EL FERROCARRIL Y EL TOREO EN AGUASCALIENTES AÚN COBRAN RÉDITOS DE SU PASADO.

José Caro

ARRASTRE LENTO… Ayer fue otro día en el que no faltó la sesión con mi compadre en el merendero que, a un lado del jardín que es símbolo de Aguascalientes, nos reunimos para hablar y hablar de toros. Ya ingeríamos la última, -luego vendrían las de la casa, sana costumbre de René- cuando se tocó el tópico de las pobres entradas que se han registrado en la plaza México en la actual temporada.

ARRASTRE LENTO… Ayer fue otro día en el que no faltó la sesión con mi compadre en el merendero que, a un lado del jardín que es símbolo de Aguascalientes, nos reunimos para hablar y hablar de toros. Ya ingeríamos la última, -luego vendrían las de la casa, sana costumbre de René- cuando se tocó el tópico de las pobres entradas que se han registrado en la plaza México en la actual temporada.
Me sorprendió el sereno razonamiento de mi compadre, al que le cuesta trabajo dominar su irritación cuando las cosas no son como él quisiera, pues con sorpresiva cordialidad desglosó su apasionado punto de vista: “lo que está en decadencia no es el toreo, dijo con la pausa y el ritmo de una oratoria serenada, lo que está a la baja es la “taurofilia”, lo que viene en picada es el amor al toreo”. Agitando el vaso que tan curiosamente le hace sonar los hielos que contenía, con reflexiva calma fue más claro: “lo que está muriendo es el tipo de asociación poética, romántica y misteriosa que existía entre el toreo y la sociedad. Para qué nos hacemos, enfatizó el compadre, se está acabando el amor popular por el toreo, más no el toreo”.
Con melancólico acento, y puesta la mirada, por lo menos uno de sus ojos, en la endiabladamente guapa vecina de mesa, y otro en el infinito de la nostalgia, mi compadre, como si estuviera inspirado, detalló su bien recibidos conceptos: “al igual que la religión, antiguamente el toreo producía en el alma de los espectadores, sobre todo de los aficionados, la mágica inmediatez, como experiencia prodigiosa, de la sensación de éxtasis, de beatitud filial”.
Como si quisiera eliminar el carraspeo de la emoción dio otro sorbo, deleitoso por los ademanes, al vaso para continuar con el efluvio de su inspirada versatilidad: “si la religión inspiró a los apóstoles, el toreo con una cruzada emocionalmente avasalladora, creó un mundo diferente, tanto así que los aficionados, religiosamente adheridos al toreo, creían que el toro era todo”. “Para esos aficionados, lo recalcó el compadre con tranquilo énfasis, el toro y el toreo constituyeron su forma única de ver el mundo”.
Me atreví a comentar que en Aguascalientes pasó algo parecido con el ferrocarril. ¿Qué quieres decir compadre?, me preguntó. No hubo quien me detuviera pues raudo contesté: “cuando el tren de la modernidad entró a la estación local las cosas cambiaron. La sociedad de hace años, me desaté diciendo, en los que la romántica locomotora de vapor con su estridencia estremecía los cimientos más sólidos, se sentía dentro de ella, y gritaba llena de emoción cuando aceleraba con turbulencia”.
“Así el toreo compadre, le comenté, con la llegada de la fuerza motriz del tren de alta velocidad la estación perdió el calor y el romanticismo que le caracterizaba; los pasajeros de esas modernas unidades extrañaron el sentido del abandono religioso, del abrigo de la tradición y el romance añejo”. ¡La estación quedó vacía!.
En Aguascalientes el ferrocarril perdió adeptos y enamorados.
Lo más doloroso para los aficionados viejos al toreo fue desprenderse de ese mágico caparazón que envolvía a la religión del toreo, ejercicio prodigioso que era todo romance, era todo poesía, y era todo misterio.

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