2 agosto, 2021

EL REJONEO MARCA EL INICIO DEL CONCEPTO DE ALGUNAS SUERTES DEL TOREO.

ARRASTRE LENTO… La práctica del toreo como espectáculo público es un ejercicio viejo, tanto que es la tradición la que parece haberlo perpetuado. Avistado su pasado, todo indica que sin propósito intencionado la Fiesta de toros se convirtió en un evento de regocijo comunitario muy de los españoles.

ARRASTRE LENTO… La práctica del toreo como espectáculo público es un ejercicio viejo, tanto que es la tradición la que parece haberlo perpetuado. Avistado su pasado, todo indica que sin propósito intencionado la Fiesta de toros se convirtió en un evento de regocijo comunitario muy de los españoles. Evento que, a su debido tiempo, fue un producto de exportación adoptado por el nuevo mundo.
En la primitiva relación de toro y torero ya tildaban de infames a los hombres que lidiaban la bestia brava a cambio de una considerable suma de dinero. Y detalla la historia que los primeros matadores a pie no eran otra cosa sino avezados matarifes que ejercían en público previa jugosa contratación.
Y aunque asombre saberlo, ya en aquellos años existían colisiones de aguafiestas que, para impedir su realización, y valiéndose de un argumento de orden moral, consideraban al espectáculo como una actividad en la que primaba el violento maltrato a los animales. En dichas conciencias ya había sentimientos de equidad y pulcritud.
Fue en el esplendor del toreo a caballo cuando se instituye un reglado básico en la estrategia lidiadora. La asimilan los auxiliares de los pudientes alanceadores, y la desarrollan hasta culminar en el milagro del arte.
¿Cómo fue aquella época de transición? Quiero imaginarla.
La nobleza española, supongo que enseñoreada con el poder y la riqueza, se aburre y fastidia en el ocio pues en el regalado dispendio de su tiempo, sin ejercitarse en el arte de la guerra, no encuentra motivo más adecuado que el toro bravo para salir de la indiferencia protagónica en la que estaba sumida.
Ofendido su orgullo, los caballeros justifican su rango beligerante ante la plebe y la aristocracia enfrentando al toro bravo en un juego en el que, a menos que el jinete evidenciara torpeza e impericia, el toro era el que terminaba cruelmente humillado, convertido en despojo comestible en los confines del matadero. Y, como era de esperarse, el auge del espectáculo produce infinidad de desgracias tanto en caballeros empeñados en la realización de osados alardes, como en los vasallos y plebes de a pie, que el acento bestial le fue inconfundible.
Los auxiliares de los primeros, siempre junto a la montura del jinete, dispuestos a colaborar en el violento y desenfrenado abatimiento del toro, irónicamente con el tiempo se convierten en el centro aclamado del espectáculo. Tantas vidas cobró el ejercicio rudimentario del toreo que el Papa Pío V, en el año de 1567, se vio precisado a promulgar la grave sentencia condenatoria –excomunión- “Bula De Solutis Gregis Dominici” a quienes, siendo católicos, participaran en el juego de correr toros bravos para lancearlos sin la mínima piedad misericordiosa, exponiendo con ello sus vidas.
Felipe II, consciente del daño que la sentencia causaría en la aristocracia, influyó para que todo siguiera igual, y el español se deleitara sin temor alguno en el juego de su preferencia.
Pero de pronto, al correr de los tiempos, apareció el arte, y con su advenimiento se desplomó la vulgaridad que era tan repudiada.

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