24 julio, 2021

REGALO DE NAVIDAD CAIDO DEL MISMO CIELO.

ARRASTRE LENTO… Aún hay señales del rejuego navideño, razón por la cual se puede decir que la sociedad, por lo menos hasta ayer domingo, todavía estaba de fiesta. En tanto en los hogares se agotó el recalentado, en el aire se percibía la bruma de la estela trazada por el alboroto que si bien inyecta optimismo en las economías, en el interior de las personas deja una vacío resignado a llenarse hasta la próxima Navidad.

ARRASTRE LENTO… Aún hay señales del rejuego navideño, razón por la cual se puede decir que la sociedad, por lo menos hasta ayer domingo, todavía estaba de fiesta. En tanto en los hogares se agotó el recalentado, en el aire se percibía la bruma de la estela trazada por el alboroto que si bien inyecta optimismo en las economías, en el interior de las personas deja una vacío resignado a llenarse hasta la próxima Navidad.
En ese ambiente nos apostamos ante el televisor para ver la octava corrida de la temporada en la plaza México. Teníamos fe en el encierro tan bien presentado de San Marcos, y en el espíritu de los toreros. Creíamos que la saludable influencia de los foquitos multicolores, de las esferas, de las chispeantes luces de bengala, y de toda esa artificialidad luminosa que si hoy ya luce tenue, y que mañana se diluirá, nos acompañaría para celebrar el triunfo grande de toros y toreros. Cuando los toreros se metieron al burladero de matadores sin pizca de celebración exitosa, debieron sentirse tristes: sintieron, lo imagino, esa singular tristeza que la sociedad experimenta cuando cae en la cuenta de que las últimas ondas sobre las que navegó el alegre bullicio de la celebración navideña están a punto de llegar al puerto de reposo sin haber dado plena satisfacción a los navegantes que se subieron a la barca llenos de esperanza.
Cuando eso ocurría la imaginación se me fue a la calle para oír que poco a poco las risas alegres se convierten en eco lejano, dando paso a la sombra de la opaca rutina diaria, sombra que revestirá al cuerpo que por instantes se incendió con el fuego que aporta año tras año la esperanza de la Navidad; sombra que, tarde a tarde, viste con esperanza amorosa de la vida de los toreros.
Lo que ocurrió no fue sino más de lo mismo: la sociedad, luego de los ruidosos festejos navideños está dispuesta a volver a la normalidad despojándose de la máscara ficticia que por horas ocultó el rostro entre risa y gestos que exageraban las vivas llamaradas de alegría. En el ruedo, luego de los porfiados intentos de los diestros las cosas demasiado pronto volvieron a la espera de esa tarde cumbre que, cual Navidad, colme de afecto e ilusión el futuro de los profesionales del toreo. Nada hubo que detuviera el frío arribo del desencanto.
Así las cosas, la sociedad y los toreros, muy en especial a Ruiz Manuel, y a Guillermo Martínez, les espera la aventura cansina de todos los días: de nuevo a remar contra la corriente.
Ya nos disponíamos a cerrar el último capítulo del año en la plazota más grande del mundo, ya abrazada por la penumbra emocional de un público a punto del fastidio, cuando de repente, cual paloma blanca desprendida como gesto de caridad del mismo cielo, tal vez para que sigamos creyendo en la Navidad y en la suerte de los toreros, del palco de la autoridad se asoma el albo pañuelo que le concede a Aldo Orozco una inexplicable oreja protestada. Si bien reconocer que fue criticada la concesión el hecho en nada devalúa el mérito de su disposición.
Aunque esta ciertamente muy lejos de representar el triunfo con el que todo torero sueña, y muy lejos del rango que concede la plaza México a las orejas realmente merecidas.

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