24 julio, 2021

¡FELIZ NAVIDAD Y QUE SE RENUEVE LA FE!.

ARRASTRE LENTO… ¡Noche de paz!. ¡Noche de amor!. Suena tan lejano, tan absurdo. ¿Quién le arrebató el amoroso misterio a la cruda pureza del tosco natalicio de Aquel que con fuego sagrado vino a dar calor a las almas creyentes?.

ARRASTRE LENTO… ¡Noche de paz!. ¡Noche de amor!. Suena tan lejano, tan absurdo. ¿Quién le arrebató el amoroso misterio a la cruda pureza del tosco natalicio de Aquel que con fuego sagrado vino a dar calor a las almas creyentes?.
¡Noche de paz!. ¡Noche de amor!. Suena tan lejano, tan absurdo.
¿Quién le arrebató el perturbador misterio a la cruda pureza del tosco nacimiento del milagro del toreo que con su fuego profano vino a incendiar buen parte de las almas del mundo?.
¡Noche de paz!. ¡Noche de amor! Suena tan lejano, tan absurdo.
Permítame el lector ampliar las ideas:
Con cuánta ansiedad, cuando niño, esperaba la Noche Buena, la Noche de Paz, la Noche de Amor. Nada existía que enturbiara el deleite de mi confianza plena en la nobleza y bondad de la noche mágica que a pesar de las sombras que la envolvían se convertía en un faro de luz. Aquellas noches felices, pasadas en espera adormilada, o en ensueño de espera, me hacían sentir ala vez parte del cielo y de la tierra. La ilusión de vislumbrar al Niño que vendría amoroso a depositar los juguetes era el puente mágico que con algodones de fabuloso misterio cosía el hermoso puente pasadizo donde el ferviente anhelo me elevaba hasta la ensoñación.
¡Noche de paz!. ¡Noche de Amor!. Suena tan lejano, tan absurdo.
Al calor de la lumbre familiar que duplicaba los destellos de la Noche Buena, cercada por el abrazo de la cordial fraternidad, una muy querida tía, hermana de mi madre, en la oración que preludiaba la cena navideña, agradeciéndole sus bondades, le rogaba a Dios que iluminara a los hombres para que con Su Luz volvieran a encontrar el sendero por el cual regresara la dulce caricia de la paz y armonía al mundo. Y aunque no comprendía el mensaje en su totalidad, me llamaba la atención que insistiera en que los seres humanos no deberían poner sus ojos en el suelo sobre el que van los cansados pies caminantes sin esperanza. Decía: “es mejor buscar las huellas del amor en el cielo”.
¿Quién le arrebató el perturbador misterio a la cruda pureza del tosco nacimiento del milagro del toreo que con su fuego profano vino a incendiar buena parte de las almas del mundo?.
Me acuerdo de mi querida tía. Y, como si estuviéramos en la cena de los toreros, pongo en su boca palabras que muy bien pudo haberlas expresado: “si los aficionados actuales quieren que el toreo sea felizmente apreciado en las nuevas maneras de concebirlo e interpretarlo, tampoco deben poner sus ojos en las zapatillas de los toreros que, al arrastrarlas con aires cansinos sobre la arena, les impiden elevarse y volar con imaginación y espíritu. Lo prudente, diría mi tía, sería no aferrarse buscando las estrellas en el albero de los ruedos toda vez que su sitio está en el alma de los toreros verdaderamente toreros”.
Lo cierto es que al sentirme embriagado de nostalgia me gana el vigor agresivo de los recuerdos infantiles cada vez más ocultos en la hondura del olvido. Cuánto añoro aquella época dorada y sus imágenes indestructibles, como la de la Noche de Paz, como la Noche de Amor. ¡Como aquel tiempo en el que siendo niño, conocí el toreo!.

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