1 agosto, 2021

LA BRAVURA, COMO LA MÚSICA, NO POR REPETIDA DEJA DE RESULTAR NOVEDOSA.

ARRASTRE LENTO… Volver sobre los actos y las circunstancias; prestar atención a lo que han producido y reflejado. Evaluar y reconsiderar. En una palabra, reflexionar.

ARRASTRE LENTO… Volver sobre los actos y las circunstancias; prestar atención a lo que han producido y reflejado. Evaluar y reconsiderar. En una palabra, reflexionar.
¿Qué está pasando en la Fiesta de toros –¡bravos!- en México que, careciendo de verdaderos líderes -ídolos- que llenen las plazas, ahora acusa una extrema mansedumbre de los astados?.
No hay de otra: los taurinos mexicanos tienen que volver la mirada, con carácter reflexivo, a la realidad para ver lo que de ella se ha desprendido y que tan perpleja y acongojada tiene a la afición, una afición que considera al toreo como una vieja reliquia que, conservando el encanto de la tradición y la leyenda, acotadas como cultura, renuncia a morir.
Qué incultos son los taurinos que renuncian a la práctica de la reflexión. Qué incultos son los taurinos que no quieren ver que, en la búsqueda de un estilo de comportamiento menos áspero y violento de los toros, ideales si usted quiere para la estética, se le está arrancando a la Fiesta el valor constitutivo y fundamental de su esencia, siendo ésta precisamente la bravura.
En lo particular me quedan dos cosas en claro. La primera me hace ver que en materia de juicios –”subjetividad”- la bravura, siendo el tronco del toreo, desaparece o se quiebra ante el peso de las ramas y las hojas del gusto subjetivo que prefieren en grado extremo la boyantía y docilidad. La realidad se desvanece pues para unos la bravura es todo, en tanto para otros es tan sólo una parte.
La segunda me invita a suponer que los taurinos modernos tristemente prefieren deleitarse en una comodina cuanto grosera ceremonia que, falseada por sistema y sin orden ni escrúpulo metódico, desengaña con hechos a los que un día enamoró con su hermosura.
Lo cierto es que los taurinos de vocación, sintiendo traicionada la cultura, han visto con desconcertada inquietud la proliferación de la mansedumbre en ruedos mexicanos. Y con reflexión doliente me uno a ellos tecleando en la computadora con fiero sentimiento de inconformidad, salpicado de pausas de ahogo y censuras sueltas.
Me pregunto dónde quedaron la honra y el orgullo de la nobleza de los taurinos que por siempre han respetado, temido y admirado la bravura. Y cuando lo hago pienso en El Quijote, el fantástico personaje cuyo corazón gentil e intrépido desafiara fantasmagóricos gigantes y ejércitos, aunque los retos fueran en realidad a molinos y ovejas. Lo quiero imaginar en trance de reflexión afirmando en sus soliloquios que “la honra y la virtud son adornos del alma sin las cuales el cuerpo, aunque lo sea, no debe parecer hermoso”.
Así la Fiesta de toros –bravos- mexicana: sin autenticidad ni sujeción a los cánones, aunque sea clamorosa y espectacular por fueras, por dentro da la impresión de carecer de la religiosa hermosura que le da la bravura verdadera.

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