29 julio, 2021

¿QUÉ HONDO MISTERIO ESCONDE A LOS TOREROS EL PRODIGIOSO MANTO NOCTURNAL CON LUNA LLENA?.

ARRASTRE LENTO… Viendo, acaso deba escribir mirando, en piadosa contemplación, el esplendoroso espectáculo de la luna llena en las noches de Aguascalientes –fenómeno ocurrido el lunes y martes pasados- no puede uno sino conmocionarse por las generosas dádivas de la puntual naturaleza. Qué maravillosa fantasía son esas noches que no necesitan farolas para ofrecerse iluminadas. El embrujo de la obscuridad seducido por las noches de luna llena.

ARRASTRE LENTO… Viendo, acaso deba escribir mirando, en piadosa contemplación, el esplendoroso espectáculo de la luna llena en las noches de Aguascalientes –fenómeno ocurrido el lunes y martes pasados- no puede uno sino conmocionarse por las generosas dádivas de la puntual naturaleza. Qué maravillosa fantasía son esas noches que no necesitan farolas para ofrecerse iluminadas. El embrujo de la obscuridad seducido por las noches de luna llena.
Gracias a su tolerancia de don Jesús Alonso, guarda plaza en aquel entonces –1963-1964-, la de permitirme vagabundear en solitario en el coso a esas horas de la noche, nunca podré olvidar las lunas llenas que contemplé en medio de las caricias de los sueños e ilusiones toreras en el graderío del vetusto cascarón de la añosa plaza San Marcos.
¿Qué hondo misterio esconde a los toreros el prodigioso manto nocturnal con luna llena?.
Rememoro, acaso por la caricia de la anticipada senectud, cuánto gozo experimentaba hablando amistosamente, en tierno soliloquio, con la noche de luna llena. Cuando novillero, ¡vamos hombre que también lo fui!, me empeñaba en leer el texto de un viejo poema declamado por la noche de luna llena y amenizado por la alegría de las estrellas. Y recuerdo que, tornadizo e insaciable de nuevas emociones místicas, contagiado por la fácil locura del enamorado al toreo, y teniendo las heridas abiertas en el corazón por un amor platónico, al que no conocía pero intuía, no correspondido, una noche iluminada por la majestuosa luna llena sentí que el amor torero también tiene un rostro terrible. En verdad es horrible.
Su máscara es la rutina, el aburrimiento, el hastío, la desesperanza, pero sobre todo la inactividad, crueles faceta de las cuales el toreo no se ha podido desprender. Que horrible rostro es el del toreo cuando pone cara de momia y observa sin alteración alguna las calladas y fatigosas acciones de los toreros que viven en parálisis profesional. Que horrible preludio de muerte es no tener ni siquiera un pitón de fantasía para pasárselo por la faja de las ilusiones. ¡Qué hondo misterio esconde a los toreros el prodigioso manto nocturnal con luna llena?.
Tal vez por eso me cuerdo tanto y con tanta intensidad de aquellas tardes en las que, en la serenidad del crepúsculo, me tiraba pecho al cielo en el rincón solitario, oasis de melancolía, de las gradas de la San Marcos para soñar ensimismado con esos sueños inconcretos, tan llenos de los vagos anhelos de los inicios de la juventud torera, sueños que se alegraban, ¡oh luna!, con el brillo de la luna llena.
Pero como no hay pesadilla que dure mil noches, la bondad de la vida a los toreros con fe les muestra sonriente la otra cara del día. Hoy, aunque ya no como torero, pero sí como aficionado enamorado hasta el fondo del alma del toreo, la bonachona cara de la noche que parecía arrepentida del día, cede el escenario al sol radiante. Es cuando se aplaude al día. Qué hermoso es el toreo, y qué impresionante es la noche de luna llena en las noches de Aguascalientes.

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