban a la plaza vestidos de luces cuando toreaban, o bien de civiles cuando iban a entrenar.
El primer recuerdo que tengo del toreo en algo se parece al primer recuerdo de la Navidad: los párpados cansados por la agitación de las travesuras bajaban la cortina para soñar, con el Niño Dios, la cartita, y el estruendoso bullicio de la plaza de toros compartido con las sensaciones de preocupación y alegría: ya olía a torero, ya soñaba con toros, música y sangre.

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